Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Él avanzó un paso, pero se detuvo antes de invadir su espacio de nuevo. No debía besarla. Pasase lo que aconteciese, no debía besarla en ningún momento a pesar de que sus labios lo estuviesen volviendo tan loco como sus propias conclusiones.

—Dije que no te tocaría hasta que me lo pidieras.

—Rogara. Dijiste que no me tocarías hasta que yo te lo rogase. Cosa que no estoy haciendo ni tengo intención de hacer —le recordó.

—Lo sé muy bien, Aurelia. Te di mi palabra y la mantendré.

Pero algo ha cambiado, no sé el qué. Soy sincero, llevo desde mi frustrante noche de bodas intentando pensar en una manera de decirte que te deseo sin que te ofendas y he sido un necio porque estaba tan claro como el agua, ahora lo veo, que daba igual cómo hubiese expuesto la cuestión.

Te habrías ofendido dijese lo que dijese, porque me desprecias y te repugno.

Admite la verdad: no soportas estar casada conmigo porque no me consideras tu igual.

—¡No soporto estar casada contigo porque me lo impusiste! —le gritó.

—¡Te salvé de un destino peor! —Alzó él también la voz—. ¿No puedes mostrar un poco de gratitud?

—¿La mostrarías tú si yo te hubiese puesto una soga al cuello mientras te decía que eso era lo mejor para ti, Damian? No te pareces a mi padre porque no le debes nada a nadie. Eso no significa que no hayas encontrado otra manera de herirme.

La expresión del conde sí se tornó del todo oscura.

—Quise salvarte de un destino que habría sido más cruel sin mí. En algún momento lo comprenderás. Prefiero que me odies por obligarte a casarte conmigo a que me recuerdes como el hombre al que podías haber elegido para no acabar en el infierno.

—¿Y tú no estás convirtiendo mi vida en un infierno?

—Por supuesto que no. Solo me he limitado a hacerte partícipe de lo que siento, aunque admito haber sido torpe al planteártelo del modo en el que lo he hecho.

—¡Me dejaste sola delante de medio Londres mientras salías corriendo con una mujer preciosa entre tus fuertes y poderosos brazos!

El silencio se instauró de repente entre ambos.

Aurelia no apartó la mirada, aunque maldijo a su hermana por meterle tonterías en la cabeza.

Por primera vez desde que empezó aquella conversación, estaba mirándolo directamente a los ojos.

Sí, cierto que ya lo había enfrentado con la mirada, pero en esa ocasión ella no le estaba escondiendo nada.

Veía su rabia, su humillación, su orgullo herido, su valentía…

Damian podría leerla perfectamente y Aurelia lo sabía.

—Has dicho que eso no tenía la menor importancia —le recordó con suavidad su marido.

—Mentí. ¿De acuerdo? Me humillaste el día de mi boda.

No quería casarme contigo, pero ¿era necesario que actuases de ese modo, Damian?

Me has convertido en una burla. Más de lo que ha hecho mi padre durante toda su vida.

Salí con Cecily esta mañana para ver el alcance del daño.

Es horrible. Me observaban en Hyde Park como si ya supieran qué clase de esposa iba a ser.

Una mujer a la que su marido deja en su propia fiesta para atender a su amante.

Una condesa lo bastante tonta para aceptar un título a cambio de una vida de humillaciones.

Damian dejó de respirar durante un segundo.

Después su mirada cambió. Hubo sorpresa, una sacudida de comprensión y una satisfacción peligrosa que intentó ocultar.

—Estás celosa —murmuró, incrédulo.

Aurelia se quedó inmóvil.

—¿De todo lo que te he dicho eso es lo que sacas en claro, Damian? —El calor le había subido al rostro con una rapidez traicionera—. Eres ridículo.

—Estás celosa de Elspeth Vale.

—Estoy indignada.

—Sí, eso también me lo imaginaba, pero sé que estás celosa. No debiste haber mencionado mis fuertes y poderosos brazos. No había entendido esa alusión cuando la hiciste, pero ahora lo veo todo con una claridad brutal. No te soy tan indiferente como pretendes hacerme creer.

—Por descontado que no lo eres.

—¿Admites que sientes celos de otra mujer? —preguntó lleno de esperanza.

—Te estoy diciendo que te odio; no estoy celosa.

Damian inclinó un poco la cabeza. Su mirada se detuvo en las mejillas de su esposa.

Ella estaba completamente sonrojada y no podía controlar esa reacción.

Cuando la mirada de Damian volvió a sus ojos, ya no le quedaba duda alguna.

Él había acertado en su suposición. Más allá de lo herida que estaba por haberla dejado sola durante la fiesta, a ella le había disgustado que él transportase en sus fuertes y poderosos brazos a otra mujer.

—Aurelia, yo no…

—No me mires así —lo cortó.

—¿Así cómo?

—Como si acabaras de descubrir algo que te hace tremendamente feliz.

La boca de Damian le mostró una sonrisa ladeada.

—Lo siento, es demasiado tarde para eso.

Ella soltó un sonido de indignación y dio un paso hacia la puerta.

—Eres insoportable.

—Sí, eso no es nada nuevo; lo que resulta increíble es que tú estás celosa.

