Capítulo 12 #2
—No cuestiono tu lealtad, me preocupa si él trama alguna treta contra mí y decide utilizarte a ti. Y soy muy consciente de que no me odiabas tanto como creí. Así que, lo reconozco, Aurelia. No quiero que nadie pueda tratar de captar tu atención.
—¿De verdad te inquieta que me interese por otro hombre?
La pregunta hizo que la mano de Damian se tensase contra la espalda de ella.
—No quiero que te intereses por nadie que no sea yo.
El corazón de Aurelia dio un vuelco pequeño y traicionero. Él se veía tan vulnerable de pronto… Tierno como un niño.
—Deja de preocuparte por eso; y no solo tú podrás relajarte, yo también. No soy como mi padre. Estoy casada contigo y no me desviaré del camino. Ya te lo dije una vez.
—Nunca he confiado en nadie. Tal vez Finch esté más cerca de ser considerado un amigo.
—Pues los dos vamos a tener que comenzar a confiar el uno en el otro.
—Lo sé, pero no es fácil cuando has estado toda tu vida solo. Deberás tener paciencia conmigo.
—Y tú conmigo también. No confío en los caballeros porque mi padre hizo un trabajo formidable.
—Nunca he hablado con nadie como te hablo a ti. Creo que también me siento cómodo contigo. Espero que tampoco me falles a mí.
La petición llegó con una sinceridad inesperada y Aurelia sintió que la embargaba una satisfacción cálida.
Él no solo la deseaba: le importaba. No estaba interpretando el papel de marido atento para que Londres lo aceptara. Su reacción ante Ashwick había sido demasiado visceral y franca, y su conversación también.
Cuando el vals terminó, Damian no le soltó la mano enseguida. Y eso era porque Ashwick avanzaba hacia ellos.
La música cambió, y los primeros compases de un reel empezaron a llenar el salón. El conde de Ashwick se detuvo a una distancia prudente y exhibía una sonrisa que Aurelia habría considerado agradable de no conocer ya la arrogancia que ocultaba.
— Lady Harrowmere, debo admitir que Londres no le hace justicia esta noche.
Aurelia le sostuvo la mirada al tiempo que le colocaba una mano sobre el antebrazo a Damian. Su toque logró tranquilizarlo de inmediato.
—Es el matrimonio, milord. Le da a una mujer ese toque de felicidad que siempre viene bien para… —miró a su esposo— brillar. —Y ahí su Conde Oscuro se terminó de relajar de inmediato. Su postura cambió y sus hombros se destensaron.
Damian sostuvo la mano con la que su mujer lo había calmado y se llevó sus dedos enguantados a los labios para besárselos.
—Tú siempre has brillado, querida mía. ¿Por qué te crees que luché por ti con uñas y dientes? Hasta en la arena del Coliseo me hubiese metido por ti.
—¿Un gladiador romano, esposo? Estarías particularmente gracioso con un atuendo que mostrase parte de tus piernas.
Entonces ella le sonrió de verdad y él terminó emitiendo un pequeño suspiro. Se quedaron como un par de tontos mirándose a los ojos. Fue entonces cuando Ashwick emitió un pequeño sonido para reclamar atención.
—Me preguntaba si me concedería el próximo baile, milady .
Su esposo volvió a adquirir una postura defensiva y ella tuvo que colocarle la mano sobre el antebrazo otra vez.
—No sería correcto, lord Ashwick. Hay demasiadas damas solteras esperando a que un caballero las note. Como mujer casada, estaría privándolas de ese derecho. Le ruego que no se tome a mal mi negativa —le explicó con gracia.
Ashwick la observó durante un momento. Su sonrisa no desapareció del todo, aunque dejó de alcanzar sus ojos.
—Lo entiendo perfectamente, milady .
Se inclinó ante ella y luego se alejó.
La condesa se dio por satisfecha. Damian no lo estaba del todo.
—Hubiese preferido pelearme con él —masculló.
—Lo sé, por eso he sido lo más cortés posible a fin de no darte ninguna excusa para armar un revuelo que poco nos habría servido a ambos. También sé que él te teme y que por eso no ha trascendido nada sobre lo que sucedió en aquel despacho, dado que de otro modo le darías su merecido.
—¿Siempre eres tan sensata y sabia?
—Lo intento —reconoció.
Damian la miró, y algo en él se aquietó. El gesto apenas duró un instante, pero ella lo vio. A Damian le había gustado que fuese su esposa quien rechazara a Ashwick. Aurelia era una mujer muy capaz; se notaba que no necesitaba a nadie, aunque eso no impedía que él quisiera protegerla.
La contradicción resultaba extrañamente hermosa.
Poco después, un caballero de cabello gris y un porte impecable se acercó a Damian.
Aurelia lo reconoció. Era el vizconde Haller.
Siempre había sido bastante amable con ella cuando se encontraban en los bailes.
Se podría decir que el caballero la compadecía.
Él era todo lo opuesto a Westcott y ella lo admiraba por su honradez.
Era un hombre con un título menos importante que su padre o su esposo, pero tenía un gran peso social.
— Milady —la saludó con una reverencia impecable.
—Lord Haller, es un gran placer verle. —Ella hizo lo propio.
—¿Cómo está su padre?
