Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

La emoción de dejarse llevar

El conde de Harrowmere no se había sentado.

Aurelia lo encontró de pie junto a la ventana, con una mano apoyada contra el marco y la otra cerrada sobre una carta que, por la fuerza de sus dedos, ya nunca recuperaría su forma.

Había esperado que se volviera en cuanto oyera sus pasos, pero tardó unos segundos.

Cuando lo hizo, ella descubrió una preocupación que no había visto antes en sus ojos.

No era impaciencia. Tampoco enfado. Era algo más humano: la inquietud de un hombre muy preocupado.

—Has venido —dijo él.

—Me lo pediste y aquí estoy.

—Sí.

Damian dejó la carta sobre el escritorio. Lady Harrowmere permanecía junto a la puerta que acababa de cerrar, con las manos enlazadas delante de su cuerpo, sin avanzar hacia las butacas ni permitir que la cercanía la obligase a tomar una decisión antes de estar preparada.

Él la observó durante un rato.

—No estás bien, Aurelia. Y yo tampoco.

La condesa bajó la mirada. Aquella afirmación le resultó más difícil de soportar que cualquier pregunta. Podía responder a un reproche, apartar una acusación con una frase mordaz o defenderse de una exigencia; la preocupación sincera era otro asunto muy diferente.

—No sé si puedo seguir con este matrimonio.

La reacción de Damian fue instantánea. El aire cambió en torno a él. Su cuerpo se volvió rígido, su mirada se oscureció y aquella vulnerabilidad que había advertido al entrar en el despacho se quedó enterrada bajo algo muchísimo más feroz.

—¿Qué has dicho?

Aurelia alzó la mirada hacia la de él.

—He dicho que no sé si puedo seguir adelante.

—¿Estás pidiendo una nulidad? —Su voz era dura—. Porque no la habrá.

La respuesta que él mismo se dio fue seca y demasiado rápida. Damian se apartó de la ventana y caminó hasta el escritorio. Apoyó las manos sobre la madera sin dejar de observarla. Su expresión era fiera.

—Yo no he propuesto eso —se defendió la condesa.

—Bien, porque hemos dado nuestra palabra. Estamos casados. Aunque no hayamos consumado el matrimonio, no voy a permitir que un abogado, un clérigo o tú misma encontréis una forma de deshacer lo que ya está hecho.

Ella lo miró con una mezcla de cansancio y sorpresa.

—No he venido para discutir sobre abogados, Damian.

—Entonces explícame qué quieres. Me estás volviendo loco, y ya no puedo más.

Ella respiró hondo. Había acudido allí con la intención de hablar de algo que ni siquiera sabía explicar.

Quería decirle que se encontraba al borde de un precipicio, que los últimos días la habían asustado más que las amenazas de los últimos años de Westcott porque Damian empezaba a importarle de una forma que no podía controlar.

Necesitaba pedirle distancia, una casa lejos de Londres, una vida donde pudiera seguir cumpliendo su parte del acuerdo sin tener que enfrentarse cada día al peligro de bajar la guardia.

Pero él estaba delante de ella, tenso, herido por una posibilidad que ella ni siquiera había mencionado, y Aurelia comprendía que las palabras podían transformarse en armas sin planificarlo.

Demasiado complicado. Lo mejor sería ser práctica, como él siempre decía.

—He recibido una nota de Georgiana esta mañana —le dijo—. El duque de Ravensholt te espera hoy a las once.

Damian la miró sin entenderla.

—¿Qué?

—Tu reunión. La que querías desde el principio. Georgiana ha hablado con su marido y Ravensholt ha accedido a recibirte.

Durante un instante, el rostro de Damian no cambió. Luego la incredulidad dio paso a una irritación tan profunda que Aurelia se quedó inmóvil.

—¡Ahora mismo Ravensholt puede irse al infierno! —gritó.

—Damian…

—No me importa Ravensholt —la cortó.

—Era lo que querías.

—Acabas de decirme que no sabes si puedes continuar con nuestro matrimonio, ¿qué me importa a mí un puñetero duque, Aurelia?

—He conseguido la reunión; accederás a los círculos que necesitabas y podrás demostrarles a todos esos hombres que se equivocaban al despreciarte. He cumplido mi parte de nuestro acuerdo con creces.

—No hables de ti como si fueras una cláusula de un contrato.

—Pero eso era lo que acordamos. Es lo que somos. Estuvimos de acuerdo, dimos nuestra palabra. Dijimos que no esperaríamos nada el uno del otro —le recordó.

—¿Será ahora cuando pidas una recompensa por los servicios prestados, condesa? —le espetó lleno de furia.

—Permite que me instale en alguna de tus propiedades —soltó en un arranque de valentía.

Él alzó las cejas. Se le veía asombrado.

—Ah. Así que no era la nulidad lo que buscabas. Simplemente piensas abandonarme.

—Una casa en el campo. Algo lejos de Londres.

Podría ocuparme de Cecily, recibir a las amigas que quiera ver y llevar una vida discreta.

Seguiría siendo tu esposa. No perjudicaría tus intereses.

Acudiría a las ocasiones sociales que fueran necesarias.

