Capítulo 11 #3
Aurelia se permitió tardar unos segundos antes de responder.
—La música fue mejor de lo que esperaba.
—No te he preguntado por la música.
—La compañía no resultó insoportable.
—Eso se acerca más a un cumplido.
—No te acostumbres.
Él apoyó un brazo sobre la mesa.
—Después de una velada tan agradable, quizá podrías mostrarme cierta gratitud.
Aurelia entrecerró los ojos.
—¿Otra vez vamos a negociar?
—No. Esta vez pido algo mucho más sencillo que lo que sabes que me muero por conseguir.
—Lo dudo mucho —bufó ella.
Damian soltó una exhalación parecida a una risa.
—Un toque de tus labios. Nada más. —Necesitaba besarla o se moriría.
Aurelia permaneció quieta durante un momento.
Él había dicho aquello con un tono ligero, pero la mirada lo traicionaba por completo.
Y sus ojos, muchísimo más. No había ligereza en la forma en que estaba observando su boca.
Ni una sola vez desde que entró en el comedor había dejado de mirarla con una atención que pretendía ser muy evidente.
Él la deseaba y ella se sentía muy poderosa. Aurelia se sintió de pronto muy audaz.
Lady Harrowmere se levantó.
Damian se tensó.
Aurelia lo notó. Él no le tenía miedo; solo estaba siendo cauteloso porque seguramente estaría recordando que había intentado abofetearlo el día anterior. Aquella reacción despertó una satisfacción breve y muy poco caritativa.
—Levántate —le ordenó en un tono que no admitía réplica.
Él obedeció de inmediato. Se le veía bastante expectante y más seguro de sí mismo que un par de segundos antes.
Aurelia llegó hasta su posición. Damian no se movió.
Sus manos se quedaron a ambos lados de su cuerpo, abiertas, visibles, como si quisiera demostrarle que no intentaría detenerla incluso aunque ella decidiera abofetearlo de nuevo.
La diferencia de altura obligó a Aurelia a alzar el rostro.
Damian bajó el suyo, atento a cada respiración suya.
El comedor parecía más silencioso que unos instantes antes.
Ella se acercó más a él y se colocó a una cortísima distancia de su boca. La condesa podía oler el café en su aliento y él sentía el aroma a té de menta en el de ella.
—Aurelia… me vuelves loco.
—¿Cuánto deseas que te bese?
—Muchísimo —le confesó.
—¿Qué me darías por un beso?
—Lo que desees y más.
—Bien, porque creo que lo querré todo.
—Hecho —le aseguró él. Y Damian sabía que, si ella le pidiese la luna, tendría que encontrar el modo de bajársela.
Aurelia, sin moverse de su posición, buscó a tientas la mano derecha de su marido. Cuando la encontró, la alzó. Él se dejó llevar.
Sus dedos eran grandes, fuertes; tenían las marcas que evidenciaban que era un hombre que había trabajado antes de aprender a ocultar sus manos bajo los guantes impecables. Aurelia los sostuvo con suavidad, giró la palma de él hasta que los nudillos quedaron frente a su boca y lo miró a los ojos.
Damian dejó de respirar.
Ella inclinó la cabeza y depositó un beso lento sobre sus nudillos desnudos. El gesto podría haber pasado por una acción inocente o un agradecimiento elegante. La clase de atención que una esposa debía dispensarle a su marido después de una salida pública agradable.
Ambos sabían que no era eso y que ella solo pretendía atormentarlo y él, maldito fuese, estaba dispuesto a consentírselo.
Aurelia dejó sus labios posados en la piel de él durante un tiempo más que razonable, y cuando fue a separarlos de la mano de Damian, dejó que la punta de la lengua le lamiese el segundo nudillo.
Lord Harrowmere emitió un sonido ronco en cuanto sintió que la lengua húmeda y caliente de su esposa estaba sobre él.
Aurelia sintió el efecto de aquel gemido atravesarle el cuerpo con una calidez inesperada. No estaba acostumbrada a descubrir que podía provocar algo así en otro ser humano, y menos aún en Damian Dargrove, un hombre que parecía estar hecho de acero, furia y una seguridad imposible de romper.
Sus ojos se oscurecieron de inmediato.
La mano de él se cerró con lentitud alrededor de la suya. Ella retiró entonces la mano y el Conde Oscuro no se la retuvo.
—Por favor, Aurelia… —se encontró susurrando.
Ella no terminó de soltarle la mano. Esa súplica tan cruda la dejó igual de jadeante que él.
La dama se acababa de dar cuenta de que había comenzado un juego en el que no solo él se sentía estremecer.
Ella sentía un calor desconocido que la recorría por completo, y causaba estragos en ciertas partes de su cuerpo que…
Sus pezones se clavaban contra la tela de la camisola y le dolían.
Su intimidad parecía haberse humedecido de pronto. ¿Qué le estaba sucediendo?
—Damian… —El nombre de su marido salió como una súplica también.
—Deja que te bese o bésame, pero no nos mantengas en la miseria durante más tiempo.
Y con esas palabras que pretendían convencerla, la condesa recuperó de inmediato la razón. Retiró la mano antes de que él pudiera hacer algo más o ella acabase perdida entre esas nuevas sensaciones.
