Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—He escuchado a un par de matronas decir que Ashwick se ha retirado a una esquina para fingir que no le han herido el orgullo. Nadie ha escuchado la conversación, pero todo el mundo rumorea sobre ella. Creo que deberíamos brindar por ello.

—No pienso brindar por un hombre que es un completo estúpido —repuso Aurelia.

—Entonces brindaremos por la cara que ha puesto Harrowmere al verlo cerca de ti. Pensé que saltaría sobre él. Se le veía bastante celoso. ¿Eso es buena señal o no? —la interrogó Beatrice.

Cecily se llevó una mano al pecho.

—Eso sí merecería una celebración. Creo que él está bastante interesado en mi hermana, cosa que deja patente cuando está cerca de ella, pero Aurelia se resiste a darle una oportunidad.

Lady Harrowmere iba a responder cuando una voz alegre se escuchó por detrás:

—¿Qué hacen algunas de las solteronas más excéntricas de Londres cuchicheando sin parar?

Las cuatro se volvieron.

Georgiana Selwyn, duquesa de Ravensholt, al fin había regresado de su luna de miel.

Llevaba un vestido azul medianoche con pequeñas estrellas bordadas en plata.

Tenía el cabello rubio recogido en un peinado muy elaborado, y su rostro tenía una luminosidad que Aurelia atribuyó a la dicha conyugal.

¿Había esperanza en el amor? Ella ya no sabía qué pensar.

Georgiana las fue abrazando una a una y, cuando llegó a Aurelia, se tomó un momento para abrazarla con más fuerza. La condesa cerró los ojos un instante. Había echado de menos a su amiga más de lo que creía.

—Has vuelto.

—Y he llegado tarde para tu boda o para haberla impedido. Cosa que no pienso perdonarte fácilmente.

—No es tan malo como parece —consideró Aurelia.

—Eso no me impedirá quejarme durante meses o hasta que me asegure de que estás bien.

—Las bodas pueden ser una sentencia de muerte —musitó Beatrice—. Me alegra ver que para ti ha resultado todo lo contrario, Georgiana.

Aurelia la observó con atención. Beatrice estaba más pálida de lo habitual. Llevaba un vestido malva que realzaba el color cálido de sus rizos, pero parecía cansada, o tal vez ausente, como si parte de ella siguiera atrapada en un pensamiento del que no quería hablar.

Georgiana también lo notó.

—No vamos a quedarnos en mitad del salón para recuperar meses de conversación —anunció la duquesa—. Venid conmigo. He localizado una salita donde nadie podrá oírnos, salvo que los Fitzalan tengan criados ocultos dentro de los jarrones.

—Con los Fitzalan, nunca se sabe —dijo Lavinia.

Georgiana las condujo a una pequeña estancia apartada del salón principal. Había una chimenea encendida, sofás tapizados en verde y una mesa baja con flores.

Aurelia se sentó junto a Beatrice.

—¿Te ocurre algo?

La interpelada bajó la mirada hacia sus manos enguantadas.

—No quiero convertir esta noche en una conversación sobre mí.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Lo sé.

Aurelia reconoció el tono. Era el que empleaban todas cuando una verdad dolía demasiado para sacarla a la luz. Antes de que pudiera insistir, Beatrice levantó la cabeza y miró a Georgiana.

—Queremos saber si es cierto que la duquesa de Ravensholt ha regresado escandalosamente enamorada de su duque.

Georgiana abrió mucho los ojos.

—¿Escandalosamente? Qué forma tan cruel de recibir a una amiga.

—¿Es cierto o no? —preguntó Lavinia.

—Esa sí que sería una información excelente para nuestra próxima columna social —comentó Beatrice.

El silencio se instaló durante un instante.

Aurelia miró a Lavinia. Lavinia buscó a Cecily con la mirada. Cecily intentó conservar una expresión inocente y fracasó de inmediato. Beatrice suspiró.

—¿Acaso no íbamos a incluir a Georgiana en nuestros asuntos? —preguntó la hija del conde de Loxley.

La duquesa entrecerró los ojos.

—¿Qué columna? ¿Qué asuntos?

Lavinia fue la primera en sonreír.

—Se llama la Pluma Indiscreta . Y es nuestra.

