Capítulo 13
Dos pasos atrás
El conde de Harrowmere no entendía qué diantres había ocurrido.
Había estado esperando un beso y de pronto se encontró más solo que antes de casarse.
Durante los días que siguieron al baile de los Fitzalan, Damian llegó a la conclusión de que algo se había roto, aunque no sabía qué parte de sí mismo había sido responsable.
La noche del baile se había marchado a casa con una esperanza que duró poco.
Concretamente hasta que subió al carruaje y las dos hermanas le hicieron el vacío.
Bueno, Cecily no del todo, pero Aurelia volvía a rehuir su mirada y él ya supo que esa noche no obtendría nada de ella.
Se recordó que no había llegado tan alto siendo ansioso, así que se armó de paciencia.
A la mañana siguiente, su mujer desayunó antes de que él bajara.
El segundo día ocurrió lo mismo. El tercero llegó al comedor cuando Damian ya había terminado su café y se sentó enfrente de Cecily, con los ojos puestos en el plato y ejerciendo una cortesía tan forzada que habría podido cortar una barra de hierro con ella.
Durante el almuerzo habló con su hermana, preguntó por el estado de salud de la señora Vale, quien pronto iba a casarse, y se interesó por unas telas que la doncella había llevado a la habitación de Cecily.
No le dedicó a su marido más atención de la imprescindible.
En las cenas ocurrió algo parecido.
Aurelia no lo trataba mal. Eso habría sido más sencillo de manejar.
No discutía, tampoco le arrojaba reproches a la cara; se limitaba a mantener una distancia meticulosa, apartando los ojos cada vez que él intentaba encontrar los suyos.
La mujer que unos días antes le había besado los nudillos con una audacia capaz de destruir todo su autocontrol parecía haberse escondido detrás de la hija mayor de lord Westcott: seria, vigilante, acostumbrada a proteger cada parte de sí misma antes de que alguien pudiera utilizarla en su contra.
Damian sabía que ella tenía motivos para desconfiar.
Él había empezado aquel matrimonio comprándola de una forma que todavía le revolvía el estómago cuando lo pensaba con honestidad.
Había permitido que la rechazaran en la puerta de su propia casa, aunque no lo supiera entonces.
Había propuesto pagar por una noche con su esposa y se había ganado una bofetada que, de no haber sido más rápido, habría recibido con toda justicia.
No esperaba que Aurelia olvidara nada de aquello; no obstante, tampoco llegaría a conocerlo mejor si seguía huyendo cada vez que él se le acercaba.
La mañana del quinto día, Damian entró en el comedor decidido a no permitir que el silencio continuara creciendo entre ambos.
Aurelia y Cecily ya estaban sentadas a la mesa.
El desayuno se extendía delante de ellas con una abundancia que ninguna de las dos había pedido: té, pan tostado, fruta, huevos, mantequilla fresca y una selección de dulces que Elspeth había ordenado preparar antes de retirarse de nuevo a descansar.
Cecily hojeaba un libro. Aurelia sostenía una taza entre las manos, pero no bebía.
Al oírlo entrar, su esposa levantó la cabeza.
Durante un segundo, Damian creyó ver algo parecido a la inquietud. Desapareció enseguida.
—Buenos días —lo saludó ella.
—No parecen especialmente buenos —opinó él.
Cecily dejó el libro sobre la mesa.
—Damian.
—Cecily.
El conde se sentó. No llegó ni a poder servirse un café cuando Aurelia volvió a bajar la mirada. El gesto, pequeño y aparentemente inocente, le agotó la paciencia.
—¿Vas a seguir simulando que no existo durante mucho tiempo?
La pregunta hizo que Cecily se tensara.
Aurelia elevó despacio los ojos hacia él.
—No entiendo la pregunta, porque no simulo nada.
—Entonces debo de haber desarrollado una imaginación extraordinaria.
—Debes haber tenido una mañana difícil, Damian. Tal vez deberías atribuir tus impresiones a eso.
—No intento discutir contigo por una impresión, sí por un hecho.
—Es una suerte que yo no tenga ganas de discutir, así ninguno de los dos lo hará.
Damian tomó una larga bocanada de aire. Era definitivo: no le quedaban fuerzas para contenerse.
Podría responder con ironía; estaba acostumbrado a hacerlo.
