Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Un baile agradable

La casa de lord y lady Fitzalan resplandecía desde la calle.

Las ventanas del gran salón derramaban algo de luz sobre la fachada de piedra, y una sucesión de vehículos detenidos ante la entrada formaba una hilera de carruajes lacados, adornados con penachos y tirados por caballos impacientes.

Aurelia y Cecily iban del brazo de Damian.

En cuanto cruzaron el umbral, las conversaciones se alteraron.

Era natural; ellos estaban en el epicentro social en esos momentos.

Algunos rostros se volvieron hacia ellos con interés inmediato; otros se inclinaron hacia sus acompañantes, y hubo damas que fingieron revisar los pliegues de sus abanicos mientras seguían cada movimiento de los tres.

Aurelia sintió que Damian se erguía. Comenzaba a entender lo que él había tenido que sentir cada vez que entraba en un salón atestado de supuestos enemigos que lo juzgaban constantemente. No debió resultarle agradable, desde luego.

—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro. Esa atención le provocó un alivio extraño.

—Por supuesto que sí, Damian.

Él ladeó el rostro para observarla y ver si de verdad estaba de una pieza.

El color oro envejecido de su vestido absorbía la luz de las lámparas y la devolvía con una suavidad que hacía parecer su piel más clara.

Los crisólitos que Damian le acababa de regalar la hacían más vistosa.

Muchos caballeros la observaban con un nuevo interés; él era un hombre y sabía lo que estaba ocurriendo.

Entonces sus ojos bajaron hasta la gargantilla que descansaba sobre su escote; confiaba en que ella no pudiera olvidar quién la había puesto allí.

Era extraño, porque hasta que se había casado, no había sabido que fuese tan celoso y posesivo.

Si Aurelia fuera un poco menos arrebatadora…

Suspiró ante ese pensamiento. La belleza siempre estaba en quien observaba y ella había logrado fascinarlo, así que nunca podría verla menos espectacular de lo que ciertamente era.

—Estás pensando en que Cecily tenía razón —adivinó Aurelia.

—Siempre la tengo —saltó la otra que había escuchado a la condesa de Harrowmere, dado que seguía colgada del otro brazo del Conde Oscuro.

Aurelia le sonrió, y no fue un gesto postizo ensayado para los invitados de los Fitzalan.

—Admito —tomó la palabra lady Harrowmere— que es interesante ser el centro de atención.

—El centro de atención de los hombres, querrás decir —la corrigió él algo irritado.

—¿Qué más te dará? Todo Londres sabe, gracias a esa malvada columna social, que tienes a tus hombres vigilando mis pasos.

—Los dos sabemos que Finch ya no te seguirá. ¿Debo preocuparme, Aurelia? Los lobos son peligrosos.

—¿Más que tú, Damian?

—Con vuestro permiso, he visto a Lavinia y a Beatrice al otro lado. Os dejo para que coqueteéis sin que yo os estorbe, aunque sé que os trae sin cuidado que os escuche —advirtió al tiempo que se soltaba de Damian.

—Cecily, no hagas ninguna tontería —le pidió la condesa.

—No te preocupes, ya las he hecho todas. No me queda ninguna locura por hacer.

Y así fue como Aurelia y Damian se quedaron a solas, en una zona algo más discreta del salón.

—Estás preciosa.

—Me lo has dicho antes.

—He supuesto que necesitabas que te lo recordase.

—¿También consideras que leerme los pensamientos forma parte de tus deberes de esposo?

—No. Mis deberes de esposo me obligan a asegurarme de que nadie te moleste.

Ella volvió un poco la cabeza.

—¿Piensas permanecer toda la noche a mi lado para vigilar que no me relacione con nadie?

—Puedes hablar con tus amigas y con todas las damas presentes.

—Estás siendo ridículo.

—¿Tú crees?

Aurelia siguió la dirección de su mirada.

Henry Trust, conde de Ashwick, estaba observándolos con atención.

Vestía con una corrección quizá excesiva, como si cada detalle de su atuendo hubiese sido elegido para demostrar su atractivo y fortuna.

Hablaba con dos caballeros mientras mantenía una copa en la mano, aunque sospechaba, a juzgar por la cara de irritación de su marido, que la atención de Ashwick habría estado puesta en ella desde el instante en que entró.

Aurelia sintió una incomodidad patente, más desagradable por haber creído que el matrimonio con Harrowmere la libraría de una vez de aquella presencia.

Damian se soltó del brazo de su mujer y le pasó una mano por la cintura. Un claro gesto de posesividad.

—Él nunca me ha agradado. No tienes de qué preocuparte.

—No lo mires. —Y la orden salió más brusca de lo que pretendía.

—No estoy haciendo nada malo.

—Pero él sí.

—¿Vas a declararle la guerra por observar a una mujer casada?

—Si se acerca a ti, muy posiblemente sí.

Aurelia se volvió hacia él con lentitud.

—No puedes estar celoso de un hombre al que sabes que despreciaba más que a ti.

—Un cumplido de lo más halagador, lady Harrowmere —le dijo con retintín.

—Me has hecho ser brusca. Lo que pretendía decirte es que…

—Sé bien lo que querías decir. Lo que tú no sabes es que los hombres como Ashwick odian perder.

