Capítulo 11 #2
—Yo creo que sería lo más adecuado. Vivirás con nosotros hasta que te cases.
—La taza de té que Cecily tenía en las manos resbaló y se derramó un poco de líquido sobre la mesa.
Damian se enmendó de inmediato—: Aunque puedes quedarte aquí el resto de tu vida como una dama soltera.
Lo importante es que no tendrás que ver a Westcott nunca más, así que comenzar a tratarnos sin tanta ceremonia me ha parecido adecuado.
Cecily no quería pensar en su futuro ni en los problemas que arrastraba, así que miró el periódico y vio ahí una salida.
—¿Ya te has enamorado de mi hermana, Damian?
Aurelia casi se atragantó con el té y él se quedó asombrado con la dirección de la conversación.
—Cecily, ¿no tienes algún asunto que atender en otra parte? —le preguntó su hermana.
—No. Y no entiendo la sorpresa que ha causado mi pregunta.
Es obvio que todo el mundo se dio cuenta de que lord H.
mantuvo toda su concentración en su condesa.
Y debo señalar que la cantante habría hecho que Westcott salivara como un chucho hambriento.
Era una belleza. ¿Si yo cantase ópera, me vería tan bonita sobre un escenario?
—Tú no tienes el menor talento para la música y ya eres demasiado hermosa para tu propio bien.
—Aurelia intercambió una mirada con Damian y él comprendió a lo que se refería.
En opinión del conde, era una suerte que la hermana más joven siguiese soltera, dadas las deudas que había adquirido su padre, esas que él ya se había ocupado de pagar.
El Conde Oscuro se sirvió un poco de café sin apartar los ojos de su esposa.
—La soprano desafinó dos veces durante el segundo acto.
—Eso no responde a mi pregunta sobre si te has enamorado de Aurelia —apuntó la hermana menor.
—Responderé a la cuestión si a mi condesa le interesa conocer mi respuesta —sugirió él con toda la naturalidad del mundo, mientras centraba absolutamente toda su atención en su esposa.
Aurelia se irguió.
—Creo que deberías saber que ayer por la tarde estuve hablando con la señora Vale, Damian.
—Sé que hablaste con ella ayer por la tarde. ¿No sientes curiosidad por saber el modo en el que respondo a la pregunta que tan directamente me ha hecho tu hermana, Aurelia?
—No. Ya suponía que te habrían avisado de que me entrevisté con ella.
Hemos limado asperezas, por así decirlo.
Ella se ha disculpado, yo me he disculpado también por haber sido tan poco educada cuando la volví a ver…
En fin, todo está bien entre nosotras. Me ha dicho que ha aceptado la petición del señor Finch para casarse con él y que los dos se trasladarán a una pequeña casa que hay al otro lado del jardín.
Le he recomendado que busque a otra ama de llaves, dado que con sus nuevas obligaciones no podrá ocuparse de la casa.
—¿Alguien me explica por qué mi hermana tendría que limar asperezas con la señora Vale?
—preguntó Cecily, quien se dio cuenta de la respuesta antes de que nadie más hablase—.
¡Es cierto! Mi hermana se puso terriblemente celosa cuando vio que su recién estrenado esposo cargaba a su preciosa ama de llaves en sus poderosos y fuertes brazos.
—Ah, ¿así que mis brazos son poderosos y fuertes? —Él se dio cuenta de que las hermanas habían estado hablando sobre sus brazos, dado que Aurelia ya había mencionado esa misma frase no hacía mucho.
—¿No te ha parecido más interesante mencionar que mi hermana estaba celosa por tu comportamiento, Damian?
—Yo ya sabía que tu hermana, además de estar enfadada por haberla dejado sola durante la fiesta de la boda, se había puesto celosa.
—¿Otra vez con eso? —se quejó Aurelia.
—Si quieres, lady Harrowmere, puedo llevarte en volandas en mis capaces y fuertes brazos, pero los dos sabemos dónde acabaríamos.
—¡Por amor de Dios, Damian! —saltó acalorada Aurelia—. Mi hermana está a mi lado y es completamente inocente.
—No seas tan remilgada, Aurelia —habló la aludida—.
Tú eres tan inocente como yo, y sobra decir que ayer mismo en la ópera, todo el mundo que tuviese un par de ojos en el rostro se dio cuenta de que tu esposo habría preferido estar en la cama en vez de profesar su admiración delante de tanto público.
—¡Cecily! —exclamó con las mejillas completamente sonrosadas.
Damian no pudo contenerse más y soltó una larga carcajada.
Cecily dejó la servilleta sobre la mesa.
—Creo que iré a visitar a la señora Vale.
Una mujer que ha logrado que mi hermana se ponga celosa…
debo conocerla mejor. —Vio que la condesa iba a abrir la boca para oponerse a su observación y Cecily alzó una mano para acallarla—.
No te enfades, Aurelia. Disfruta de la atención que te prodiga tu esposo, quien no ha parado de coquetear contigo desde que ha entrado por la puerta.
No seas mala y dale un poco de esperanza.
¿Ves, hermana? No soy tan inocente como te crees porque, aunque no quiero tener nada que ver con los caballeros…
al menos de momento, sé identificar cuándo uno desea estar a solas con su esposa.