Tal vez incluso debería señalar que habían acordado compartir las comidas y que ella llevaba varios días incumpliendo aquel acuerdo o que no le parecía razonable que una esposa saliera del comedor antes de que él hubiera cruzado el umbral.
Nada de eso lograría que Aurelia volviese a ser audaz cuando él estuviese cerca. ¿Y una charla sincera?
—Quiero hablar contigo a solas —manifestó el conde.
El silencio se extendió por el comedor.
La condesa apoyó la taza en el platillo.
—¿Estás echando a mi hermana de la mesa?
—Aurelia…
—No puedes darle órdenes a Cecily.
Damian cerró los ojos un instante. Una maldición muy cruda se le escapó antes de que pudiera contenerla. Después se obligó a dejar la servilleta sobre la mesa y miró a Cecily.
La muchacha se veía… ¿divertida? No parecía asustada; estaba… ¿animándolo con la mirada? ¿Quién podía entender a las mujeres?
—Tienes razón —le dijo Harrowmere. Aurelia no esperaba aquella respuesta.
Lo advirtió en la breve vacilación que le atravesó el rostro.
Damian se inclinó un poco hacia delante para decirle—: No voy a discutir delante de ella ni de los criados.
Te quiero en mi despacho en diez minutos.
—Se dio cuenta de que había sonado demasiado brusco y trató de enmendarse—: Es una petición.
Aurelia lo miró con severidad.
—¿Seguro que es una petición?
—Sí.
—No parece que hayas practicado demasiado ese tipo de cosas. Ha sonado como una orden muy rotunda.
—Es cierto, pero a diferencia de ti, yo estoy haciendo un esfuerzo para mejorar las cosas.
Cecily emitió una exhalación diminuta que pudo haber sido una risa o un suspiro.
—Iré, pero no vamos a discutir. Tal vez opte por sentarme y quedarme callada mientras tú impartes las órdenes.
Damian se puso en pie y la observó desde su altura. Ella no apartó los ojos de los de él. Interesante. ¿Sería ese su punto débil? ¿Agitarla por la cola como a una leona para provocarle una reacción?
—Te esperaré allí. ¿Sabe? Para haber dicho no tener ganas de discutir, está haciendo todo lo contrario, lady Harrowmere.
—Usó la formalidad porque ameritaba con la ocasión—.
Y, para finalizar, por el momento te diré que no me disgustaría en absoluto que estuvieses sentada mientras te doy órdenes, siempre y cuando las cumplas.
Salió del comedor antes de que Aurelia pudiera convertir aquella conversación en un enfrentamiento público.
No llegó a su despacho con la calma que habría deseado.
En el corredor se detuvo un momento, apretó los dientes y se pasó la mano por la nuca.
No quería obligarla, aunque ¿qué otra salida le quedaba?
En el comedor, Aurelia no daba crédito a lo que acababa de ocurrir.
Cecily soltó una pequeña risa.
—Lo has conseguido, hermana. Has terminado con su paciencia. No dirás que no te lo advertí.
—¿Qué acaba de ocurrir? —La condesa no entendía lo sucedido.
—Pues que tu esposo se ha cansado de que su mujer lo trate como si fuese un jarrón.
—¡Yo no hago eso!
—No pensé que fueses tan cobarde.
—No me sirve esa respuesta.
Cecily la observó con una paciencia que sabía que a Damian ya se le había extinguido por completo.
—Desde el baile estás distinta. No es solo que estés enfadada con él por algún motivo que tanto Damian como yo desconocemos. Hay algo más.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. Noté tu cambio justo cuando Georgiana comenzó a hablar de… placer. La duquesa habló de intimidad, de amor, de lo que ocurre cuando una mujer permite que alguien se acerque a partes de ella que han permanecido protegidas durante años. Tú te alteraste entonces. Lo vi.
Aurelia guardó silencio. La conversación con Georgiana se había quedado dentro de ella de una manera que no esperaba.
Su amiga había hablado de deseo con felicidad, de la confianza que nacía entre dos personas cuando se aceptaban.
Más tarde, al ver a Damian en el baile, con los ojos puestos en ella y la mano firme en su espalda, Aurelia no consiguió evitar que la curiosidad se mezclara con el miedo.
