Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—Sí. Tengo miedo, pero estoy dispuesta a intentarlo por ti. Por nosotros.

—Está bien —dijo con cuidado—. Quiero que recuerdes, cuando más tarde pienses en los besos que hemos compartido, que no has hecho nada de lo que debas arrepentirte. Estamos casados y que nos deseemos no está mal. Es lo correcto.

Aurelia lo comprendió. Él tenía miedo de que ella volviese a echarse atrás.

—Estoy decidida a seguir adelante.

Él suspiró.

—Pronto será, pues.

Los golpes sonaron otra vez. Y ellos se apresuraron a recomponer sus atuendos. No había mucho que pudiesen hacer. El pelo de Aurelia estaba deshecho y la ropa de él se había arrugado; no obstante, tal y como había dicho su esposo, la lujuria estaba permitida entre las parejas casadas, ¿verdad?

—Adelante —concedió permiso Aurelia.

La puerta se abrió. Cecily apareció en el umbral con un periódico doblado entre las manos.

Primero miró a Aurelia. Después a Damian. Era muy evidente lo que allí acababa o casi acababa de suceder.

—Lo siento —dijo, con una voz apenas audible—. Es un asunto importante y yo no sabía que…

Aurelia se acercó a ella.

—¿Qué ocurre?

Cecily levantó el periódico. Sus dedos temblaban.

—Esto no lo ha escrito la Pluma Indiscreta . — Lady Harrowmere la comprendió de inmediato. Se trataba de un chisme malévolo que no había sido escrito por Cecily, Georgiana, Lavinia o Beatrice.

La condesa cogió el papel. En la parte superior de la página, bajo una columna de sociedad que no llevaba firma, encontró un anuncio breve, elegante y devastador.

El vizconde Aldrich tiene el placer de anunciar su reciente compromiso con lady Beatrice Loxley.

Aurelia dejó escapar un grito. Aquello era peor que un rumor impreso. Era una sentencia escrita.

El periódico cayó al suelo. Damian se inclinó para recogerlo, leyó la nota y su expresión se endureció.

—Conozco a Aldrich.

Aurelia se volvió hacia él.

—Entonces sabrás lo grave que es. Lo sabía. Sabía que a Beatrice le sucedía algo terrible, ella me habló de Aldrich una vez —lo recordaba. Fue en aquel baile en el que ella y Damian se comprometieron—. Ahora todo tiene sentido.

—Es un tipo peligroso, un hombre mayor. Ha enterrado a demasiadas esposas y ha convertido el luto en una costumbre frecuente. No entiendo por qué tu amiga aceptaría casarse con él.

El terror de Aurelia se mezcló con una rabia tan intensa que le costó respirar.

—No ha aceptado por voluntad propia. Su padre es igual que Westcott, Damian. Bebe, apuesta, está endeudado y pretende resolver sus fracasos usando a su hija como pago. Beatrice estará en la misma situación en la que yo estaba cuando Ashwick quiso reclamarme.

Lord Harrowmere se fijó en Cecily. La joven tenía los ojos llenos de lágrimas. Siempre había sabido que Aurelia era una mujer fuerte, pero al ver que la hermana menor no era capaz de soltar ni una sola de sus incómodas reflexiones, se alarmó porque Cecily no era ninguna pusilánime.

—¿Qué podemos hacer? —comentó Damian, sin saber cómo debería actuar al respecto.

—No veo una salida —respondió Cecily.

—Beatrice está bajo las órdenes de su padre.

Aurelia se llevó una mano a la boca para evitar gritar de nuevo. Las lágrimas empezaron a salir. Pensó en Beatrice, en la dulzura que escondía una voluntad más firme de lo que muchos advertían, en la forma en que había estado apagada durante las últimas semanas…

Damian se acercó y ella se arrojó a sus brazos antes de que él los abriese para recibirla. La abrazó con suavidad.

—Todo saldrá bien.

Ella levantó la mirada hacia él.

—No digas eso. Sé que no será así. No hay esperanza. Ella hará lo que Loxley le pida. La obligará. No quiero perder a mi amiga, Damian. No puedo perderla.

—Aurelia…

Ella salió de su abrazo y se movió hacia su hermana.

—No digas nada más. Tienes una reunión importante que preparar. El duque te espera y debes impresionarlo. Cecily, vámonos, Damian tiene trabajo.

El Conde Oscuro se quedó ahí de pie, viendo cómo las dos hermanas se abrazaban y salían llorando de su despacho.

Aquella imagen lo perturbó. Acababa de descubrir que no soportaba que su esposa llorase.

En realidad, era más que eso. No quería que ella volviese a derramar ni una maldita lágrima por nada ni por nadie.

Ni tan siquiera por él. Y si para eso tenía que mover el condenado mundo, por Dios, que lo haría.

No podía cambiar lo que había hecho lord Westcott, pero sí podía impedir que Beatrice Loxley fuera entregada a un hombre que había enterrado a varias vizcondesas cuyas muertes resultaron sospechosas.

Y, por primera vez desde que se casó, Damian comprendió que salvar a Aurelia de Ashwick no bastaría para merecerla.

Tendría que demostrarle, una y otra vez, que cuando ella lloraba, él no se limitaba a mirar.

Haría cualquier cosa por ella y comenzaba a entender que su objetivo no tenía nada que ver con recibir una recompensa.

Lo haría porque era lo que un hombre que amaba a su esposa debía hacer.

No. No se estaba enamorando de ella. Ya se había enamorado por completo de Aurelia.