Os dejaré para que podáis hablar con más tranquilidad.
—Cecily se levantó y los miró a los dos con severidad—.
Por cierto, la próxima vez que decidáis ir a un lugar oscuro que invite a la intimidad, dejadme en casa.
Aurelia estaba parpadeando sin dar crédito a toda la retahíla que había soltado su hermana menor. Damian no había podido parar de reírse. ¿Quién le hubiese dicho que esa muchacha de aspecto angelical tenía una lengua tan afilada?
Cecily besó a Aurelia en la mejilla, le dedicó una mirada tan inocente que resultó insolente y luego se marchó. Aurelia le hubiese retorcido el pescuezo con mucho gusto.
El silencio se instaló entre ellos.
Damian tomó un sorbo de café.
—Tu hermana tiene un talento extraordinario para desaparecer en el momento oportuno.
—Lo que tiene es una desvergüenza de la que no me había dado cuenta hasta el momento.
—¿Seguro que no ha aprendido de ti?
—¿Consideras que soy una desvergonzada?
—No, pero me gustaría muchísimo que lo fueses en la intimidad.
—¿De verdad estás coqueteando conmigo con tanto descaro?
—¿Por qué no? Tu hermana me ha invitado a hacerlo. ¿Invitado? No. Yo creo que me ha ordenado hacerlo.
Aurelia abrió y cerró el periódico para luego volver a dejarlo sobre la mesa.
—¿Te preocupa la nota?
—Me preocupa que alguien conozca detalles de nosotros que no debería conocer.
—Sin embargo, no pareces disgustado por lo que insinúa —lo tanteó. ¡Cecily y sus locuras de nuevo!
Damian levantó la vista.
—¿Debería estarlo?
—Te retrata como a un hombre perdidamente enamorado de su esposa.
—La prensa ha dicho cosas peores de mí. Es agradable que los rumores hayan cambiado al fin.
—No me has respondido.
Él dejó la taza en el platillo.
—No me molesta que piensen que deseo a mi esposa. Te lo dije de un modo muy claro, Aurelia.
El calor volvió a subirle al rostro con una rapidez que la irritó. Miró hacia el ventanal, donde la luz de la mañana empezaba a extenderse sobre el jardín.
—La nota dice que no pudiste concentrarte en la función.
—Y no pude. El espectáculo que tenía a mi lado era bastante más apasionante.
Eso me recuerda que debería agradecerle a tu hermana que se sentase bastante más apartada de nosotros y no volviese el rostro ni una sola vez en nuestra dirección.
—Él se encogió de hombros—. Pensé que la función la tenía completamente absorta, pero acabo de comprender que no fue así.
¿Hay algo más que desees saber, condesa?
—No.
—Yo sí tengo algo que decirte a ti. Te sigo deseando de un modo que me hace arder, Aurelia.
—¿Ahora es cuando me ofreces algo que crees que no podré rechazar si accedo a lo que deseas?
—He cambiado de idea sobre los sobornos.
En vez de tentarte con cosas que sé que no te interesan lo más mínimo, he pensado que tal vez debería comentarte que cuando estés en la cama conmigo, te haré temblar de placer, te llevaré al cielo y te dejaré tan satisfecha que todas las noches me exigirás que te haga el amor.
Y eso, esposa mía, no es presumir: es un juramento.
Aurelia volvió la cabeza para ver si en verdad había escuchado cada palabra o se las había imaginado. Aunque, en honor a la verdad, su imaginación no solía ser tan indecorosa.
Damian no sonreía. La miraba con un deseo tan evidente que había empezado a resultarle demasiado peligroso. Estaba claro que él quería provocar cualquier reacción en ella. No le diría que se había estremecido de la cabeza a los pies y que había hecho un esfuerzo hercúleo para contenerlo.
—Disfruté de la actuación de la cantante, pero en realidad había esperado que fuese algo más… trascendental. No me emocioné tanto como pensé que haría.
—A mí me gustaría mucho que volviésemos a ir pronto.
—¿Te encanta la ópera, Damian?
—No especialmente. Me hiciste preguntas durante casi toda la representación —continuó él—.
Hablaste más conmigo en dos horas de lo que habías hablado en tres semanas.
Me explicaste qué pensabas de la soprano, de la escenografía y del caballero que se quedó dormido en el palco de enfrente.
Me preguntaste por mis primeros negocios y por qué aprendí a desconfiar de los aristócratas.
—Lo haces sonar como si te hubiese hecho un interrogatorio y no fue así.
—Por favor, no te prives de interrogarme cuanto lo desees.
—Me haces sentir incómoda, Damian.
—Solo estamos hablando.
—Es por el tono en el que me hablas y la forma en la que me miras.
—Soy un recién casado; me limito a que mi esposa sea consciente de lo fascinado que estoy con ella. Y según el periódico de esta mañana, todo Londres comparte mi opinión.
—Por amor de Dios… —bufó ella—. Lo de anoche no fue más que una salida estratégica para reparar nuestra reputación.
—¡Qué romántico, Aurelia!
Ella apartó el rostro para ocultar una sonrisa que se negó a ofrecerle.
—Tú no eres el único que puede ser práctico en nuestra relación.
Damian se inclinó un poco hacia delante.
—¿Lo pasaste bien?