—No —le dijo con suavidad.
—¿Por qué me castigas, mujer? Sabes tan bien como yo que lo que deseo de ti es un beso de verdad.
Ella dio un par de pasos atrás cuando él trató de besarla, y Damian se maldijo por haber perdido la entereza.
—Uhm… Lo lamento, porque lo que has obtenido de mí es lo único que vas a recibir esta mañana. No es ningún castigo.
Damian tomó una larga bocanada de aire y soltó una risa baja, incrédula.
Su esposa estaba introduciéndose en la seducción, y por lo visto, le gustaba ser la instigadora.
Bien. La dejaría explorar a su antojo. Sería paciente, dado que la recompensa valía la pena.
¿Por qué apresurar las cosas cuando estaba disfrutando de la caza?
¿O acaso era él quien se había convertido en la presa?
—Eres mucho más cruel de lo que me imaginaba.
—Me lo tomaré como un elogio.
La mirada de Damian la recorrió de arriba abajo con una lentitud que hizo que ella fuese demasiado consciente de sí misma.
Era evidente que su marido había reaccionado de una forma muy concreta a aquel gesto.
La tensión bajo la tela oscura de sus pantalones no dejaba margen para dudas.
Su virilidad así lo atestiguaba. Ella no era tan ingenua a ciertos asuntos y aquella certeza le produjo un vértigo extraño.
—Esta noche quiero ir al baile de los Fitzalan —dijo, esforzándose por no mostrar que la voz le había cambiado—. Es conveniente que volvamos a aparecer en público. Una vez no basta para que Londres abandone sus historias sobre que no somos un matrimonio bien avenido.
Damian seguía mirándola con una intensidad que hizo que el resto del comedor pareciera desvanecerse. Aquello no contribuía en nada a que el calor que sentía en su interior se dispersase.
—Iré adonde quieras si continúas expresando tu gratitud de esa manera.
Aurelia inclinó ligeramente la cabeza.
—Sabia respuesta, lord Harrowmere.
—Es la verdad. Además, no necesito mucho para mantener la esperanza; tu hermana misma sabe que estabas celosa.
Ella se irritó por la observación y decidió que ya había jugado bastante con su esposo. Comenzó a caminar hacia la salida del comedor.
—Para ser tan inteligente, creo que no actuaste bien, Damian.
—¿A qué te refieres?
—No debiste decirme lo que tanto anhelas; me has dado un arma y no me temblará el pulso cada vez que decida utilizarla.
—Si no quisiera jugar contigo, Aurelia, nunca te habría confesado lo que deseo de ti. Estoy disfrutando tanto como tú.
Ella se acercó a la salida. Antes de marcharse, se volvió hacia él.
Damian permanecía junto a la mesa, inmóvil, con una mano apoyada sobre el respaldo de la silla y una expresión más alterada que cualquiera de las que ella le había visto hasta el momento.
Había deseo en sus ojos, sí, pero también algo más difícil de calificar.
Una atención absoluta. Una clase de hambre que la asustaba y la complacía a partes iguales.
—¿Siempre tendrás la última palabra?
—¿Crees que me has tomado bien la medida, esposa?
—Yo diría que me hago una idea bastante fidedigna del hombre que eres. —No mentía. Era alguien acostumbrado a que su voluntad prevaleciese. Peligroso como el que más.
—¿Y dirías que le permitiría a alguien tratarme como te lo consiento a ti?
—No —respondió de inmediato.
—Entonces no. Con respecto a ti, no me importa tener o no la última palabra. Como bien has dicho, soy un hombre inteligente y sé que no podré cambiar el modo en el que empezamos. Lo que sí puedo hacer es proponer el rumbo que decidamos seguir y para eso necesito que te sientas a salvo conmigo.
Ella asintió.
—Tal vez —dijo Aurelia—, después del baile, me tiente averiguar qué se siente cuando una esposa de la que hablan como si estuviera perdidamente enamorada de su marido recibe un beso de un esposo al que Londres considera igualmente loco por ella. Y podría ser un beso de verdad.
Damian cerró los ojos. El gemido que dejó escapar fue bajo, casi furioso.
—Me consumiré en llamas si no me das tregua, mujer… —susurró desesperado.
Aurelia le sonrió y salió de la estancia antes de que él pudiera recuperarse o ella regresase corriendo para echarse en sus brazos.
Detrás de ella, en el comedor, Damian tardó varios segundos en moverse. La mano que Aurelia le había besado y lamido seguía ardiéndole.
Y la idea de concluir la noche ganándose un beso se convirtió, de pronto, en el desafío más difícil que había afrontado en mucho tiempo.
***
Damian aguardaba en el recibidor desde hacía bastante tiempo, más del que estaba dispuesto a reconocer. Era la primera vez que tenía que esperar a no una, sino dos damas para acudir a una fiesta.
Había consultado dos veces el reloj de oro que llevaba en el bolsillo del chaleco, le había preguntado tres al mayordomo si todo estaba preparado y había recorrido cinco veces con la mirada el vestíbulo de arriba abajo, sin encontrar nada que necesitara realmente su atención.