Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Estaba nervioso a pesar de que todo estaba perfectamente dispuesto para la salida de esa noche.

El único problema era que Aurelia no aparecía.

Ni ella ni la pícara de su hermana. El conde se decía a sí mismo que su impaciencia obedecía a la conveniencia de llegar a tiempo al baile de los Fitzalan.

La presencia de ambos, después de la salida a la ópera y de la nota que ya circulaba por Londres, debía verse como una declaración ante la sociedad.

La nueva condesa necesitaba demostrar que no había sido relegada por su esposo, y él precisaba que quienes todavía lo consideraban un intruso entendieran que su mujer no era una figura decorativa comprada por una suma escandalosa.

Era una cuestión de imagen.

Estrategia pura.

Se trataba de sobrevivir en una ciudad que podía destruir cualquier reputación antes de que terminase el desayuno.

Además, eran un matrimonio de verdad. O pronto lo serían, porque Damian estaba muy emocionado y esperanzado.

Entonces, la vio aparecer al comienzo de la escalera y se olvidó por completo de la conveniencia de ser puntuales.

Aurelia descendía despacio, con Cecily a su lado, bajo la luz dorada de los candelabros.

El vestido de noche tenía un tono de oro viejo, suave y cálido, que parecía haber sido elegido para que la piel de ella adquiriese un brillo de porcelana.

La falda de seda le caía desde el talle del pecho en una línea sencilla, sin excesos, y los pequeños bordados de hilo de oro oscuro atrapaban la luz al moverse.

Las mangas abullonadas dejaban parte de sus hombros al descubierto con una elegancia que no buscaba llamar la atención y, precisamente por eso, conseguía lo contrario.

El cabello oscuro lo llevaba recogido en un peinado alto, formado por trenzas finas que le rodeaban la coronilla y por unos suaves bucles que descendían sobre su nuca.

Entre las ondas, unas pequeñas horquillas doradas sostenían diminutas perlas.

No era una tiara; sin embargo, Damian pensaba que él bien podría haberle comprado una corona porque se veía como una hermosa reina llegada desde el antiguo Egipto para poner todo su mundo patas arriba.

Un ángel dorado. Eso era lo que parecía Aurelia esa noche.

Luego recordó que los ángeles debían ser criaturas inocentes y se corrigió mentalmente.

Aurelia no tenía nada de inocente cuando decidía tentarlo para volverlo completamente loco o cuando se alejaba después de dejarle un beso en los nudillos para terminar prometiéndole algo que quizá ocurriría más tarde.

¿Cómo una mujer tan inocente sabía coquetear tan bien? A él lo tenía al borde del precipicio.

Su hermana estaba a su lado. Damian lo sabía porque la veía.

No obstante, la presencia de Cecily se volvió irrelevante en cuanto Aurelia entró en su campo de visión.

No existía nada más que su condesa. Nada importaba: ni los criados, la falta de puntualidad, el carruaje que llevaba un buen rato aguardándolos…

Solo ella.

Aurelia debió de advertir la intensidad con que la miraba, porque sus manos se cerraron un poco sobre la falda y el paso perdió la seguridad que había tenido al aparecer arriba. Él se acercó al último escalón y le tendió la mano.

—Estás preciosa —murmuró en un susurro que sonó agónico.

Ella alzó los ojos hacia él. La sorpresa le cruzó el rostro antes de que pudiera ocultarla.

Damian no tenía idea de cuántas veces le habrían dicho algo parecido, pero sabía que no bastaban.

Estaba seguro de que Aurelia no había sido plenamente consciente de su belleza porque su hermana menor era un alhelí.

Allí donde Cecily era dulce, joven y hermosa a primera vista, Aurelia era una mujer segura y fascinante cuando se le prestaba la debida atención. Había elegido bien a su esposa.

—No deberías decirme esas cosas —susurró ella.

—¿Por qué?

—Porque no sabes hacerlo sin que parezca una provocación.

—Quizá sea una provocación, pero ha sido dicha con la más sincera de las admiraciones y nada tiene que ver con que yo quiera lo que sabes que deseo de ti.

La respuesta consiguió que el rubor subiera a sus mejillas.

Aurelia dio el último paso, pero la punta de su zapatilla quedó atrapada un instante bajo el borde del vestido y perdió el equilibrio.

Damian la sujetó antes de que pudiera caer.

Un brazo le rodeó la cintura; el otro la sostuvo por la espalda.

Su mujer se quedó inclinada contra él, con una mano apoyada sobre su pecho y el rostro demasiado cerca del suyo.

La seda de su vestido rozó la chaqueta oscura de Damian.

Él sintió el calor de su cuerpo, aspiró el perfume a lilas que emanaba de ella y sintió que la mirada de su esposa se tornaba vidriosa de súbito.

Todo ello sin olvidar que la condesa comenzó a respirar con cierta dificultad y él dudaba de que fuese debido al pequeño susto del tropiezo.

Aurelia levantó la mirada. Los labios de uno estaban a un suspiro de los del otro.

El conde no se movió. Había aprendido algo desde aquella mañana. Podía desearla hasta perder la razón, soñar durante horas con el sabor de su boca y anhelar conocer el peso de su cuerpo entre sus brazos, pero no aceptaría nada que ella no le ofreciera.