—Lo cierto es que no lo sé, milord. Westcott parece que por fin ha logrado tener la libertad que tanto ansiaba. Y si he de ser sincera, mi hermana y yo también.
Él asintió un par de veces con la cabeza.
—¿Y está segura de que no ha salido de una jaula para terminar en otra, milady ?
Ella le sonrió. Había caballeros que resultaban encantadores. Pocos, y Haller era uno de ellos.
—Le diré que las perspectivas son buenas.
—¿Y diría lo mismo en caso de que estuviésemos a solas, milady ?
Cabe decir que el caballero no había reconocido todavía la presencia del conde de Harrowmere, quien se mantenía callado porque su esposa se veía muy cómoda con el anciano.
—Sí. No le tuve nunca miedo a Westcott, como usted bien sabe, y no pienso empezar a temer a nadie a estas alturas.
—Bien, bien. Me alegra comprobar que algunos chismes son ciertos. —Fue entonces cuando lord Haller se giró para mirar al Conde Oscuro—. Harrowmere, tengo entendido que su yegua ganó en Newmarket la semana pasada. Una carrera extraordinaria, según parece.
Damian cambió de expresión. No fue una transformación evidente.
Sin embargo, Aurelia lo conocía ya lo suficiente como para distinguir el momento en que una oportunidad de reconocimiento despertaba su atención.
El conde se volvió hacia el vizconde con cortesía, y ambos comenzaron a hablar de caballos, criadores, apuestas y futuras carreras.
Aurelia no entendía la mitad de lo que decían. Comprendía, en cambio, lo que significaba que un hombre de aquella posición lo buscara en público.
Al cabo de unos minutos, el caballero se marchó, pero había invitado a Damian a pasar al salón reservado para los hombres. Aurelia advirtió la vacilación de su marido antes de que él le preguntase:
—¿Te parece bien que te deje con Cecily unos momentos?
Ella alzó una ceja.
—¿Necesitas mi permiso para hablar de caballos?
—No. Quiero saber si estarás bien si te dejo en este salón.
Aurelia miró hacia Cecily, que conversaba con Lavinia y Beatrice a poca distancia.
—Estaré bien.
Damian le rozó los dedos. El contacto fue breve y discreto, pero su mirada dejó claro que no se iba por falta de interés, sino porque aquella conversación podía abrirle una puerta que llevaba años encontrando cerrada.
—No tardaré demasiado.
—No prometas cosas que no puedas cumplir. Haller te presentará a un buen puñado de amigos y tú necesitas esos contactos. No te preocupes por mí.
—Aurelia, eres mi esposa. Negocios y contactos siempre podré encontrar más, pero tú eres mi prioridad ahora. No puedes dudarlo ni un instante.
—Vamos, ve a maravillar a todos esos hombres que una vez pensaron que tú valías menos porque no habías nacido con la sangre tan azul como la de ellos. —Sería tan fácil creerlo… Ella no estaba preparada para derribar todos los muros que tanto le había costado construir.
—Si necesitas cualquier cosa, grita. Me importará poco que causes un escándalo. ¿Entendido?
—Oh, Damian. Eres todavía peor que Cecily. No hagas esperar a Haller, puedo arreglármelas yo sola.
La comisura de su boca se movió.
—Mujer testaruda… —masculló antes de marcharse.
Después se alejó para ir en busca del vizconde.
Aurelia se quedó observando cómo su esposo cruzaba el salón.
Una sensación nueva e inesperada le recorría el pecho.
Los hombres se apartaban para dejarlo pasar.
Algunos lo saludaban con mayor atención de la que le habrían concedido unas semanas antes.
Su título seguía siendo el mismo y su fortuna tampoco había cambiado.
La diferencia era ella. Su padre era un miserable, pero tenía sangre noble y, por consiguiente, ella le había dado la respetabilidad que Damian ansiaba y Haller se encargaría esa noche de que él no fuese excluido nunca más.
Lo había conseguido. Una parte del trato había sido cumplida. Ella, hija de una familia importante y amiga de la duquesa de Ravensholt, lo había convertido en alguien más fácil de aceptar entre los suyos.
—No deberías mirarlo de ese modo o mañana la Pluma Indiscreta dirá que lady Harrowmere no puede dejar de comerse con los ojos a su marido, y que parecía dispuesta a asesinar con sus propias manos a cualquier dama que se atreviese a captar su atención —comentó Cecily, quien acababa de aparecer a su lado.
—Más te vale que no lea nada semejante en el periódico de mañana o la que acabará bajo tierra serás tú.
—Oh, por Dios, admite que eres una esposa que empieza a disfrutar de que su marido la conquiste a ella y al mundo entero. Sé bien que Damian estaba hablando con lord Haller. ¿Por qué no pudimos tener un padre como él, Aurelia? Creo que todo hubiese sido más fácil.
—No nos ha ido tan mal con Westcott —murmuró la condesa.
—¿Es una admisión de que estás contenta por cómo está resultando todo, hermana?
—No puedo enamorarme de él. Si me rompe el corazón como le ocurrió a nuestra madre, no creo que pudiese reponerme nunca.
—Si no te arriesgas, nunca lo sabrás.
Lavinia llegó con una copa de ponche en la mano y Beatrice llevaba otra.