Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

—Y usted un bastardo con suerte.

—Eso dicen —consideró Damian sin perder la sonrisa. Aunque tuvo que levantar la mano porque Finch ya estaba yendo hacia el marqués para explicarle un par de cosas con los puños. Su hombre de confianza se detuvo al instante.

El marqués se marchó sin mirar atrás y Finch cerró la puerta.

—¿Sabe su esposa lo que ha hecho hoy, milord? —le preguntó Finch.

—No. Lo importante es que lady Beatrice es libre y Aurelia ya no volverá a llorar.

—Elspeth dice que usted se ha enamorado de su esposa.

—¿Y tú qué opinas?

—¿Yo? —negó un par de veces con la cabeza—. Yo creo que las mujeres consiguen que un hombre se vuelva loco. ¿Qué otra clase de explicación podría haber para que usted haya renunciado a toda esa fortuna por liberar a la amiga de su condesa?

—¿Locura y no amor, Finch?

—¿Qué sabemos usted y yo de amor, milord? Estoy loco por Elspeth. La locura casa mejor con lo que hemos sido y lo que somos, ¿no le parece?

—Sí. Es exactamente como lo has definido, porque también estoy loco por mi condesa.

—¿Regresamos a casa?

—No se me ocurre un lugar mejor en el que quisiera estar, ¿no te parece, amigo mío?

—Sí, milord. Junto a nuestras mujeres. ¿Puedo preguntarle algo más?

—Adelante.

—¿Cómo evitará que su mujer se entere de que ha salvado a su amiga? La muchacha no tiene ahora mismo un lugar en el que vivir.

—Lo tengo previsto. Le diré a Aurelia que he hecho entrar en razón al padre de su amiga y a Aldrich, y le aconsejaré que la invite a vivir con nosotros durante un tiempo indefinido. Cosa que ella hará. Y no tiene por qué averiguar cómo lo logré.

—Así que no le mencionará la partida de cartas.

—¿Por qué hacerlo? Todo ha salido bien.

—¿Debo suponer que a su condesa no le gusta que usted apueste?

—Sí. Esta ha sido definitivamente mi última partida.

—¿Y por qué no buscó otro método para lograr la cooperación de ambos caballeros, milord? Pudo haberme enviado a mí a explicarles un par de cosas.

—Eso hubiese funcionado con Loxley, pero ¿y la satisfacción de humillarlo?

Además, Aldrich se considera por encima de todo y todos.

Las amenazas no habrían surtido efecto con ese hombre.

El punto débil de él es su orgullo. Le gusta apostar y ganar; sabía que esta partida sería la mejor opción para todos los implicados.

—¿Y si hubiese ganado el marqués?

—Creo que me ganó, Finch, pero él no quería casarse.

Es un hombre decente y no hubiese podido hacer nada más que casarse con la chica.

Si no quiso que yo viese sus cartas, solo ha sido porque no quiere que sepa a ciencia cierta la verdad de mi suposición.

Imagínate el escenario. Él, que dicen que jamás ha perdido, tiene la mano ganadora, pero acepta tablas porque no quiere ser responsable de una muchacha a la que no conoce y por la que su honor le obligaría a actuar del modo adecuado.

Ahora pon por caso que él hubiese perdido y hubiera aceptado las tablas, ¿qué diría eso de su honorabilidad?

En ambos casos su reputación, que parece ser su bien más preciado, hubiese quedado en entredicho frente a mí.

—¿Siempre lo tiene todo tan bien planeado, milord? Desde que lo conozco no le he visto perder nunca. Ni tan siquiera esta noche.

—Cuando alguien como yo tiene que labrarse un futuro, no puede dejar ni tan siquiera las cartas a su suerte.

—¿Ha hecho trampas? —preguntó preocupado Finch.

—No, pero mi cabeza sabe hacer bien las suposiciones adecuadas. Soy más inteligente que mis rivales y siempre me subestiman.

A partir de aquella noche, Beatrice se quedaba bajo la protección de Damian Dargrove, apodado el Conde Oscuro. Y, aunque Aurelia todavía no lo sabía, él acababa de declararles la guerra a todos los hombres que creían que una mujer podía ganarse sobre una mesa de juego.

Así fue como Damian llegó a casa cuando la madrugada ya había empezado a avanzar.