—No te entiendo.

La mirada que le dirigió Damian era demasiado seria y Aurelia advirtió algo que la desconcertó. En su expresión había un disgusto real y muy incómodo por la forma en que Ashwick la observaba.

—No me gusta —admitió Harrowmere pasados unos segundos—. No me gusta cómo te mira. Tampoco me gusta que crea que puede acercarse a ti después de lo que intentó hacer.

—No se acercaría a una mujer que lo humilló.

—Ay, Aurelia, a veces se me olvida lo ingenua que eres a pesar de haber tenido a Westcott como padre.

La condesa no supo qué decir.

El hombre que había llegado a su vida con una proposición matrimonial y un acuerdo imposible de rechazar estaba allí, a su lado, visiblemente incómodo mientras otro caballero la admiraba desde la distancia.

Damian no parecía capaz de disimular que Ashwick le despertaba una hostilidad brutal y ella dudaba que él dejase que sus debilidades saliesen a flote con tanta facilidad.

Aquella vulnerabilidad no lo volvía menos peligroso, sí más humano.

La orquesta terminó una contradanza y comenzó a prepararse para un vals. Los invitados se movieron hacia los lados del salón, reorganizando parejas con gran rapidez. Damian miró a Aurelia y le tendió una mano.

—Baila conmigo. —Aunque le salió como una orden, ella sabía bien que era una petición.

La condesa aceptó su mano.

—Será un placer, esposo. —Con esas sencillas palabras, Damian se tranquilizó. Aurelia lo notó en el modo en que sus hombros se acababan de relajar.

Él la condujo hacia el centro del salón.

Cuando la sostuvo por la cintura, ella notó un cambio en la respiración de su marido.

El contacto era correcto para el baile, aunque la mano de Damian descansaba en su espalda con una atención que iba mucho más allá de la etiqueta.

Sus dedos trazaron una caricia lenta sobre la seda, desde el costado hasta el punto donde la tela se ajustaba bajo sus omóplatos.

Aurelia tuvo que concentrarse para no perder el paso, dado que la danza ya había comenzado.

—¿Algún problema, esposa? —se burló de ella.

—Por supuesto que no.

—¿Seguro? Estás distraída —preguntó él.

—No.

—Te has equivocado dos veces en menos de un minuto.

—Eso se debe a que bailas de un modo demasiado insolente —lo amonestó.

Damian dejó escapar una risa baja.

—No sabía que existía una forma insolente de bailar un vals.

—Contigo, todo parece posible. Vives para provocarme.

Él la hizo girar con suavidad. Durante un instante, el salón entero se limitó a ser solo luz y música mientras su marido la guiaba a su voluntad. Cuando volvió a sus brazos, él inclinó la cabeza hacia ella.

—Ahora no solo Ashwick te mira. Hoy brillas más que nunca, Aurelia.

—¿Y eso te disgusta? —lo tanteó.

—Los mataría a todos por los pensamientos que deben estar teniendo acerca de ti.

—Por amor de Dios, Damian, pareces un loco.

—Ashwick se vanagloria de que es un caballero al que todas las damas desean —reconoció.

—¿Necesitas que tu esposa te alabe?

—¿Y qué dirías de mí si sintiese la repentina necesidad de que así fuese?

—Tendría que recordarte que te elegí sobre él. Y te aseguro que Ashwick llevaba algún tiempo insistiendo en que lo viese como el gran adonis que se cree.

—Me aceptaste solo porque mi trato era mejor.

—No fue solo eso. Había algo en ti que me hacía sentir más segura.

—¿A qué te refieres?

—Tu reputación era escandalosa. Todo el mundo te temía por el poder que tienes, aunque ellos no te quisieran cerca, pero cuando te presentaste ante Beatrice y ante mí…

Creo que un hombre que no tuviese alma no se hubiese comportado como tú lo hiciste.

Demostraste una paciencia infinita ante mis impertinencias y los dos sabemos que había otras mujeres que podrían haberte servido como llave —resaltó la palabra— de un modo mucho mejor que yo.

Y también considero que el dinero que te debía mi padre no era tan fundamental para ti.

—Entonces, según tú, ¿por qué quise casarme contigo?

—Por el mismo motivo que Ashwick. No me rendí a tus pies cuando creías que tenías todo el derecho a ser adorado por mí y eso te hizo querer insistir.

—¿Insinúas que me tendiste una trampa porque si te hubieses mostrado dulce y servicial yo habría perdido todo el interés por ti?

—Solo un hombre que mida su vida en estrategias lo vería de ese modo. No, Damian, yo estaba dispuesta a casarme esta temporada porque sabía que no tendría más elección, pero pretendía elegir al pretendiente adecuado.

—¿Crees que lograremos superar nuestros inicios, Aurelia?

—Creo que me siento cómoda contigo, tanto que me atrevo a provocarte. Eso es un gran logro.

—Bien.

Aurelia levantó la mirada hacia él.

—Y eres un hombre muy apuesto, de poderosos y fuertes brazos. —Le sonrió al decir eso último—. Ashwick no es tan fuerte como tú ni tampoco tan inteligente.