Capítulo 15
Un Conde Oscuro, muy oscuro
Damian Dargrove había dejado plantado al duque de Ravensholt aquella mañana porque sabía que no tenía tiempo que perder.
La chica podría estar casándose con el vizconde en ese mismo momento y entonces él habría fallado.
Necesitaba tener la cabeza lúcida para lo que se avecinaba.
Así pues, la cita de las once, la puerta que la amiga de su esposa había abierto para él, el acceso a los hombres que durante años lo habían tolerado desde lejos mientras aceptaban su dinero con una sonrisa educada… todo podía esperar. Beatrice Loxley no.
La nota del periódico llegó a sus manos cuando Aurelia aún lloraba junto a Cecily en su despacho.
Desde aquel momento, Damian había dejado de pensar en Ravensholt y llamó a Finch.
Su hombre recibió instrucciones precisas.
Debía encontrar un lugar discreto, alejado de St James’s y de los habituales rincones donde una reunión de cuatro caballeros con dinero y cartas despertaría demasiada curiosidad.
Finch regresó poco después con la dirección de una habitación situada sobre una antigua tienda de vinos, en una calle secundaria a la que solo acudían quienes no deseaban ser vistos.
La estancia era estrecha, ventilada por una ventana alta y provista de una mesa de juego lo bastante sólida para soportar las manos de cuatro hombres decididos a perder más de lo que podían permitirse.
Después salieron tres invitaciones en papel grueso y con una caligrafía clara. La invitación no llevaba firma, solo una dirección, una hora y una frase lo bastante sugerente para despertar el apetito de cualquier hombre que buscase emoción:
Ha sido usted elegido para participar en una única partida, sin testigos y sin límite de apuesta.
Así que aquella noche, en medio de un lugar que incitaba al pecado se encontraba el Conde Oscuro, más dispuesto que nunca a ganar.
El primero en llegar a la cita fue el conde de Loxley.
Damian no lo conocía personalmente, pero lo reconoció de inmediato porque tenía la misma mirada que Westcott, y esa era la de un supuesto caballero que había vivido demasiado tiempo esperando que una mano afortunada le reparase lo que él mismo había destruido.
Lord Loxley era de estatura media, tenía el cabello blanquecino y un modo de mirar la mesa que revelaba dónde se encontraba su verdadera lealtad.
Aldrich llegó poco después. El vizconde, mayor que Loxley, tenía una barriga prominente, los dedos cargados de sortijas y una seguridad que resultaba bastante desagradable. Damian se imaginaba lo que él desearía de una joven llena de vida como Beatrice.
El último en llegar fue Edmund Bellgrave, marqués de Rosehaven.
Entró sin prisa, vestido de azul oscuro y plata, con el cabello rubio dorado perfectamente peinado y una mirada muy tranquila.
Era un hombre de porte distinguido, demasiado seguro de sí mismo y célebre en el club de caballeros de White’s porque llevaba una racha ganadora que empezaba a desesperar a quienes habían apostado fortunas para derrotarlo.
Nadie había logrado ganarle hasta el momento.
En el club había una apuesta abierta, alimentada por los hombres que se creían capaces de superar al marqués en cuanto encontraran la mano adecuada.
Rosehaven jugaba bien, pero su verdadera ventaja residía en otra cosa.
Leía el miedo. Advertía la codicia. Sabía cuándo un rival apostaba para ganar y cuándo lo hacía porque no podía soportar retirarse.
Damian conocía bien esa diferencia y lo había invitado porque quería medirse con él. ¿Por qué no matar dos pájaros de un tiro?
—Harrowmere —lo saludó Rosehaven cuando se sentó—. Empiezo a comprender por qué esta invitación no llevaba nombre. Si hubiera sabido que era usted quien la organizaba, hubiese llegado el primero.
—¿Qué puedo decir? Me gusta ser discreto y planear partidas interesantes. Llega justo a tiempo, Rosehaven.
Aldrich sonrió y se acomodó en su silla satisfecho.
—Esta noche será memorable. Ganar a dos caballeros con tanta reputación en el juego será grandioso. No se ofenda, Loxley —se apresuró a decir.
—Un hombre seguro de sí mismo, eso me gusta —observó Damian.
El padre de Beatrice los miró con verdadero desprecio a los tres. Se sacó una petaca de plata y bebió un largo trago.
—¿Vamos a jugar o nos pasaremos la tarde midiendo el tamaño de nuestras reputaciones? Porque cuando les gane a los tres seré más famoso que el rey. —A continuación, el conde de Loxley sonrió con una expresión desagradable.
Damian sacó una baraja nueva de su estuche, rompió el sello y la dejó sobre la mesa.
—El juego será el brag . Una única mano. Cada envite elevará lo que haya en el centro. Quien no pueda cubrirlo se retira. Quien quiera continuar, pagará el precio de mantenerse en la partida.
Rosehaven levantó una ceja.
—¿No habrá un límite?
—El límite lo pondrán ustedes.
—Qué generoso.
—Nunca lo he sido.
Las cartas fueron repartidas.
Tres para cada hombre, boca abajo.