Le había enviado una nota a Aurelia para informarle de que tenía asuntos importantes que atender y pedirle que no lo esperase ni para el almuerzo ni para la cena.

Al entrar en su dormitorio, había encontrado la puerta comunicante cerrada como siempre ocurría desde que se casó.

Al menos su mujer ya no dormía en la habitación de Cecily.

Aun así, se detuvo ante la madera durante unos instantes.

Ella le había dicho que harían el amor pronto.

¿Cuándo sería eso? ¿Hubiese podido ser esa noche misma?

No llamó para averiguarlo. Por la mañana le contaría las novedades sobre su mejor amiga.

Se acostó sintiéndose satisfecho de sí mismo.

Y mientras conciliaba el sueño, comenzó a valorar la posibilidad de confesarle a su esposa que había vuelto a sentarse ante una mesa de juego después de prometerle que abandonaría las cartas por ella.

Por más que su propósito hubiese sido salvar a Beatrice, la explicación sonaba demasiado parecida a una excusa y Damian conocía a los hombres que usaban las buenas intenciones para justificar cualquier cosa.

No quería parecerse a ellos. No se lo diría porque no era relevante. Durmió peor de lo que habría esperado.

Y un nuevo día llegó, aunque él no hubiese descansado lo suficiente. A la mañana siguiente bajó al comedor temprano con la ilusión de darles las buenas noticias a las dos hermanas. Se encontró con la mesa preparada y la ausencia de Aurelia y Cecily.

Damian permaneció de pie junto a su silla durante unos segundos. La luz de la mañana entraba por los ventanales, limpia y serena, iluminando dos lugares vacíos.

Un lacayo se acercó con la cafetera para servirle el café.

—¿ Lady Harrowmere ha pedido que le sirvan el desayuno en sus aposentos?

—No, milord.

—¿ Lady Cecily está indispuesta?

—No que sepamos, milord.

—¿Saben dónde están mi esposa y su hermana?

—Lo siento, milord, no. Pero creo que han salido.

Se sentó a desayunar, aunque solo probó el café.

La ausencia de Aurelia no era una afrenta.

Lo sabía. Él mismo le había escrito el día anterior para anunciarle que no estaría disponible para almorzar y cenar.

Ella tenía derecho a salir, a ver a sus amigas, a desayunar donde quisiera sin dar explicaciones porque él no se las había ofrecido a ella el día anterior.

Lo más seguro era que estuviese con lady Beatrice tratando de consolarla.

Aun así, le molestaba estar solo sin ella.

Incluso echó de menos las salidas de tono de Cecily.

Damian decidió refugiarse en su trabajo. Arregló los papeles con su abogado y los acuerdos alcanzados durante la partida de la noche anterior quedaron debidamente legalizados.

Para cuando el reloj marcó el mediodía, la irritación se convirtió en un mal presagio.

Aurelia y Cecily no habían regresado a casa. Damian recorrió dos veces el comedor antes de decidir que no iba a permanecer sentado mientras esperaba noticias. Encontró a Finch en el corredor que conducía a la escalera principal.

—¿Dónde está mi esposa?

Su hombre no pareció sorprendido por la pregunta. Aquello irritó a Damian todavía más.

—¿Debería saberlo, milord?

Damian lo miró con cara de pocos amigos.

—Finch.

Su hombre se irguió.

—Me pidió que no la siguiera más. He respetado su orden.

—No te he preguntado si la has seguido. Te he preguntado si sabes dónde está. Ellas parece que se llevan bien con Elspeth, tal vez hayas escuchado algo.

— Lady Harrowmere iba a visitar a la duquesa de Ravensholt. Lady Cecily la acompañaba —le dijo al fin.

Damian masculló una maldición tan amarga que Finch bajó la mirada para ocultar una reacción.

—Las esposas deberían venir con instrucciones —dijo Damian, más para sí que para nadie—. O con una advertencia clara que indique qué clase de catástrofe se desencadena cuando un hombre comete una sola equivocación.

—¿Por qué dice eso?

—Porque Aurelia está a punto de averiguar que dejé plantado al esposo de la duquesa y se hará muchas preguntas al respecto. Eso si no lo ha descubierto ya.

—¿La partida de cartas de la que no quiere que se entere?

—Por ejemplo. Tendré que darle una buena excusa si no quiero poner a prueba mi matrimonio.