Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Definitivamente hace honor a su reputación y su sobrenombre.

Es usted en verdad el Conde Oscuro. Casado con la hija de Westcott...

Algunos intuimos cómo lo logró, y ahora hará que la mejor amiga de su esposa sea su amante.

Dos hijas de sendos condes. Lo felicito, Harrowmere.

Los aristócratas, si llega a hacerse con el botín, no podremos decir jamás que no se ha esforzado por ser uno de los nuestros.

Damian contuvo su temperamento.

—Si gano, querré algo más que un documento o su palabra colocada sobre una mesa.

Puede escribir que renuncia a su prometida en mi favor hoy, pero mañana querré un contrato debidamente firmado por usted y por Loxley.

Quiero que quede establecido que lady Beatrice no está obligada por ningún compromiso matrimonial, financiero ni familiar derivado de un acuerdo anterior.

Ella estará bajo mi protección de aquí en adelante.

—Así se hará —le concedió Aldrich.

—¿Y si gana Rosehaven? —se interesó Loxley.

—Cierto —intervino Damian de nuevo—. ¿Se queda o se marcha, milord?

El interpelado sonrió apenas.

—No me retiraré, aunque no apruebe el trato que hay sobre la mesa. No obstante, diré que siento verdadera curiosidad por ver a la beldad por la que dos hombres se pelean y que incluye a un padre que está convencido de que su hija vale una fortuna.

—¿Acepta la apuesta entonces, Rosehaven?

—Sí. Estoy dentro —expuso seguro de sí mismo.

Entonces Damian reconoció su determinación.

Era parecida a la que nació en él cuando comprendió el aprieto en el que se encontraba Aurelia a causa de Westcott y Ashwick.

Suspiró. Bueno. No tenía más remedio que arriesgarse…

pero como su esposa llegase a enterarse de que había organizado una partida para salvar a su amiga en la que además él quería demostrar que era invencible y perdía a Beatrice…

¡Dios de los cielos! ¿Por qué demonios había tenido que invitar al marqués de Rosehaven?

Porque sabía que esa iba a ser su última partida y deseaba retirarse lleno de gloria.

¡Maldita fuese su vanidad! Damian sabía que no podía perder y no perdería.

Lord Harrowmere tomó una larga bocanada de aire y miró sus cartas por fin.

La combinación no era mala. Tampoco era infalible.

Tenía una dama, un diez y un ocho. Nada que garantizara una victoria, aunque la expresión de los otros podía revelar más que las cartas.

Loxley estaba pálido. Aldrich parecía demasiado satisfecho, y Damian sabía que aquella complacencia podía nacer de una mano excelente o de un farol desesperado. Se inclinaba por el farol.

Rosehaven no demostraba nada en su rostro pétreo.

El marqués había llegado al punto final sin pestañear. Había cubierto cada envite, añadido una suma considerable y dejado que los otros dos hombres siguieran hundiéndose con una serenidad que Damian pudo haber admirado en algún otro instante.

La mesa contenía una verdadera fortuna. También la casa de Yorkshire de Loxley y un acuerdo que podía condenar a Beatrice.

¡Damian no podía permitirse perder!

Rosehaven miró sus cartas una última vez. Luego levantó la vista hacia él.

—¿Ansioso por ver mi mano, Harrowmere?

El momento había llegado.

En cualquier otra partida, Damian habría aceptado el desafío de los tres. Habría descubierto sus cartas, soportado el riesgo y confiado en que la fortuna estuviese de su lado. Esa noche no jugaba solo para demostrar que era el mejor. No podía permitir que Beatrice dependiera de la suerte.

El Conde Oscuro miró con seriedad al único oponente de la mesa que resultaba un peligro real para él. El marqués le mostraba una sonrisa tan radiante, que bien podría ser apodado el Marqués Radiante.

—Propongo que declaremos tablas, por así decirlo, Rosehaven —le ofreció Damian.

Aldrich soltó una carcajada.

—¿Tablas? ¿En una mesa de juego? —opinó el vizconde.

—No estoy hablando con usted. No tiene ninguna oportunidad de ganar, lo mismo que Loxley. Ambos están fuera de esto desde hace mucho.

Rosehaven lo observó con una atención cautelosa.

Aldrich soltó un gemido y Loxley volvió a beber de su petaca.

El padre de Beatrice tiró las cartas sobre la mesa y se marchó derrotado sin despedirse siquiera.

El vizconde se puso en pie y dejó las cartas sobre las de Loxley, porque también comprendió que para él la partida estaba acabada, pero no se marchó de inmediato dado que Finch se acercó con una carpeta de cuero y Aldrich comenzó a redactar el acuerdo bajo la atenta mirada de Damian y lo firmó.

En él, el vizconde renunciaba a los derechos adquiridos por su compromiso con la chica en favor del ganador, fuese quien fuese.

Eso ya se establecería con un abogado presente más adelante.

Lo importante era que él había firmado la renuncia.

—Se arrepentirán ambos de esto —ladró el vizconde, para luego marcharse airado.

Damian sonrió. No había estado desacertado en su suposición. Dos menos. Solo quedaba uno.

—No ha visto mis cartas, Harrowmere.

—Usted tampoco las mías.

—Eso no explica por qué desea renunciar a una posible victoria.