Había fantaseado con la posibilidad de entregarse, de sentir sus manos por todo su cuerpo, su boca sobre la suya…
Luego recordó a su madre, las noches llenas de tormento, la tristeza que convirtió a una mujer alegre en alguien que apenas parecía seguir disfrutando de la vida.
Westcott la había roto hasta llevarla a la muerte.
Lady Harrowmere no quería descubrir que podía desear a Damian y, después, necesitarlo. El riesgo era demasiado.
—No quiero hablar de eso —dijo.
—No tienes que hacerlo conmigo, pero él va a exigirte una explicación.
En mi opinión, ha tenido mucha más paciencia de la que creí que tendría.
—Cecily le sostuvo la mano entre las suyas—.
Pero no puedes volver a encerrarte cada vez que sientas que no puedes manejar algo.
No, después de todo lo que has hecho para que yo no viva con miedo.
Aurelia la miró.
—No estoy encerrándome.
—Sí lo estás haciendo. Y él se ha dado cuenta.
—Damian se da cuenta de muchas cosas porque se pasa el día observando a todo el mundo.
—A ti te observa porque le importas.
—Eso no significa que deba confiar en él.
—No. Significa que podrías darle una oportunidad y averiguar si merece tu confianza.
Aurelia bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.
Cecily tenía razón en una parte que dolía admitir.
Damian había demostrado una atención constante hacia ambas desde que entraron en aquella casa.
Había dispuesto una habitación preciosa para su hermana sin convertirlo en un favor que pudiera reclamar después.
Había puesto a Finch entre Westcott y ellas, y lo había mantenido allí, sin exigir gratitud, hasta que ella le pidió que el hombre dejase de seguirlas.
Incluso había defendido a la señora Vale pese al error cometido, aceptando que la responsabilidad última era suya.
¡Por amor de Dios! Él era un maestro de las cartas y, hasta donde ella sabía, Damian había dejado de apostar solo porque Aurelia lo detestaba.
No era como Westcott. Tampoco era un hombre sencillo y tal vez ese era el problema.
—No sé qué quiere de mí —admitió Aurelia en voz baja.
Cecily apretó sus dedos.
—Te quiere a ti. Lo hemos visto las dos. Le cuesta comprenderte y a veces dice cosas que merecen que le arrojen una taza a la cabeza, pero no creo que quiera hacerte daño.
—Los hombres no siempre pretenden hacer daño antes de hacerlo.
—Lo sé. —La respuesta de Cecily careció de ligereza.
Durante un momento, ambas pensaron en su padre—.
No te pido que olvides lo que has vivido —continuó—.
Honestamente creo que estás siendo una tonta si crees que puedes saber quién es Damian manteniéndolo siempre al otro lado de la puerta.
También comprendo que no soy yo la que vivirá con las consecuencias de tu decisión si no es la acertada, y que desde fuera todo parece más sencillo, pero deberías arriesgarte un poco.
Damian me agrada, Aurelia. No creo que ningún otro caballero me hubiese tolerado tan bien como él.
Y las dos sabemos que es solo porque quiere complacerte.
—En eso último que dices tienes razón. Eres insufrible y él no parece muy irritado por ello.
La menor de las hermanas resopló y se levantó.
—Ve a hablar con él.
—¿Y tú qué harás?
—Voy a visitar a la señora Vale. Me gusta cómo piensa esa mujer.
Aurelia permaneció sentada unos instantes más después de que su hermana saliese del comedor.
Finalmente decidió que tenía que enfrentarse a su marido.
Quería seguir siendo la mujer que sabía protegerse sin ayuda, la que no necesitaba esperar nada de nadie para no sufrir una decepción.
Y lo cierto era que estaba cansada de estar sola luchando contra el mundo.
Miró el reloj del comedor. Habían pasado ocho minutos exactos.
Aurelia se dirigió al despacho de Damian.
La puerta estaba cerrada. Desde el otro lado no llegaba sonido alguno.
Alzó la mano y, durante un instante, la dejó suspendida ante la madera.
Podría rebelarse contra él. No seguir sus tontas órdenes, pero sabía que tarde o temprano tendrían que hablar.
La condesa suspiró, después llamó y no esperó a que él le permitiese el paso. Entró.
Que fuese lo que Dios decretase…