Aurelia se giró.

—Ni se te ocurra repetirlo.

Él debió de advertir que había estirado demasiado la cuerda, porque dejó escapar un suspiro y la satisfacción se apagó de su rostro.

—No volveré a mencionarlo. Quédate. Todavía no hemos terminado de hablar.

—No quiero estar ni un solo minuto más en tu presencia.

—Elspeth Vale no es mi amante —le confesó.

Aurelia no respondió, aunque su mano se detuvo sobre el pomo de la puerta y no la abrió.

—¿Y por qué habría de importarme que lo fuese o no? Solo te digo que no consentiré la indiscreción.

—Déjalo ya, Aurelia. Los dos sabemos que te molestaría que fuese tan libertino como tu padre, aunque pudiese esconder mis indiscreciones mejor que él.

Presta atención a lo importante: Elspeth es la mujer de Finch y si me volqué en mis atenciones hacia ella, fue solo porque cuando él la vio desmayarse, pensé que le daría un ataque de apoplejía.

¿No viste cómo salió corriendo antes incluso de que yo demandase la presencia de un médico?

Ella volvió la cabeza despacio hacia él y no se marchó como pensaba hacer. Regresó y se puso delante de su esposo. Damian seguía de pie también.

—¿La mujer de Finch?

—Está embarazada de su hijo. Él va a casarse con ella.

La sorpresa debilitó algo de la tensión en sus hombros.

—¿Finch y la señora Vale?

Aurelia pensó en el ama de llaves, en su desmayo, en el terror que le había cruzado el rostro al reconocerla...

La mujer no se desvaneció porque Damian fuera su amante.

Se desvaneció porque creyó haber condenado su futuro, quizá el de Finch y el hijo que llevaba dentro, al ofender a la nueva condesa.

La culpa la invadió.

—Lo sé. Un poco increíble. Ella es viuda y le saca algunos años, pero la insistencia de él ha dado sus frutos.

No regresé a tu lado porque Finch es importante para mí, al igual que la señora Vale.

Me aseguré de que él no iba a desmoronarse debido a la preocupación y de que ella no tenía nada grave.

Yo no sabía que estaba embarazada hasta anoche, cuando él me lo confesó.

Y debes saber que está terriblemente apenada por no haberte tomado en serio cuando viniste a buscarme.

Además, no me di cuenta de lo que parecería ante los ojos de los invitados.

Es algo que debes saber de mí. No termino de encajar en sociedad porque siempre estoy dispuesto a mandarlo todo al cuerno cuando mi deber tiene que prevalecer frente a los convencionalismos.

No fue una afrenta contra ti, y como luego no pediste ninguna explicación por mi comportamiento, pensé que me aborrecías tanto que te había dado igual mi falta.

Ahora comprendo que te disgusté hasta lo indecible y lo lamento.

No quiero que estés celosa, Aurelia. No te he mentido. Te deseo solo a ti.

—¿Hasta cuándo será eso? ¿Hasta que otra mujer más bonita despierte tu interés?

—¿Me estás exigiendo fidelidad?

—¿Exigiendo algo que sé que no serás capaz de ofrecer?

—¿Por qué no? Me considero un hombre muy leal a quienes están bajo mi protección. Tú eres mi esposa. —Frunció el ceño—. No creerías que te permitiría tener aventuras discretas, ¿verdad? Porque puede que este no sea un matrimonio convencional, pero no consentiré que seas de otro —la avisó.

—Desprecio todo lo que tiene que ver con mi padre, en especial sus vicios.

Tanto el de apostar como el de coleccionar amantes.

¿Consideras que yo podría traicionar mis votos después de haber vivido con un hombre así?

No me gusta la idea de ser tu mujer, pero no debes preocuparte de que te traicione.

No podría hacerlo, aunque tú lo hicieses, pues eso significaría que no soy mejor que el hombre que me engendró.

—Y yo te creo. Le diré a Finch que no hace falta que te siga. Agradecerá el descanso para ocuparse de Elspeth mientras se recupera del susto de verte.

—¿Le ordenaste seguirme? —Lo del susto no era tan importante.

—Por supuesto que sí. Si yo te deseo, no es descabellado que otros lo hagan, y te aseguro que las mujeres casadas son las que prefieren los truhanes.

—Yo creía que él solo estaba para vigilar a mi hermana. ¿Tenías miedo de que me sedujesen el día después de haberme casado contigo? —No daba crédito a lo que escuchaba.

Los ojos de él se oscurecieron.

—He descubierto que soy un hombre posesivo. No lo sabía, pero también es cierto que no había estado casado antes y menos con una mujer que creía que me detestaba, pero que solo estaba celosa. Dime una cosa, Aurelia, ¿te han besado alguna vez? —preguntó Damian.

Ella endureció el gesto.

—Eso no es de tu incumbencia.

—Lo es porque soy tu marido.

—No. Ser mi marido no te da derecho a tratar de conocer todos mis secretos.

—Creo que no te han besado nunca. ¿No sientes curiosidad por saber lo que es?

—Me han besado muchas veces —mintió para parecer mundana.

—¿Usando la lengua o sin ella?