Damian dejó las suyas sobre la mesa sin mirarlas enseguida.
Observó primero a los otros tres. Loxley se humedeció los labios antes de tocar la primera carta.
Aldrich abrió las suyas con una avidez incapaz de ocultar su ansiedad.
Rosehaven las examinó con una calma tan imperturbable que Damian no pudo decidir si tenía una mano magnífica o si el marqués había pasado años aprendiendo a no revelar nada.
Aquello prometía ser interesante.
El primer envite fue alto.
Loxley volvió a beber y respondió con una suma que no necesitaba ser ostentosa para resultar importante.
Aldrich la dobló. Rosehaven la elevó sin modificar su expresión.
Damian cubrió el monto y añadió una cifra que hizo que la habitación se quedara quieta durante un instante.
Ante lo que Loxley soltó una clara maldición.
—Hemos venido a jugar, no a arruinarnos por completo.
—Las normas eran claras, milord. Si gusta, puede retirarse —repuso Damian.
El conde de Loxley decidió continuar tras beber de nuevo.
Durante los siguientes minutos, las apuestas crecían, las monedas y los pagarés se acumulaban en el centro de la mesa, y el aire comenzaba a cargarse con una tensión que nadie se molestaba en disimular.
Rosehaven era como un muro infranqueable.
Damian comenzaba a comprender por qué nadie había logrado vencerlo.
El marqués tenía unos nervios de acero y no le gustaba apresurarse.
Dejaba que el resto de los rivales se convenciera de que podían alcanzarlo y esperaba el momento exacto para recordarles que la mesa era suya.
Loxley fue el primero en perder la serenidad. Aumentó el envite con una cantidad que ya no tenía sobre la mesa. Entregó un pagaré firmado, respaldado por una renta futura que Damian reconoció como insuficiente incluso antes de leerlo.
Aldrich examinó el documento.
—Eso no cubre ni la mitad —apuntó el vizconde.
—Tengo una hija joven y bonita —se apresuró a decir Loxley, después de haber bebido de la petaca nuevamente.
El silencio se espesó alrededor de la mesa. Damian no se movió, Rosehaven levantó los ojos y Aldrich dejó escapar una carcajada.
—Su hija no puede ser apostada, Loxley.
—Es mi hija y haré lo que desee con ella. Y si digo que está disponible, es que lo está.
—La chica es mi prometida y no llevaré a mi cama a una mujer que otro haya mancillado. No puede apostarse su virtud porque me pertenece a mí. ¿Tan ebrio está que ha olvidado que ya se la jugó y la perdió?
El conde de Loxley apretó la mandíbula.
Damian sintió una violencia fría recorrerle el cuerpo. Su esposa tenía razón. Westcott y Loxley estaban cortados por el mismo patrón. Aldrich hablaba de Beatrice como si fuese una propiedad. Era la misma lógica que Westcott había usado con Aurelia y Cecily.
Damian se obligó a tragarse la indignación.
—¿Qué será, milord? ¿Abandona? —lo interrogó el organizador de la partida.
Loxley miró sus cartas. Luego se fijó en el montón de pagarés, monedas y documentos que se acumulaban sobre la mesa.
—Apuesto mi casa de Yorkshire. —Era su última propiedad campestre.
Aldrich se inclinó hacia delante.
—¿La residencia principal o la finca entera?
—Toda entera.
—Entonces yo lo admito. La chica se irá allí cuando se quede embarazada para que no me moleste cuando me canse de ella.
El conde dejó constancia de su apuesta al escribirla en un papel con su firma debajo.
—¿Y usted, lord Aldrich? ¿Qué apostará ahora?
—No pondré más monedas sobre la mesa porque ustedes dos, caballeros, son conocidos por ser implacables, y yo no conservo mi fortuna por hacer tonterías, así que apuesto a mi prometida. —El padre de la muchacha le había dado la idea.
Damian se tragó una sonrisa. Le encantaba que sus planes saliesen bien. Sabía que Loxley le había dado la idea y el muy tonto de Aldrich estaba justo en el lugar en que él lo necesitaba.
—¿Solo una noche con ella o se la entregará por completo al ganador? —lo tanteó el Conde Oscuro.
—Por completo.
—Acepto la apuesta —dijo Damian.
—Harrowmere, ¿jugamos ahora con personas? —preguntó el marqués.
—¿Por qué no? La chica es joven y bonita. Sangre azul y todo eso —consideró Damian. Era crucial mantenerse impasible.
—Es una dama. No un mueble —apuntó de inmediato Rosehaven, quien parecía bastante indignado—. Además, tengo entendido que usted ya está casado.
—¿Y qué tiene que ver la chica con mi esposa?
—No lo apruebo —dijo el marqués.
—Entonces, deje las cartas sobre la mesa y márchese —le ofreció Damian—. Porque yo digo que la apuesta de lord Aldrich está a la altura del resto. La chica pasará a pertenecerle al ganador, decida este o no casarse con ella. Y… ¿Aldrich?
—¿Sí?
—Si la pierde, no podrá reclamarla de ninguna manera. Lo comprende, ¿verdad?