Pero no acabaré… —No pudo seguir hablando.

Era demasiado humillante decirle que solo así se aseguraría de no acabar enamorándose de él por completo.

No tendría que verlo cada día. No tendría que recordar la boca de Damian sobre su nuca, el calor de sus manos o la seguridad que encontraba junto a él y que tanto miedo le daba necesitar.

Damian se apartó del escritorio. La cólera que Aurelia había visto al principio se desvaneció al comprender lo que ella le pedía.

No parecía furioso. Estaba preocupado de verdad.

Y si su mujer hubiese podido leerle la mente, habría visto con facilidad lo mucho que le costó a un hombre que no le debía nada a nadie tratar de no imponerse y contener su temperamento.

Hubo un largo silencio.

—¿Qué he hecho mal, Aurelia? —preguntó al fin, derrotado. Damian formuló la cuestión con una franqueza tan desnuda que Aurelia tuvo que mirar hacia otro lado.

—No se trata de ti.

—No me digas eso. Claro que se trata de mí. Quieres alejarte de mi lado, no permitirme entrar nunca en tu cama. Pretendes cumplir el acuerdo desde la distancia para que yo no tenga nada que ver contigo.

—Tú no lo entiendes.

—Entonces dime qué demonios ocurre.

Aurelia cerró los ojos. Había pasado años creyendo que no necesitaba amor, despreciando las historias que prometían felicidad a través de un marido, porque había visto demasiado cerca lo que podía ocurrir cuando una mujer entregaba su vida a un hombre que no sabía cuidarla.

El recuerdo de su madre siempre le rondaba la mente.

No quería terminar igual. No quería despertarse un día y descubrir que le había dado su corazón a un hombre que podía romperlo sin comprender siquiera qué había destruido.

—Estoy rota, Damian.

Él no se movió.

—No lo estás.

—Sí lo estoy. He visto lo que un matrimonio desgraciado puede hacerle a una mujer.

He visto a mi madre intentar sostener una familia que se venía abajo mientras Westcott la destruía poco a poco.

La vi esperar afecto, respeto, fidelidad, y cada una de esas esperanzas se volvió contra ella.

Después dejó de esperar. Y cuando dejó de esperar, también dejó de vivir de verdad.

Estaba tan acabada que ni Cecily ni yo logramos llegar hasta ella.

La voz de Aurelia comenzó a quebrarse. No quería llorar delante de él. Había jurado muchas veces que no lo haría, pero su miedo, el dolor que veía en él… La situación la superaba con creces.

—No soy Westcott. ¿Cuántas veces tendré que decírtelo? —argumentó con más brusquedad de la necesaria.

—Lo sé, pero no puedo correr el riesgo de convertirme en ella —continuó—. No puedo enamorarme de ti y acabar tan desesperada que el dolor me convierta en una triste sombra. No puedo entregarte mi corazón y descubrir, dentro de unos años, que no te importaba nada.

Damian analizó cada una de las palabras dichas por ella, y si Aurelia hubiese estado más atenta a sus reacciones, se hubiese dado cuenta de que la esperanza se abría paso en él.

El rostro de Damian había perdido toda dureza; sus ojos permanecían fijos en ella con una intensidad distinta a la del deseo.

—¿Crees que podrías enamorarte de mí? —preguntó con suavidad.

Aurelia levantó la vista.

Su marido no sonreía. Estaba inmóvil; esperaba una respuesta que tenía el poder de destruir la esperanza que había en él. Ella lo sabía y por eso fue muy clara al decirle:

—No, Damian —susurró ella—. No lo haré. Te avisé. No debías esperar amor por mi parte y eso no ha cambiado.

Él inclinó la cabeza, aunque la esperanza no abandonó del todo su mirada.

—Pero tú tienes miedo de enamorarte de mí y eso implica que hay una posibilidad.

—Sí, por eso no voy a permitir que ocurra.

—Entiendo. —Mentira. No la comprendía en absoluto.

El conde comenzó a acercarse y se detuvo cuando ella dio un paso atrás. No la tocó ni intentó reducir la distancia que ella había elegido mantener.

—Déjame ir a una de tus propiedades en el campo —le volvió a rogar.

—No puedo hacer eso. Y mucho menos después de que me hayas confesado que lo que más temes es acabar enamorada de mí.

No te pido que olvides a tu madre. Tampoco pretendo convencerte de que todos los hombres son distintos de Westcott solo porque yo sepa que lo soy.

Tienes razón al desconfiar; la motivación para protegerte es correcta, pero no has tenido en cuenta que yo estoy dispuesto a luchar por los dos.

Aurelia lo miró.

—Así que me tendré que rendir a tu imposición —supuso ella.

—No quiero un matrimonio en el que te vea salir de una habitación cada vez que entro.

Ni comer frente a ti y sentir que estás preparada para defenderte de mí.

Y te aseguro que lo que menos deseo es que vivas lejos de mí mientras yo permanezco aquí esperando tus visitas y fingiendo que con eso me bastará.

—Por favor, Damian…

—Quiero un matrimonio de verdad, Aurelia. Y haré lo que haga falta para conseguirlo.