Capítulo 10 #5
—De las dos formas. —No sabía a lo que él se estaba refiriendo, así que optó por ser atrevida.
—¿Y sabes lo que es un beso ártico?
—Por supuesto que sí.
—Perfecto, porque una vez escuché decir eso a una dama y no me atreví a preguntarle de qué se trataba. ¿Me lo explicarías, Aurelia?
—No voy a explicarte nada.
—Ya. Eso es porque eres tan inexperta mintiendo como dando o recibiendo besos. No durarías ni dos minutos en una partida de cartas. Te desplumarían de inmediato.
—Lo dudo mucho, porque el día que yo haga algo semejante, me moriré.
—No te gusta que apueste. Ahora que me he casado, no pensaba celebrar ninguna partida en casa.
—Oh, ya, por si uno de esos truhanes con los que te relacionas me sedujese.
—No, porque sé que no te gusta que lo haga.
—A mí no me tiene ni que gustar ni que disgustar.
—Lo dejaré por ti. Me alejaré de las cartas. En realidad, ya me había cansado de ganar dinero tan fácilmente.
—No hace falta que…
—Insisto. Tómalo como una muestra de buena voluntad. —La vio abrir la boca y se apresuró a hablar—: No es ningún soborno para que te metas en la cama conmigo. Quiero que me respetes y sé que no lo harás si crees que me parezco en algo a tu padre.
—No sé qué decir a eso.
Damian se acercó a ella. Aurelia no retrocedió y él bajó la vista para centrarse en sus labios.
—Dame un beso, Aurelia.
Lady Harrowmere lo miró con incredulidad.
—¿Disculpa?
—Un beso. Solo eso.
—¿Acabas de ofrecerme cualquier cosa a cambio de una noche en tu cama y ahora pretendes hacer lo mismo con un beso?
—No estoy negociando.
—Ah, ¿no?
—Estoy rogándote que me des un beso.
—No me ha parecido un ruego.
—¿Me quieres de rodillas e implorando?
—No creo que te pongas en esa posición por nadie ni nada, mucho menos por un beso mío.
—¿Quieres apostar, Aurelia?
—No, porque sé que el precio subiría de un beso a algo más íntimo como hacer el amor si te retase.
El reconocimiento brilló en su mirada.
—Te ruego que me des un beso —repitió—. Uno. Necesito que entiendas que no estoy mintiendo cuando te digo que te deseo.
—¿Comprendes tú que me estás dando munición contra ti? Me aseguraste que acabaría rogando por tu toque, y eres tú quien lo está haciendo.
—Si consigo lo que pretendo, no me importará.
Aurelia no pudo evitar que una sonrisa apareciese en su rostro.
La expresión de él cambió de inmediato. La deseaba con una intensidad que estaba ahí, visible en el modo en que su mirada descendía a cada instante hacia su boca y luego se obligaba a regresar a sus ojos.
Aurelia decidió aprovecharse de ese conocimiento antes de perder el valor.
—Quiero ir a la ópera. Nunca he estado en Covent Garden.
Damian parpadeó.
—¿A la ópera?
—Sí.
—¿Eso es lo que quieres?
—De momento.
Él dio un paso hacia ella.
—Iremos esta noche mismo.
Aurelia lo observó, sorprendida por la rapidez de la respuesta. Entonces el conde se acercó un poco más y a continuación extendió los brazos con la intención de abrazarla. La dama se movió antes de que pudiera tocarla. Al escapar del contacto, rozó la dureza de su virilidad y él siseó.
—Mujer… ¿a qué estás jugando?
—A nada. Tengo que comenzar a prepararme. Esta noche iremos a la ópera. Hay mucho que hacer y tú tendrás deberes que atender. Ya te he entretenido demasiado.
—Ni siquiera te he tocado y ¿ya te marchas?
—Sí. Ya te lo he dicho. Tengo cosas que hacer, al igual que tú.
—Pero no me has dado un beso.
—Lo sé.
—¿Incumples nuestro trato?
—No. Yo quería ir a la ópera y tú has accedido. ¿Qué trato puedo haber roto?
—Un beso a cambio de ir a la ópera, Aurelia —la corrigió.
—Oh. Ya comprendo tu equivocación. Te lo explicaré: no me tocarás ni tendrás nada de mí hasta que considere que te lo mereces. Eres un hombre de negocios… Bien, ahí tienes el único trato que aceptará tu esposa.
Lo dejó con la boca abierta y ella le sonrió para luego comenzar a dirigirse hacia la puerta de nuevo.
A cada paso que daba sentía la mirada de Damian sobre ella.
Y sospechaba que no sería una mirada limpia.
Él le había dejado ver que estaba lleno de necesidad, mucha frustración y un gran interés.
Aurelia no tenía experiencia suficiente para saber qué hacer con esa clase de atención.
Solo sabía que la hacía sentirse más consciente de su cuerpo, de la curva de sus caderas bajo el vestido, de la forma en que él le había rogado un beso…
Llegó hasta la puerta y la abrió. Luego se volvió hacia él.
Damian seguía junto al escritorio.
La rigidez de su postura había desaparecido. Tenía una mano apoyada sobre la madera, la otra cerrada a un lado del cuerpo y los ojos fijos en ella con una intensidad feroz. Era un lobo al que le habían propuesto zamparse una oveja si se portaba bien.
Aurelia le sostuvo la mirada sin vacilar.
—¿Los planes para ir a la ópera siguen en pie? —lo tanteó.
—Sí —respondió con vehemencia.
—Muy bien —dijo con sencillez.
Cuando ella abandonó el despacho y, contra todo pronóstico, el Conde Oscuro se echó a reír.
Jugar al gato y al ratón con su esposa iba a ser más emocionante que cualquier partida de naipes.