Capítulo 11
¿Enamorados?
NOTICIAS DE SOCIEDAD
Parece que quienes se apresuraron a lamentar la suerte de la nueva condesa de H . deberán revisar sus conclusiones con cierta vergüenza.
La reciente indisposición del ama de llaves de lord H.
, que tantos comentarios desdichados provocó durante el almuerzo nupcial, ha resultado tener una explicación mucho menos novelesca de la que algunos espíritus maliciosos habrían deseado.
Según fuentes cercanas a la residencia de Mayfair, la empleada del conde llevaba semanas ocupándose de los preparativos destinados a recibir a la nueva condesa con la dignidad que merece su rango, y el esfuerzo terminó por pasarle factura.
La conducta de lady H. ante el incidente merece, por cierto, más reconocimiento del que ha recibido.
Lejos de aprovechar el error de una empleada que, según parece, se excedió en su celo por organizar una boda impecable, la condesa mostró una generosidad que confirma lo que algunos ya empezaban a sospechar: el célebre Conde Oscuro ha encontrado una esposa cuya compasión no está reñida con la firmeza.
Es posible que tal cualidad explique el creciente apego de lady H.
hacia su formidable marido. Quienes han tenido ocasión de observarlos en privado aseguran que la nueva condesa ha descubierto en lord H.
una faceta que Londres rara vez concede a los hombres de reputación temible: la lealtad feroz con la que protege a quienes considera bajo su amparo, ya sean sirvientes, hombres de confianza o, según se rumorea, una joven hermana adquirida por matrimonio.
Sobre este último asunto de la lealtad, ha llegado a oídos de esta columna que lord H.
habría dispuesto una discreta protección para lady H.
durante sus salidas fuera del hogar. Algún lector podría interpretar tal detalle como falta de confianza, pero quienes conocen al conde sostienen una versión mucho más halagadora: ningún caballero con aspiraciones dudosas debería olvidar que la condesa de H.
recibe las atenciones de su esposo, y que lord H.
tiene muy poca paciencia con quienes confunden a una dama casada con una oportunidad disponible.
La pareja ofreció anoche una prueba aún más concluyente de su entendimiento al acudir a la ópera de Covent Garden.
El palco de los condes fue, según diversos espectadores, escenario de una conversación tan íntima y sostenida que ambos parecieron olvidar la presencia de la soprano que actualmente tiene a media ciudad disputándose el derecho de admirarla.
Mientras otros caballeros dirigían sus anteojos hacia el escenario, lord H.
mantuvo los ojos sobre su esposa con una concentración que habría debido distraer incluso a la más prodigiosa de las artistas.
Algunos asistentes, siempre dispuestos a ofenderse por una felicidad que no les pertenece, se atrevieron a censurar la conducta del conde durante los pasajes de menor luz.
Esta columna no se pronunciará sobre lo que una mano masculina pueda o no hacer bajo la protección de un palco privado, pero sí señalará que lady H.
abandonó el teatro con el rostro más animado que cuando llegó y que lord H.
no parecía en absoluto arrepentido de haber ignorado a la celebrada soprano.
¿Matrimonio de conveniencia? Londres puede continuar divirtiéndose con esa teoría. Sin embargo, cada nueva aparición de los condes podría hacerla más difícil de sostener.
La Pluma Indiscreta.
Aurelia leyó la última línea dos veces y seguía sin dar crédito a lo que tenía ante sus ojos.
Finalmente dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa.
Frente a ella, Cecily sorbió el té con una serenidad tan estudiada que habría resultado sospechosa incluso para alguien que no hubiese compartido con ella toda una vida de travesuras y secretos.
Su hermana llevaba un vestido de mañana color crema, sencillo y favorecedor.
Se había recogido el cabello en una trenza que le daba un aire tan angelical que Aurelia habría querido sacudirla por los hombros porque era una diablesa.
—¿Un matrimonio hecho por amor? —inquirió en voz baja.
Cecily bajó la taza con lentitud.
—¿Por qué no? Londres necesita creer en algo. Y como somos hermanas y puesto que yo estuve tan incómoda durante toda la noche debido a vuestros coqueteos, me ha parecido oportuno que tú lo estuvieses hoy para que no te pusieses celosa de lo que sentí ayer.
—Eres más peligrosa de lo que creí, Cecily. ¿Cómo has podido escribir esto sin mi autorización?
—En esta casa, a diferencia de la nuestra, es fácil encontrar papel y tinta. Y nuestro contacto del periódico siempre está dispuesto a recibir noticias con una sonrisa en el rostro.
—Dime que no saliste anoche tú sola de casa.
—Por supuesto que no. Deberías concederme un poco más de crédito. Soy tu hermana pequeña, Aurelia, pero tengo muchos recursos; no estoy tan desamparada como tú te crees.
La condesa volvió a mirar el periódico. Aquella nota que su hermana había elaborado por su cuenta no se limitaba a desmentir el rumor sobre la señora Vale.
Convertía a Damian en un esposo enamorado, a ella en una mujer rendida ante la protección de su marido y había retratado su salida a Covent Garden como una velada tan ardiente que media aristocracia debía de estar desayunando con los ojos desorbitados.
