Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

¿Enemigo o amigo?

Tanto Georgiana como Cecily estaban frente a él, decididas a impedirle el paso hacia cualquier lugar que no fuese la salida de esa casa.

Ravensholt carraspeó y luego habló:

—Duquesa, ¿tienes algún inconveniente con la orden que ha dado tu inteligente esposo?

Ella se volvió hacia él.

—Oh, está bien. Llévatelo a tu despacho y dale su merecido. Hazlo del modo que consideres oportuno. Serás recompensado por tu heroicidad.

El duque arqueó una ceja.

—¿Una recompensa considerable? —Poco le importaba coquetear con su esposa ante el público.

—Todo dependerá de tu desempeño.

—Haré cuanto esté en mi mano, duquesa mía.

Georgiana asintió, satisfecha con aquella respuesta, y volvió a dirigirle a Damian una mirada nada tranquilizadora.

—Vamos, Cecily. Mi esposo se ocupará del asunto mejor de lo que lo haríamos nosotras.

La aludida asintió.

—Oh, Damian, tenía tantas esperanzas en ti… Aurelia no se repondrá jamás. No volverá a confiar en nadie nunca.

—Dejad de atormentar a Harrowmere, queridas —habló el duque—. Ese debería ser mi cometido.

Las dos mujeres se marcharon de allí de un modo muy altivo.

—No soy un hombre dócil —lo avisó Damian.

—Yo tampoco. Ahora, si me sigue, Harrowmere… —El duque comenzó a caminar en dirección a lo que Damian se imaginaba que sería su despacho y el conde lo siguió.

Y así fue. El gabinete de Ravensholt estaba al final de un pasillo ancho, lejos de las estancias por donde Georgiana y Cecily habían desaparecido.

La habitación resultaba menos ostentosa de lo que Damian esperaba en un duque.

Había libros, una mesa amplia cargada de correspondencia, dos sillones junto al fuego y varios cuadros de antepasados.

Ravensholt cerró la puerta tras ellos.

—Tome asiento —le dijo el duque.

Damian no le obedeció.

—Mi esposa está aquí.

—Lo sé.

—Quiero verla.

—También lo supongo.

El duque se acercó a una mesa auxiliar donde descansaba una botella de brandy y dos vasos. Sirvió una medida generosa en cada uno antes de ofrecerle la bebida.

Damian la aceptó con recelo y entonces se sentó.

—No he venido a hacer nuevos amigos, Ravensholt.

—De nuevo lo sé, Harrowmere. Está aquí porque quiere hablar con su esposa. Tome un trago; le aseguro que lo va a necesitar. La situación es más compleja de lo que se figura.

Damian bebió. El licor le quemó la garganta, aunque no consiguió suavizar su ansiedad.

Ravensholt ocupó el sillón frente a él.

—Será mejor que dejemos de tratarnos con tanta formalidad.

¿Lo aceptas, Harrowmere? Creo que será productivo, dado que, si no has hecho nada imperdonable, sospecho que nos veremos con frecuencia.

Se esperará de nosotros que seamos amigos.

Eres el esposo de una de las mejores amigas de mi mujer, y Georgiana no permite que las personas que quiere desaparezcan de su vida porque hayan escogido un marido difícil.

Damian lo miró con atención. ¿Le estaba dando esperanzas? ¿Por qué?

—Me parece bien.

El duque asintió.

—Sabia decisión. Ahora que hemos superado la parte diplomática, quizá podamos hablar de por qué has llegado a mi casa con el aspecto de un hombre que acaba de descubrir que una partida de cartas puede costarle más que una fortuna.

—Damian apretó la mandíbula y Ravensholt no esperó una respuesta—: Ayer no acudiste a nuestra cita.

No es habitual que un hombre del que dicen que necesita aliados para entrar en sociedad plante a un duque.

—Mis asuntos son míos.

—Ya. No, no lo creo, Harrowmere. Tu esposa está decidida a quedarse en mi casa hasta que decida qué hacer.

El conde se irguió de inmediato y se puso en pie de nuevo.

—Pelearé con quien tenga que pelear, pero no me separaré de ella. Es mía. Aurelia me pertenece y no estará ni un solo maldito segundo más lejos de mí.

El duque ni se alteró.

—Demasiado ímpetu. Siéntate. Ya te he dicho que la situación es más complicada de lo que te imaginas.

Permite que te ponga al día. Después ya podrás decidir si nos peleamos, protagonizamos un duelo o hacemos algo más inteligente.

Verás, Georgiana consideraba que debíamos conocernos después de tu boda, y yo acepté porque una reunión podía resultar útil para los dos.

Tú necesitabas abrir determinadas puertas y yo quería saber qué clase de hombre se había casado con una de las mujeres a las que mi esposa considera parte de su propia familia.

—Damian no dijo nada, pero acabó sentándose y el duque prosiguió—: Cuando no apareciste ayer por la mañana, Georgiana me pidió que averiguase qué había ocurrido.

Lo gracioso es que ya había empezado a investigarte antes de que me dieses plantón.

En cuanto supe que Aurelia se había casado contigo, ordené que reunieran información sobre ti.

—Poco importa lo que te hayan dicho de mí, pero siento curiosidad… ¿qué descubriste? —preguntó de modo casual.

—Que eres más inteligente de lo que parece.