Damian dejó sus cartas boca abajo.

—Le seré sincero. Invité a esos dos que se acaban de marchar porque tenían algo que yo quería.

—¿A la hija de Loxley? —preguntó pese a que ya conocía la respuesta.

—La libertad de lady Beatrice —precisó Damian.

—¿Y por qué estoy yo aquí, pues? ¿Qué tengo que tanto desee, Harrowmere?

—Le prometí a mi esposa que nunca volvería a jugar, y lo he tenido que hacer una última vez dado que la joven es la mejor amiga de mi condesa y yo no la vería casada con alguien como Aldrich.

A usted lo desafié porque todo el mundo considera que es el mejor y yo quería tener la oportunidad de saber si era cierto mientras conseguía lo que me proponía.

—¿Y debo suponer ahora que tiene miedo de perder frente a mí?

—Perder siempre es una posibilidad, milord.

Yo estoy dispuesto a correr el riesgo. ¿Lo está usted?

Su racha como campeón sufrirá un duro revés.

Ahora mismo solo somos dos aquí. Nadie, además de nosotros, tiene que saber lo que realmente ocurrió durante esta partida.

Las tablas no son una mala opción para ninguno de los dos.

Rosehaven apoyó un dedo sobre el borde de una de sus cartas.

—Esa joven debe de ser extraordinaria si causa tanto revuelo.

—Mi condesa la eligió como una de sus amigas más queridas, así que lo es.

El marqués inclinó la cabeza.

—¿Qué ocurriría si yo quisiera a la muchacha?

La pregunta hizo que Damian se tensase.

—Creía que censuraba la cuestión de apostar a una dama en una mesa de cartas, Rosehaven.

—Digamos que tengo mucha curiosidad.

Damian se inclinó hacia adelante para adoptar una postura más amenazante.

—Por si no ha quedado claro, le diré que si yo gano, lady Beatrice no se convertirá en mi amante. Será libre. Por el contrario, si usted gana, solo tendrá la posibilidad de quedársela si acepta casarse con ella.

—¿Pretende obligarme a aceptarla por esposa? Y soy yo el que ahora le recuerda, Harrowmere, que la dama debería también aceptar mi mano.

—¿Un marqués soltero con fortuna, que no arrastra ningún escándalo y que solo tiene el vicio de apostar y nunca pierde?

Vamos, Rosehaven, no sea tan iluso. Yo quería ganarle por el placer de vencer al que dicen que es el mejor, pero me aseguré bien de conocer su reputación antes de invitarlo a la mesa.

Usted era un partido excelente para la dama en caso de que yo perdiese.

Era mi plan secundario para ella. No me considerará tan estúpido como para no tenerlo todo bien planeado.

Es más, Loxley y Aldrich aceptaron venir a pesar de recibir una nota anónima porque me aseguré de que alguien les susurrase que Rosehaven estaría presente.

¿O no le llegaron a usted esos mismos susurros alegando que Harrowmere era el organizador?

Los rumores, al igual que las verdades, tienen un precio.

El marqués le sonrió.

—No es tan astuto como se cree, Harrowmere, porque yo puedo ganar y no casarme con la muchacha.

—¿Es una apuesta, milord? —le preguntó burlonamente el Conde Oscuro. Oh, sí. Damian se veía jovial, pero en sus ojos había una oscuridad que habría espantado al mismísimo diablo.

—Una esposa no entra en mis planes.

El Conde Oscuro se encogió de hombros despreocupadamente.

—Pues más le vale no ganar.

El marqués asintió un par de veces con la cabeza. Miró el montón de riqueza acumulada entre ellos.

—Aceptaré las tablas con una condición.

Damian no se movió.

—Le escucho.

—Yo me quedo con todo el dinero, los pagarés y la propiedad de Loxley. No reclamaré a la joven si me promete que ella estará bien con usted y que jamás la usará del mismo modo que su padre y Aldrich.

Damian sabía que perdería una suma que habría servido para comprar varias casas en Mayfair. También perdería la finca de Loxley, que podía haber utilizado para recuperar parte de lo apostado.

—Hecho —apuntó sin dudar.

—Aceptaré el papel que me firmará hoy con las condiciones establecidas, pero lo querré firmado tan pronto como sea posible con un abogado delante.

—No hay problema.

—Y no diremos nada de lo que aquí esta noche ha sucedido.

—Me parece justo.

Finch se acercó con una carpeta de cuero. Damian comenzó a redactar el acuerdo preliminar mientras el marqués leía lo escrito. Posteriormente se hizo una segunda copia. Cuando todo estuvo adecuadamente, ambos firmaron las dos hojas.

—¿Harrowmere?

—¿Sí, Rosehaven?

—No vuelva a ponerse nunca más en mi camino.

—Será un placer —resolvió el Conde Oscuro.

El marqués le sonrió de un modo radiante.

Llamó a un lacayo que lo había acompañado para que recogiese las ganancias de la mesa y el documento recién firmado.

A continuación, se levantó, mezcló su mano con el resto de las cartas de los dos rivales derrotados y Damian soltó una risa franca.

El maldito se acababa de asegurar de que no supiera si le había ganado o no.

—Es usted muy cuidadoso, Rosehaven.