Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La frase no fue una gran declaración de amor escrita con tinta de rosas y grabada en piedra.

Era más, Damian no la pronunció como una declaración de amor ni como una promesa que resultase fácil de cumplir.

Había deseo en su voz, sí, pero también miedo.

El temor de un hombre que no sabía pedir lo que necesitaba sin convertirlo en una negociación.

—Nada de esto puede salir bien —se lamentó ella.

—Eso no lo sabes —continuó—. Me he pasado la vida resolviendo problemas con dinero, fuerza o información. Contigo tengo que buscar otra fórmula, y, por Dios, Aurelia, que antes de darme por vencido contigo que lo intentaré todo.

Las lágrimas de Aurelia empezaron a caer. Damian dio un paso hacia ella y trató de abrazarla. La condesa rehuyó su contacto y él no la presionó.

—No llores, por favor.

—No me pidas que no llore mientras me niegas lo que yo necesito de ti.

—Llora, pues, pero no te vayas. No dejes de luchar.

Aun a riesgo de condenarme todavía más a tus ojos, tienes que saber que no podría actuar de otro modo, aunque pudiese hacer retroceder las agujas del reloj.

Westcott iba a entregarte a Ashwick y yo te quería.

Te quería para mí a toda costa. No fue amor a primera vista, ni tan siquiera deseo; solo sabía que tenías que ser mía y no me arrepiento de mis actos.

Me avisaste de que no me amarías; yo estuve satisfecho porque no creo en el amor.

¿Ahora? Las cosas han cambiado. Hay mucho entre nosotros.

Estás asustada y por eso piensas que huir de mí es la solución.

No lo es. Tenemos que arriesgarnos. ¿Crees que yo no tengo miedo de lo que pueda pasar entre ambos?

Siempre seré el hombre que te compró; lo acepto.

Solo dame la oportunidad para demostrarte que puedo ser más.

—Él alzó la mano y ella no retrocedió. Entonces Damian le tocó la mejilla con suavidad—. Te necesito, Aurelia.

La condesa cerró los ojos y él la rodeó con los brazos para reconfortarla. El abrazo no se parecía a nada de lo que ella había esperado de Damian Dargrove. Resultaba tierno y conmovedor. La sostenía con cuidado, sin presionarla.

La dama apoyó la mejilla contra su pecho. Escuchó el latido firme de su corazón. Su ritmo estaba alterado, frenético.

El conde inclinó el rostro y le besó el pelo.

—No quiero sufrir, Damian.

—Y yo no quiero perderte.

Aquellas palabras terminaron de romper la última defensa que Aurelia había logrado sostener.

Levantó el rostro para observarlo. Él no bajó la cabeza de inmediato; lo hizo cuando ella se puso de puntillas para buscar sus labios.

Y entonces Damian la besó. No había urgencia.

Sus labios se encontraron con una cautela que ella no había esperado; eran suaves y pacientes.

Él parecía dispuesto a detenerse ante la menor señal de duda.

Aurelia sintió la petición silenciosa en aquel primer contacto y respondió del modo en que deseaba hacerlo.

Sus manos se cerraron sobre la chaqueta de Damian y tiró de él hacia sí.

La boca de su marido se abrió contra la suya para profundizar el beso con un hambre que hizo que el cuerpo de Aurelia se despertase de golpe.

La mano de Damian descendió por su espalda, despacio, para acabar acercándola a él por las posaderas.

La condesa gimió ante su necesidad y se olvidó del despacho, de su miedo y del mundo entero.

Solo existía ese beso y ese momento. Solo podía concentrarse en Damian, su calor, la seguridad que sentía entre sus brazos y la forma en que sus labios la hacían arder por dentro de un modo placentero y angustioso a la vez.

Él dejó de deleitarse con su boca y comenzó a besarle la mejilla húmeda, el borde de la mandíbula, hasta llegar a su cuello.

—Aurelia, Aurelia… Aurelia —rezaba su conde.

Ella abrió los ojos cuando se dio cuenta de que él no la estaba besando.

La miraba con un deseo que ya era imposible de ocultar.

Le costaba respirar, el pecho le subía y bajaba contra el de ella lleno de excitación, y la mano que descansaba sobre sus glúteos la presionaban de tal modo que evidenciaba que él estaba luchando para no terminar de perder el control.

—Damian…

—Déjame amarte —murmuró—. Te necesito de un modo que me asusta, pero lucharé. Lucha a mi lado por nosotros. Y si no llegas a amarme nunca, no importará porque creo que me estoy enamorando de ti y puedo sostenernos a los dos.

Aurelia sintió que el mundo desaparecía. Todo cuanto Georgiana había dicho volvió a ella. El placer. La intimidad. La confianza que se abría entre dos personas cuando la entrega del cuerpo dejaba de ser una fortaleza y se convertía en un acto compartido.

También regresó el miedo. Porque aquello ya no se trataba solo de deseo.

Damian podía besarla hasta hacerla olvidar su nombre y aun así la parte más peligrosa no era la curiosidad.

El verdadero peligro estaba en que ella deseaba creerle.

Quería pensar que ese hombre, que se preocupaba por los suyos con una lealtad feroz, sabría sostenerla si ella se entregase por completo.

Si le permitía hacerle el amor, nada volvería a ser igual.

Sería suya por completo. Se entregaría a él, y sabía que una parte de sí misma se perdería en él para siempre.

Damian volvió a besarla, de un modo más lento y pausado esta vez.

Aurelia respondió con una urgencia que la asustó.

Los dedos subieron por el cuello masculino, rozando la piel caliente bajo el borde de la camisa.

El olor de Damian, la fuerza de sus brazos, el modo en que la miraba…

todo parecía conducirla hacia una decisión que llevaba días evitando.

—Sí —susurró.

Su marido soltó un gemido lleno de satisfacción.

—No te arrepentirás.

Damian no se había sentido tan pletórico nunca. Era muy consciente de que su esposa se merecía una cama, pero el sofá más próximo le pareció igualmente confortable. Sería una anécdota que ambos recordarían para siempre, dado que iba a hacerle el amor en ese instante.

Aurelia comenzó a desatarle el nudo del pañuelo de la corbata. Él le subió la falda.

—¿Me considerarías un monstruo si te arranco el vestido?

—Quiero sentirte contra mí, Damian. Y lo necesito ya.

—¡Síííí! —gritó él.

Entonces, el sonido de unos golpes muy insistentes contra la puerta atravesó el despacho.

Y así fue como el hechizo se rompió y con una rapidez brutal. Damian cerró los ojos. Una maldición baja escapó de sus labios.

—¡Ahora no! —ladró, mientras volvía a besar a Aurelia, quien le devolvía el beso.

Otra vez aporrearon la puerta.

—¡Ahora no! —repitió con mayor énfasis.

Quien estuviese al otro lado de la puerta no parecía estar dispuesto a marcharse y Aurelia le tuvo que poner una mano sobre el pecho para que él detuviese sus avances.

—Debe ser algo importante. Esperar un poco más no supondrá ninguna diferencia.

—Moriré si no te hago el amor, Aurelia —le dijo con gran fastidio.

Ella le sonrió.

—Esta noche. Quiero que nuestra primera vez sea especial. No lo apresuremos, por favor.

Los golpes sobre la madera volvieron a resonar en el despacho.

—Un momento —dijo en dirección a la puerta, con una voz que no logró ocultar del todo la tensión.

—Muy pronto, Damian —le aseguró ella.

—¿Me lo prometes?