Capítulo 11 #5
—Sabéis que sigo aquí, ¿verdad? —los interrumpió Aurelia.
—Es evidente que tu esposo no puede sacarte los ojos de encima; él siempre sabrá dónde estás, hermana.
Aurelia emitió un pequeño sonido nada femenino. Y el conde volvió a reírse con franqueza.
—Es cierto —reconoció Damian.
Cecily sacó el otro pendiente del estuche y se colocó al lado derecho de Aurelia.
—Permite que tu insolente hermana te ayude. Hace mucho tiempo que no tienes algo tan bonito. Tu marido ha cometido un error estratégico. Los caballeros comenzarán a mirarte esta noche más de la cuenta.
—Oh, Cecily, eres terrible.
—¿No te da cierto placer que él pueda estar tan celoso como lo estuviste tú cuando…?
—¡Cecily! Ayúdame con los pendientes y no hables más. Ya has dicho más que suficiente para avergonzarnos a los dos durante un milenio.
—Solo diré que Damian acaba de caer en la cuenta y no se ve demasiado contento con que alguien más que él pueda admirarte.
—Como nuestro padre nunca fue de naturaleza celosa, había pensado que los caballeros no podían desarrollar ese sentimiento, pero creo que Damian es del tipo celoso —se sumó a la consideración de su hermana pequeña lady Harrowmere.
Cecily le colocó los pendientes con cuidado, apartando los rizos oscuros que le rozaban las orejas a su hermana.
Damian observó el proceso con una atención que no debería haber resultado tan absorbente.
Cuando Aurelia volvió el rostro hacia él, los crisólitos encendieron una luz cálida junto a sus mejillas.
Le sentaban demasiado bien. La pequeña pícara tenía razón.
Los caballeros la devorarían en cuanto la viesen.
El conde suspiró. Tenía dos opciones. La primera era encerrarla en la más alta torre como la princesa que era, y la segunda implicaba no hacer nada que no fuese sacar pecho mientras todos la contemplaban sabiendo que ella era suya.
La primera lo atraía más, porque en aquella torre habría una cama, pero sabía que optar por la segunda sería lo más razonable.
El estuche seguía abierto entre las manos del lacayo.
Damian sacó la gargantilla y el sirviente pudo retirarse.
—Déjame esto a mí.
Aurelia se quedó muy quieta.
Cecily retrocedió un par de pasos y su esposa se despejó la nuca recogiendo parte del cabello para que él pudiese maniobrar mejor.
El gesto fue natural. El efecto que tuvo sobre él fue incendiario.
Damian estaba detrás de ella. La cadena fría se deslizó sobre su piel y él unió el cierre con una tranquilidad que nada tenía que ver con lo que estaba sintiendo. Sus dedos le rozaron la curva del cuello al retirar un mechón que se había quedado atrapado bajo la gargantilla.
Aurelia respiró hondo al sentir ese contacto tan directo porque él todavía no se había puesto los guantes.
Damian notó cómo el pulso le latía bajo la yema de los dedos. El corazón de ella estaba acelerado.
Podía detenerse ahí. Debería contenerse. En lugar de seguir la voz de la razón, dejó que sus dedos bajaran despacio por el lateral de su cuello, para ofrecerle una caricia tan certera que seguro que la habría estremecido.
Aurelia no pudo moverse debido a lo inesperado de la acción.
Entonces Damian inclinó la cabeza y le besó la nuca expuesta.
El contacto no fue tibio ni breve, y sí más que suficiente para que Aurelia soltase un pequeño gemido que no pudo controlar.
En especial cuando percibió el contacto de la lengua masculina directamente sobre su piel.
—Además de celoso, creo que soy bastante posesivo —le susurró solo para sus oídos—.
Sé que no me has dado permiso para tocarte, pero, por Dios, que no soy ningún estúpido y no darme el capricho habría estado fuera de lugar.
Y si lo piensas bien, querida mía, a esto de la seducción no juega solo uno; contigo he descubierto que también me gusta mucho tratar de seducirte —murmuró junto a su oído.
La condesa ladeó un poco el rostro hacia él.
El rubor había vuelto a teñir sus mejillas y sus ojos decían más de lo que ella se figuraba.
La había excitado. Damian conocía esa expresión porque era la misma con la que se quedaba él cuando ella le ofrecía unas migajas que luego le retiraba sin compasión alguna.
La satisfacción le recorrió el cuerpo. Su mujer también lo deseaba, mas no era plenamente consciente todavía de la fuerza de su propio anhelo.
Cecily volvió a carraspear.
Esta vez no se molestó en disimular su impaciencia.
—Creo que la columna esa que escribe la Pluma Selecta —dijo mal el nombre a propósito— se ha quedado corta cuando ha mencionado que tu marido no puede quitarte ni los ojos ni las manos de encima.
Aurelia se apartó de Damian con una rapidez que habría resultado convincente si él no hubiera sentido todavía el temblor leve que le quedaba en la respiración. Los dos seguían mirándose a los ojos con fijación.
—Damian… —susurró ella sin saber lo que estaba pidiéndole.
—¿Vamos a ir al baile los tres o debo salir yo sola? —intervino Cecily, exasperada, quien ya estaba saliendo por la puerta un tanto enfadada.
Damian le ofreció el brazo a su esposa y ella lo aceptó.
—Eres perverso.
—Estoy aprendiendo de la mejor. ¿O crees que yo sabía jugar a esto que has ideado antes de que aparecieses en mi vida?
—No. No creo que seas un hombre que se tome la molestia de esperar cuando quiere algo.
—No lo había sido hasta ahora —le confirmó—. Pero por ti, esperaré el tiempo que haga falta. Es frustrante no conseguir lo que quiero cuando lo deseo, si bien es cierto que debo reconocer que hay mucha emoción en la anticipación.
—¿Anticipación? —Ella no lo había entendido del todo.
—Eso es. Anticipo que serás mía por completo, Aurelia.
—No me gustan los caballeros presuntuosos —se apresuró a decir mientras salían por la puerta principal.
Damian no hizo comentario alguno. Ya había dicho y hecho todo lo que debía… Por el momento, al menos.