—Has exagerado muchísimo lo que sucedió entre mi esposo y yo, Cecily.
—No lo creo. Me sentí muy avergonzada. ¿Cómo puede un hombre ser tan evidente? Por amor de Dios, Aurelia, pensé que te haría el amor en el palco.
—¡Cecily!
—¿Qué? Si yo no hubiese estado presente, solo Dios sabría lo que habría terminado ocurriendo. Y no trates de despistarme; te veías muy complacida por tenerlo comiendo de tu mano.
—Damian va a enfadarse muchísimo cuando lea la nota.
—¿Y qué? No sabe de dónde puede haber salido todo eso.
Aurelia alzó la mirada hacia Cecily.
—¿Era necesario insinuar que me había puesto bajo vigilancia porque no desea que nadie se acerque a mí?
—Acercarse a ti con motivos indecentes. Está bien que proteja a su condesa y a Londres le gustará conocer ese detalle. Les dará a las damas casadas esperanzas de que sus maridos comiencen a comportarse como tontos enamorados.
Aurelia suspiró. Su hermana era imposible.
—Pero sabes tan bien como yo que ayer mismo me prometió que el señor Finch ya no nos seguirá nunca más.
—Pero hasta entonces lo había hecho, y sospecho que Finch lo estuvo haciendo desde que os prometisteis; no he mentido… del todo.
Aurelia dejó escapar un suspiro lento. Aún no había decidido si sentía ganas de reír, de esconderse bajo la mesa o de mandar a buscar a Lavinia y Beatrice para exigirles una explicación, dado que sabía que ellas habrían conocido la intención de su hermana y no la habían detenido.
Debía reconocer que la nota había tenido una eficacia brillante.
Había cambiado por completo la historia que Londres quería contar sobre su boda.
Ya no era la esposa abandonada durante el almuerzo nupcial.
Era una joven condesa tan fascinada por el hombre con el que se había casado que los espectadores de la ópera habían terminado preguntándose qué clase de actividades desarrollaban ambos en la oscuridad de un palco.
—¿Me oyes, Aurelia?
—¿Qué?
—¿No vas a darme las gracias por haberme puesto en un lugar lejos de vosotros en el palco?
—Te daré las gracias por no haber mencionado precisamente eso en tu nota social. E insisto en que no fue nada tan descarado como lo pintas. Solo hubo un poco de coqueteo inofensivo.
—¿Inofensivo? Yo diría que te hizo suspirar un par de veces. ¿Dónde te estaba acariciando, Aurelia?
—¡Oh, Cecily! Haces que suene obsceno y te aseguro que yo no tendría el mal gusto de hacer nada indebido contigo cerca, pues, sin haberlo hecho siquiera, estoy sufriendo las consecuencias.
Damian se limitó a cogerme de la mano y acariciarme de vez en cuando el brazo.
Nada escandaloso, te lo juro. —No le diría que, como nunca había sentido un contacto tan íntimo, ella estuvo fuera de sí durante toda la ópera.
Su esposo podía ser muy malvado mientras parecía un ángel de la bondad.
La puerta del comedor se abrió y ellas se callaron de inmediato.
Damian entró como si fuese un vendaval. Lo primero que hizo fue mirar el periódico que Aurelia tenía colocado sobre la mesa.
Llevaba un frac de mañana color carbón y una corbata blanca impecable, sujeta con el alfiler de esmeraldas.
Un mechón de su cabello oscuro se le había escapado ligeramente sobre la frente, señal inequívoca de que ya había tenido una mañana difícil.
Sus ojos recorrieron primero la mesa, después miró a Cecily y, por último, a Aurelia.
Su mirada volvió a enfocarse en el periódico y una expresión difícil de interpretar se instaló en su rostro.
—Veo que ya habrás leído la noticia.
Aurelia levantó el ejemplar.
—Esto ha entrado en todas las casas de Londres, estoy segura.
—Lo sé. Lamento que antes del mediodía haya damas discutiendo qué parte de tu cuerpo toqué durante la representación.
No habría querido ponerte en una situación tan bochornosa, Aurelia.
Lo siento; no recordaba haber cometido ningún acto especialmente escandaloso —dijo al tiempo que se sentaba frente a ella.
Los ojos de la condesa buscaron los de su hermana, pero Cecily no se veía arrepentida en absoluto.
—La Pluma Indiscreta ha sido del todo desconsiderada.
No tienes de qué preocuparte, estoy segura de que sea quien sea la persona que haya escrito esa columna, tendrá un día duro, como si alguien le hubiese puesto un purgante en su té.
Además, nuestra actitud no fue nada escandalosa; solo son las impresiones de alguien con muchos celos.
La hermana de lady Harrowmere contuvo una tos que sonó sospechosamente parecida a una risa.
Damian la miró con atención.
—¿Algo que quieras compartir, Cecily?
—Oh, ¿estamos en ese punto en que ya utilizamos nuestros nombres de pila, Damian? —saltó la aludida.