Georgiana tardó unos segundos en comprender la situación. Después se llevó una mano a la boca.

—No. ¿Sois vosotras?

Cecily se inclinó hacia delante.

—Sí.

—¿Vosotras?

—Nosotras —le confirmó Aurelia.

Georgiana se quedó mirándolas, una a una, y luego soltó una risa tan franca que hizo que Beatrice sonriera un poco más.

—Llegué anoche y lo primero que hice fue consultar algunos periódicos. Sabéis cuánto me ha gustado siempre leer las columnas para asegurarme de que mi padre no saliese en ellas. Me llamó la atención la Pluma Indiscreta , porque hablaba del matrimonio de Aurelia.

—En realidad eso lo escribió Cecily porque parece empeñada en que mi matrimonio esté lleno de felicidad —le explicó la condesa.

—¿Y Cecily está teniendo éxito? —se interesó la duquesa.

—Olvídate de eso por ahora. Yo me ocuparé del esposo de mi hermana. Hablemos de nuestra columna. La usamos para protegernos —añadió Cecily—. Para tener información y alguna clase de poder en un mundo donde los hombres deciden sobre demasiadas cuestiones.

La alegría de Georgiana fue evidente. Conocía muy bien a sus cuatro amigas, pero siempre había tenido una relación más especial con Aurelia debido a que tenía una edad más próxima a la suya. Aunque su padre no había sido tan mercenario como el de ella, también tenía pecados con los que cargar.

—Quiero formar parte de la Pluma Indiscreta —dijo Georgiana.

Lavinia la miró con sorpresa.

—Eres una duquesa.

—Precisamente por eso. Tengo acceso a información que no llega a las jóvenes solteras. También tengo un marido que me permite tener mis propios secretos, porque supongo que nadie, además de las cinco que estamos aquí, sabe una palabra al respecto. ¿Me equivoco?

—Ha de ser un secreto. No puedes decírselo a tu esposo y Aurelia tampoco se lo dirá a Harrowmere, ni aunque acabe confesándole su amor incondicional —observó Cecily.

Aurelia resopló.

—Hermana, disfrutas demasiado de tus tonterías.

—Es cierto, pero aun así no podrás decírselo a Damian cuando tengas el matrimonio feliz que ansías.

—Uhm… Había estado preocupada por no haber estado contigo —le dijo Georgiana a Aurelia—, pero veo que hay esperanza.

—¡Grandes esperanzas! Harrowmere no puede quitarle los ojos y las manos de encima a mi hermana.

Las cuatro rieron, incluso Beatrice. Aurelia soltó un sonido lleno de indignación.

Georgiana se puso seria.

—Dime, Aurelia, ¿es muy malo lo que te ocurrió? —La duquesa ya se imaginaba que el resto estaría al tanto de su situación.

—No me he casado por amor como tú. Damian necesitaba mis conexiones. Yo necesitaba proteger a Cecily de Westcott y él era mi mejor opción. Ashwick trató de probar suerte, pero me arriesgué con mi esposo porque Ashwick es todavía peor que mi padre.

—Y, sin embargo, llevas los regalos de tu esposo —comentó Georgiana, señalando los crisólitos—. Porque intuyo que tu padre no te habrá dado eso como regalo de bodas.

Aurelia se tocó uno de los pendientes.

—Son solo joyas.

—Que eligió porque le recuerdan a tus ojos —se apresuró a aportar Cecily el detalle.

Aurelia la miró con irritación.

—¿Quieres sobrevivir hasta mañana?

—Estoy considerando la posibilidad.

Georgiana sonrió de oreja a oreja.

—No necesito que me cuentes nada, Aurelia. Te conozco: si lo aceptaste es porque intuyes que podría haber una posibilidad ahí. Tendré esperanza.

Aurelia decidió ignorar aquella observación.

—¿Y tú? ¿No tienes nada interesante que contarnos después de recorrer Europa con el duque de Ravensholt?

La expresión de Georgiana se volvió distinta. Sonrió y se llevó una mano al vientre.

—Estoy embarazada.

Cecily dio un pequeño grito. Lavinia dejó caer el abanico sobre la falda. Beatrice se inclinó hacia ella con una emoción tan viva que por un momento desapareció la sombra que había llevado consigo toda la noche.

Las cuatro la rodearon.