Capítulo 15 #4
Damian dejó atrás el corredor y el carruaje lo llevó hasta la residencia de los Ravensholt en menos tiempo del que parecía posible.
El lacayo de los duques apenas tuvo tiempo de anunciarlo cuando Georgiana apareció en el vestíbulo, con el rostro encendido y una expresión que Damian no habría asociado jamás con una dama recién casada que decían que estaba enamorada y era muy alegre.
Cecily llegó tras ella, pálida e igualmente furiosa, con las manos apoyadas sobre su cintura.
Las dos avanzaron hacia él con tal decisión que el lacayo retrocedió.
—Es usted un sinvergüenza —soltó Georgiana.
Damian se quedó asombrado. No había sabido qué le esperaría al llegar a aquella casa, pero desde luego, no a la duquesa de Ravensholt recibiéndolo con una acusación que habría hecho palidecer a hombres más débiles.
—¿Cómo ha dicho, duquesa?
—Me ha escuchado muy bien, Harrowmere. Un sinvergüenza de la peor clase. Eso es lo que es.
Cecily se colocó al lado de Georgiana.
—¡Le has roto el corazón a mi hermana! Y me has defraudado. ¡Yo siempre te defendí porque pensaba que no eras un… un… un…
—Un sinvergüenza —la ayudó Georgiana.
—Eso. ¡Un sinvergüenza! —se animó Cecily.
Damian sintió un nudo en la garganta. No respondió.
¿Qué le había hecho él a Aurelia? Repasó mentalmente la lista de los recientes acontecimientos.
Primero la acorraló para que se casase con él, luego le ofreció dinero para que se acostase con él…
Suspiró. De acuerdo, no era un dechado de virtudes y tampoco se había conducido como el más galante de los caballeros con su mujer, pero él no había hecho nada que pudiese justificar la acusación de haberle roto el corazón.
Además, era imposible que su esposa supiese nada de la partida de cartas celebrada la noche anterior. ¿De qué iría todo eso?
—¿Dónde está Aurelia? —preguntó.
—No tiene derecho a saberlo —replicó Georgiana.
—Es mi esposa.
—Pero ella es mi hermana, Damian. La mujer que estaba dispuesta a darte una oportunidad, la misma a la que le prometiste que abandonarías el juego y que lo harías solo por ella.
La misma a la que luego dejaste para ir a una partida clandestina.
Ella había preparado una cena especial para sorprenderte y creo que te imaginarás lo que estaba esperando que ocurriese luego.
Damian no apartó los ojos de Cecily. Se negó a ponerse nervioso. ¿Cómo demonios se había enterado de eso la hermana de su condesa, y tan pronto? ¡Dios santo! Su mujer sí que había pensado en acostarse con él la noche anterior y él no había aparecido ¡Mierda!
—Las cosas no son tan simples como parecen —trató de defenderse.
—¿No? —Georgiana dio un paso hacia él—. Porque ella no lo ve así. Usted le mintió. Le ha demostrado que cualquier promesa que le haga puede romperse cuando aparezca una mesa, una baraja y unos cuantos hombres dispuestos a jugarse cualquier cosa.
Cecily estaba conteniendo las lágrimas.
—Ella ya sabe que no puede confiar en ti. Eres como Westcott —le escupió a la cara la hermana de su mujer.
Aquella frase lo golpeó con fuerza.
Damian apretó la mandíbula.
—Insisto en que las cosas no son siempre lo que parecen.
—Igual que mi padre. Siempre ofreciendo excusas. Los actos demuestran la verdad, Damian —dijo Cecily.
—Aurelia es mi amiga desde siempre —se sumó la duquesa—.
Sé lo que ha vivido. Sé lo que le hizo Westcott, lo que padeció viendo sufrir a su madre, el miedo que le producía confiar en un hombre porque podía descubrir que no era distinto de su padre...
Justo cuando había decidido confiar en usted, le falla de la peor forma posible.
Damian no se defendía y Cecily lo miraba con una tristeza que resultaba más difícil de soportar que la ira.
—Di algo, por amor de Dios, Damian —le rogó Cecily—. Ella estaba empezando a creer en ti. Estaba dispuesta a entregarse a ti y lo has arruinado.
Ahí él supo que su esposa había compartido muchos detalles con su hermana y la duquesa.
—¿Qué quieres que diga, Cecily, cuando es evidente que ya he sido juzgado y condenado?
¿Te ofrezco una excusa que desecharás de inmediato?
Has decretado que soy una copia de Westcott.
No has podido idear peor ofensa que la de compararme con él.
¿Y usted, duquesa? No me conoce y ya ha decretado que me odia.
No creo tener defensa posible, así que no perderé el tiempo con ninguna de las dos.
Deseo ver a Aurelia y lo quiero de inmediato.
En ese instante una puerta al otro lado del recibidor se abrió. El duque de Ravensholt apareció en el umbral. Su presencia bastó para que Georgiana y Cecily guardaran silencio, aunque ninguna de las dos dio un paso atrás.
El duque observó primero a su esposa, luego a Cecily y, por último, a Damian.
—Creo —dijo con calma el segundo caballero que había en el recibidor—, Harrowmere, que ya iba siendo hora de que usted y yo nos conociésemos.
¿No le parece? Y no es ninguna invitación para que se reúna conmigo en mi despacho ahora mismo, solo una indicación que seguirá de buena gana, dado que la dama puede ser su esposa, pero ella está ahora mismo en mi casa y cuenta con mi protección.
Damian le sostuvo la mirada al duque y entonces se dio cuenta de que su esposa había encontrado un paladín con el que él no contaba. Y tenía que ser el puñetero duque con el que necesitaba aliarse para cambiar las cosas y, encima, uno de los más poderosos de todo el reino.
¡Maldición!
¿Qué más podía salir mal?