Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Damian se dio cuenta de que ella no se había alterado.

Supuso —y apostaría su fortuna a que no estaría desencaminado— que lord Westcott había utilizado aquel gesto innumerables veces.

Una palmada sobre una mesa. El ruido de una copa estrellándose contra una pared.

El bastón golpeando el suelo. Pequeñas demostraciones de autoridad que buscaban recordarle a su obstinada hija mayor quién tenía el poder.

Así que seguramente Aurelia había dejado de reaccionar hacía años para mostrar indiferencia.

Damian tomó una larga bocanada de aire.

—Perdóname.

Ella lo miró con cautela.

—¿Por qué?

—Por haber perdido los nervios con tanta facilidad. No debí haber golpeado el escritorio.

—No me has asustado.

—De todos modos, debí contenerme y te pido que me excuses por mi comportamiento.

La respuesta no había sido la que esperaba. No había justificación en su voz, solo una admisión breve y sincera.

Aurelia no supo cómo tomarse tal reconocimiento. Decidió ir a lo importante.

—Estabas hablando de cooperación —le recordó ella—.

No tienes que preocuparte. Hablaré con mi amiga Georgiana cuando regrese de su viaje.

Haré cuanto esté en mi mano para que consigas la reunión que buscas con el duque de Ravensholt.

Tendrás acceso a los círculos que necesitas.

No me negaré a acompañarte a las cenas, a las recepciones o a cualquier otra tortura social que tu ambición requiera.

Damian la contempló sin moverse.

—Eso no es en lo que estaba pensando cuando hablé de que nuestra relación funcionase.

—¿No?

—No.

Aurelia esperó.

Él no habló enseguida. Se recostó en la silla, y ella tuvo la sensación de que él estaba eligiendo las palabras que pensaba decirle.

Cuando alzó la mirada, Damian tenía la mandíbula muy tensa.

—Quiero proponerte un nuevo trato.

Aurelia apoyó la espalda en la butaca.

—¿Un trato?

—Sí.

—Eso implica que deseas algo nuevo. ¿No te basta con el matrimonio, mi sangre, mis conexiones y la obligación de sonreír junto a ti en cada salón de Londres a partir de ahora?

—Lo cierto es que no —le habló con sinceridad.

—Entonces me temo que no sé qué más podría interesarte de mí.

Damian bajó la mirada unos segundos. Después volvió a levantarla.

—Soy un hombre de negocios. He aprendido que todo tiene un precio.

Aurelia sintió que el malestar se instalaba de nuevo en su estómago.

—Esa teoría tuya ya ha causado suficientes estragos, en especial en mí.

—Lo sé.

—Y pese a ello, no pareces estar dispuesto a admitir que no vas por buen camino manteniendo ese pensamiento.

—Es cierto, aunque debo admitir que me ha llevado a entender que hay cosas que no deberían tratarse como un negocio. —Ella esperó, algo confundida, a que él siguiese hablando. Tras una larga pausa él volvió a tomar la palabra para decir—: Aun así, no conozco otra forma de pedirte lo que quiero.

Aurelia se movió hacia adelante con lentitud.

Sentía curiosidad. ¿Le pediría él una oportunidad para que su matrimonio se convirtiese en algo real?

¿Podrían probar para ver si lograban elevar su acuerdo a algo más normal, como una relación cordial donde entre ellos no todo fuese un recordatorio continuo de lo mal que habían empezado?

—¿Y qué quieres?

Damian la miraba con fijación.

—Una noche contigo… en la cama.

El mundo no se detuvo. No hubo tormentas, ni gritos, ni una fractura visible en alguna parte de su alma. Solo una sensación helada que comenzó en el pecho de Aurelia y se extendió por el resto de su cuerpo.

—¿Puedes repetir lo que acabas de decir?

—Te daré todo lo que quieras a cambio de que me permitas acostarme contigo una sola noche. —Damian no estaba seguro de que le bastase una sola noche, pero si le hubiese propuesto algo más permanente tal vez ella se hubiese negado sin valorar la conveniencia de su ofrecimiento.

Lady Harrowmere tardó un instante en comprender que él hablaba en serio. Aurelia se puso en pie. La furia la embargaba con una claridad tan perfecta que la agradeció. Estar furiosa era más productivo que sentir dolor. Se colocó a su derecha y lo miró desde la altura.