Los aristócratas no te aceptan porque saben que tienes poder sobre ellos y considerarte uno de los suyos los hace sentirse inferiores a ti.

También descubrí que proteges a quienes trabajan contigo con una lealtad poco común.

Hubo algún incidente con alguien llamado señora Vale.

Damian sostuvo el vaso entre los dedos.

—¿Y no te han dicho que soy implacable cuando debo serlo y que me importan poco los títulos o el deber porque tengo mi propio código de conducta?

—Llegaré a ello en un momento. —Ravensholt se acomodó mejor en su asiento—.

Esta mañana recibí un último informe sobre ti.

Mi investigador había seguido una pista relacionada con un suceso que ocurrió anoche mismo.

Una partida de cartas que organizaste a toda prisa y que pudo ser la causa de que no te presentases a tu reunión conmigo.

Damian cerró los ojos un instante. Ya podía imaginarse lo que había sucedido.

—Y se lo contaste a tu duquesa.

—Sí.

—Y ella se lo contó a Aurelia cuando mi esposa vino a hablar con la tuya esta mañana para ver qué podían hacer por Beatrice.

—De inmediato.

—Por supuesto que sí… Ni un poco de suerte puedo tener. —Maldijo en su interior.

Ravensholt dejó escapar una sonrisa breve.

—No voy a disculparme por ello. Georgiana conoce demasiado bien el horror que Aurelia siente hacia los hombres que apuestan, beben y convierten sus responsabilidades en estropicios que otros deben limpiar.

Ella solo trataba de proteger a su amiga.

Eso hacen las cinco, Harrowmere. Se cuidan las unas a las otras, porque solo se tenían las unas a las otras.

Al menos así era hasta que yo me casé con mi duquesa.

—Como he dicho antes: mis asuntos solo me conciernen a mí.

—No necesariamente. Y dado que solo conozco una parte de la historia, he decidido no juzgarte tan severamente como Georgiana y Cecily.

Espera a que el resto se entere de que Aurelia llegó a mi casa desesperada, le dieron la noticia de la partida de cartas y acabó llorando por su esposo.

Te aseguro que no querrás tener frente a ti a cuatro arpías dispuestas a lapidarte sin un juicio justo. Soy tu única esperanza.

Damian sintió que su corazón se estrujaba.

No quería que Aurelia estuviese triste y, menos si la tristeza nacía por su causa.

Entendía lo que la situación le parecería a ella.

Él había estado apostando mientras ella organizaba una noche mágica en la que los dos hubiesen acabado haciendo el amor. Estaba perdido y lo sabía…

—¿Por qué me ayudarías?

—Mi esposa y yo sabemos por qué se tuvo que casar Aurelia contigo.

Y si bien Ashwick era peor partido que tú, no estoy seguro todavía de lo que debo hacer contigo.

Ahora bien, debo decirte que tuviste mucha suerte, Harrowmere.

Yo no estaba en Londres cuando Westcott hizo lo que hizo con su hija mayor.

Si hubiera estado presente, no te habrías casado con la muchacha porque yo no lo habría permitido.

He regresado a Londres y no consentiré que mi duquesa se sienta miserable por no haber estado cerca de Aurelia cuando más la necesitaba. ¿Me vas comprendiendo?

Damian se puso rígido.

—Con el debido respeto o sin él, duque o no, ningún hombre habría podido evitar que yo hiciera lo que hice.

El duque no apartó los ojos de él.

—No pretendo provocar una pelea. Estoy hablando con franqueza porque es importante que nos entendamos.

—No. Lo importante aquí es que entre Ashwick y yo, ella eligió sabiamente. Es mi esposa y ni tú ni nadie podréis cambiar eso. Y podemos hablar todo lo francamente que desees, pero una cosa es segura: no me iré de aquí sin ver a mi mujer.

Damian bebió otro trago después de su sentencia. Ravensholt apoyó un codo sobre el brazo del sillón.

—Verás, esta misma mañana mi esposa me pidió que ayudara a Beatrice, la hija de lord Loxley, a quien supongo que ya conoces —consideró el duque—.

Lo hizo antes de que las dos hermanas llegasen para verla.

Georgiana quería saber si había una forma de apartarla del compromiso con Aldrich antes de que el anuncio se convirtiera en una sentencia de muerte.

Muy temprano me presenté en la casa del padre de la dama dispuesto a hacerle entender que no era una buena idea que su hija se casase con el vizconde.

Imagínate mi sorpresa cuando me dijo que nada sobre Beatrice le concernía ya. Ni a él ni a Aldrich.

Damian permaneció inmóvil.

—¿Qué es lo que sabes? —lo tanteó.

—Que has conseguido, de algún modo que Beatrice, esté bajo tu protección —dijo con sencillez.

El silencio se alargó. Y como el duque se dio cuenta de que su interlocutor no iba a apuntar nada al respecto, siguió hablando—: Así que aquí estoy.

Sentado frente a un hombre al que mi esposa le ha declarado la guerra y de quien sospecho que participó en una partida de cartas en la que se apostó algo más que dinero o propiedades. ¿Me equivoco, Harrowmere?

Damian dejó el vaso sobre la mesa.

—Lo único seguro es que Aurelia va a volver a casa conmigo en cuanto me levante de aquí.