Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Georgiana recibió las felicitaciones entre risas y lágrimas, y Aurelia la abrazó con ternura.

Su amiga hablaba deprisa, incapaz de contener los planes que ya había empezado a hacer.

Habló de una habitación luminosa en Ravensholt, de mantas suaves, de un cochecito que el duque insistía en encargar antes de conocer siquiera el sexo del bebé…

Aurelia escuchaba sin decir nada. La imagen que llegó a su mente fue muy nítida.

Damian sentado junto a una chimenea, con una niña pequeña dormida contra su pecho.

Su rostro, que tan pocas veces se tornaba tierno, se vería así inclinado sobre la cabeza del bebé.

Una mano grande sosteniendo con cuidado una espalda diminuta mientras le prometía que nunca le fallaría.

Damian no sería como Westcott. No abandonaría a una hija para perseguir apuestas o mujeres.

No usaría a una niña como moneda de cambio ni permitiría que nadie bajo su cuidado sintiera el miedo que Aurelia conocía desde pequeña.

El pensamiento le produjo una punzada de deseo y de tristeza.

No debía imaginar un futuro tan lleno de esperanza, tal y como había señalado Georgiana.

La duquesa seguía hablando, y su tono cambió cuando Lavinia le preguntó si el matrimonio era tan distinto de lo que todas esperaban.

La duquesa se inclinó hacia ellas, con los ojos brillantes y llenos de diversión.

—Voy a daros un consejo que ninguna madre aprobaría. La intimidad con el hombre adecuado es mucho más interesante de lo que nos han contado.

Beatrice abrió los ojos completamente. Cecily se llevó una mano a la boca para contener una risa. Lavinia parecía a punto de pedirle que continuara durante horas. Mientras, Aurelia se mordió la lengua. ¿Qué pensarían sus amigas si supiesen que no había consumado su matrimonio?

—Georgiana —habló Beatrice, sin aliento—, no puedes hablar de eso.

—Puedo. Lo estoy haciendo.

—Somos damas respetables.

—Eso no nos impide sentir placer, querida Beatrice.

La respuesta provocó otra oleada de risas.

Georgiana bajó un poco la voz.

—No hablo de obedecer porque un esposo crea que tiene derecho a algo.

Hablo de estar con alguien que te mira y te escucha.

De un hombre que sabe cuándo acercarse, cuándo esperar y cuándo una mujer necesita que la traten con paciencia.

Si las muchachas supieran que el placer puede ser una parte tan hermosa de una relación, muchas no llegarían al matrimonio con tanto miedo y tanta ignorancia.

No quedaría ni una sola virgen, os lo aseguro.

Aurelia sintió que el calor se instalaba lentamente bajo su piel.

Pensó en Damian inclinándose sobre su nuca en el recibidor para darle un beso de lo más estremecedor, en sus manos cuando le había colocado la gargantilla, en el modo en que la había sujetado por la cintura cuando perdió el equilibrio en la escalera, en los ojos de él después del beso sobre los nudillos…

¿Y si le permitiese a Damian descubrirle ese increíble mundo lleno de placer del que Georgiana estaba dando testimonio?

Sabía que él jugaría con ella con pequeños gestos como el beso de la nuca. Aurelia misma había empezado el juego, pero también era consciente de que su esposo no daría el paso definitivo hasta que lo invitase a hacerlo.

Georgiana continuaba hablando, con la despreocupación de una mujer feliz que confiaba en las amigas que la rodeaban:

—Una vez que compartes ese nivel de intimidad con alguien, todo cambia.

No es algo pequeño. No conviene entregarse por curiosidad o por miedo a perder a un hombre o porque una se sienta obligada.

Puede ser maravilloso, pero abre una parte de ti que luego no vuelve a cerrarse.

Para hacer el amor hay que estar muy segura de que él merece la entrega.

Las palabras se quedaron dentro de Aurelia.

Eso era lo que la aterraba. Temía perder la distancia que la había protegido toda la vida de lo peligroso, de un hombre que pudiese hacer que se enamorase.

Tenía miedo de entregarle algo más importante que su propio cuerpo.

Su confianza. Su alma. Y tal vez su corazón.

Damian podía proteger a quienes amaba. Aurelia empezaba a creerlo.

La cuestión era si sabría cuidar de ella cuando dejara de ser una novedad para él, pues su marido tenía el poder de romperla y no sería tan necia como para negar esa evidencia.

Según su propia experiencia, los hombres no se morían de amor y sí las mujeres.

Desde el salón principal llegó el comienzo de una nueva pieza.

Georgiana se levantó, todavía mostraba una sonrisa suave en los labios.

—Vamos. Si nos quedamos aquí demasiado tiempo, mi marido vendrá a buscarme convencido de que os he contado secretos que no debía.

La conversación se detuvo. Aurelia agradeció el hecho de que Georgiana no le hubiese preguntado nada acerca de cómo había sido para ella la intimidad con su esposo, y en especial que Cecily no hubiera aireado sus secretos, dado que su hermana era la única que sabía que ella seguía siendo tan pura como la nieve.

Y mientras se divertían como en los viejos tiempos, Aurelia comenzó a plantearse la posibilidad de hacer el amor con su esposo. Y esa vez no había sido Cecily quien le metió la idea en la cabeza. ¿Sería tan espectacular como había dicho Georgiana?

¡ Lady Harrowmere estaba hecha un lío!