Aun así, Aurelia no se apartaba de su improvisado abrazo. Su mirada descendió hacia la boca de él, se lamió los labios por inercia, su mirada regresó a los ojos de su marido y se quedó allí, atrapada en un momento muy íntimo.

Entonces Cecily carraspeó y la magia se esfumó de un solo plumazo.

Aurelia trató de recuperar el equilibrio y Damian la ayudó a enderezarse sin retirar del todo las manos de su cintura hasta estar seguro de que podía sostenerse por sí misma. Cecily los observaba con una expresión que combinaba paciencia con resignación.

—Me alegra comprobar que nadie se ha roto nada —comentó la menor de las hermanas—. Aunque quizá debería esperar fuera. Parece que esta noche volverá a ser incómoda para mí.

Damian sonrió.

Aurelia le lanzó una mirada de advertencia.

—No empieces, Cecily.

—¡Es que si no empiezo os volveréis a olvidar de que estoy cerca! —se quejó ofendida.

Damian le hizo un gesto a uno de los lacayos.

El hombre se acercó con un estuche rectangular de terciopelo azul oscuro. Aurelia lo miró con atención mientras el criado lo abría.

En el interior descansaba un juego de joyas exquisito.

Los pendientes estaban formados por pequeños crisólitos de un verde dorado, montados en oro fino, y la gargantilla repetía el mismo diseño con una cadena delicada de la que pendían tres piedras de tamaño más que adecuado sin ser excesivo.

No había diamantes deslumbrantes porque no se trataba de piezas que pudiesen convertir a Aurelia en un escaparate de la fortuna de su marido.

Eran joyas elegantes, refinadas, y sospechaba que él mismo las había elegido para ella.

Aurelia las miraba y no podía creerse lo que tenía ante sí.

—Damian…

—Las elegí porque me recuerdan a tus ojos. Como tu esposo, es mi deber mimarte y hacerlo además sin esperar nada a cambio —se apresuró a explicarle.

Ella bajó la vista hacia las piedras una vez más y frunció un poco el ceño.

—Mis ojos no son de ese color.

—Depende del momento. Se ponen de ese color cuando quieres mostrar toda tu fuerza.

Aurelia no supo qué responder. Aquello hizo que sus defensas se debilitasen más que cualquier halago poético. Él se había fijado. No solo en que tenía los ojos claros, sino en los matices que ella misma rara vez se detenía a reconocer.

Cecily se aproximó hasta la pareja.

—Es una suerte que Westcott no esté aquí —dijo, mientras contemplaba los crisólitos—. Los habría empeñado antes de que alguien pudiera cerrar el estuche. Queda confirmado que Damian tiene muy buen gusto, Aurelia, y no me refiero solo a una cuestión de joyería.

La condesa soltó una exhalación que se acercó a una risa. Era hora de disfrutar de las atenciones de su esposo, porque de otro modo Cecily no la dejaría respirar durante toda la noche.

—Eso es cierto, hermana. Todo lo que has dicho, palabra por palabra.

El Conde Oscuro se irguió orgulloso debido al reconocimiento.

Lady Harrowmere cogió uno de los pendientes y lo sostuvo frente a la luz. El color verde dorado destelló entre sus dedos.

—Son muy hermosos.

—Me alegra que te gusten. No sabía si preferirías algo más ostentoso, pero decidí que la sencillez te sentaría mejor porque tú, por ti misma, ya brillas lo suficiente.

—¿Recitas poesía para tu condesa, milord? —flirteó Aurelia con él.

—No sabría cómo hacerlo. Solo estoy recordando que, en un baile, no hace demasiado, yo te vi brillar por encima de todas las damas presentes —miró de soslayo a Cecily y le dijo—: No te ofendas.

—En absoluto. Aurelia hace tiempo que necesitaba que alguien le recordase que brilla.

Mi hermana decidió dejar de sacarse partido cuando se dio cuenta de que nuestro padre nos veía como dos sacos de monedas.

Hasta que se casó contigo, mi hermana había sido una dama sencilla por elección, dado que era muy consciente de que llamar la atención habría hecho que los acreedores de Westcott fuesen más peligrosos para ella.

No te ofendas —le tocó el turno a ella de copiarle la fórmula.

Damian alzó una ceja.

—No lo haré. ¿Cuál es tu excusa para no haberte ocultado bajo peinados estirados y vestidos más lúgubres de lo aconsejado, Cecily?

La aludida se encogió de hombros para mostrar un gesto despreocupado.

—Para mí Westcott no ha sido nunca un peligro. Yo siempre he tenido un plan infalible.

—¿Un plan?

—¿Qué hay por encima de un conde, Damian?

—¿Un duque? —se aventuró a conjeturar.

—Así es.

—¿Pensabas casarte con un duque para que te protegiese? —preguntó asombrado.

—Sí —respondió de inmediato—. Un duque era la mejor opción para protegernos a mi hermana y a mí. Tienes suerte de que Aurelia no rompa su palabra nunca, Damian. Jamás sabrás lo cerca que estuviste de quedarte sin ella. Más te vale convencerla de que este matrimonio vale la pena.