—Levántate.

Damian no se movió de su trono.

—Aurelia…

—¡Levántate! —le ordenó.

Él la observaba, desconcertado, aunque obedeció. Se levantó de su asiento con la cautela de un hombre que intuía que había cometido un error y todavía no sabía la magnitud del desastre.

Entonces la dama alzó la mano.

La bofetada no llegó a producirse.

Damian la interceptó con rapidez, cerrando los dedos fuertemente alrededor de su muñeca antes de que pudiera alcanzarlo.

El gesto fue instintivo. En cuanto comprendió lo que acababa de ocurrir, la soltó.

Aurelia no retrocedió ni un paso. Estaba muy cerca de su rostro.

Él bajó la mirada hacia sus labios y ella tuvo ganas de volver a tratar de abofetearlo, pero como sabía que no lograría cumplir su objetivo, desistió y dio un pequeño paso atrás.

—No volverás a convertirme en una mujer a la que puedas comprar con regalos, dinero o falsas promesas —dijo, con la voz tan baja que resultó más peligrosa que un grito—.

No soy una de tus deudas. Tampoco una inversión.

No soy una prostituta a la que puedas tentar con sobornos porque deseas pasar una noche en su cama.

El rostro de Damian se volvió impenetrable.

—Sé bien que no eres nada de eso. Eres mi condesa, mi esposa.

—Has dicho que me ofrecerías cualquier cosa a cambio de acostarte conmigo.

—Porque te deseo.

—Eso no lo mejora. Yo creo que tenías muy claro en qué pretendías convertirme.

—Soy un hombre de negocios que solo entiende de acuerdos.

Es lo que he hecho toda mi vida. No pretendía ofenderte, solo me pareció que tal vez…

—Pensó en que Finch le había dado la idea y que de nada le había servido.

Suspiró y se mesó el pelo—. Te deseo con una fuerza que no había previsto.

Es la única verdad, Aurelia. Ayer te quise en mi cama y esta noche te volveré a querer, así que había pensado que tal vez pudiese tentarte a valorar la conveniencia de darme lo que preciso de ti de ese modo.

La respuesta fue tan cruda que la condesa lo miró con incredulidad.

Damian se pasó otra vez una mano por el cabello.

Había perdido por completo la compostura con la que había iniciado la conversación.

Parecía furioso consigo mismo, con ella, con el mundo que lo rodeaba.

Había algo desesperado en la tensión de su cuerpo, algo que Aurelia no esperaba haber visto en un hombre que siempre parecía tener una respuesta preparada.

—¿Y crees que al ofrecerme cualquier cosa para que te acepte en mi cama te lo hubiese permitido?

Ya te vendí mi dignidad una vez y no lo haré una segunda.

Que haya aceptado casarme contigo por necesidad no implica que mi cuerpo esté en venta.

Aunque, pensándolo mejor, haber hecho un trato contigo tan desafortunado para mí puede que te haya inducido a pensar que podrías hacer conmigo, por un precio, cualquier cosa que se te antojase.

Pues bien. Entre tú y Ashwick, te elegí a ti porque me pareciste la salida más lógica, dado que me convenciste con tu razonamiento.

Entre lo que me ofreces y la posibilidad de abrir las piernas para tu diversión hay un mundo de diferencia.

No tienes suficiente poder, dinero ni nada que se te ocurra darme para obrar semejante milagro.

—No quería avergonzarte —insistió—. Tampoco pretendía hacerte sentir pequeña o miserable. Dios sabe que ya hay demasiados hombres que han intentado eso contigo.

—Entonces no me sigas insultando. Y nunca olvides que tú mismo has sido uno de ellos.

—Esto no puede salir bien…

—En eso estamos de acuerdo.

—Está bien. Lo admito. Te negaste a bailar conmigo, yo sabía que me despreciabas y por eso quise forzarte a aceptarme en vez de a Ashwick. ¿Satisfecha?

—¿Satisfecha porque me comprases, Damian? Yo creo que no.

—Ya lo suponía. No desharé lo que está hecho. Nuestro matrimonio no está consumado, lo sé bien, pero no podrás huir de mí.

—¿Huir de ti? Ten cuidado, Damian, comienzas a hablar como un hombre enamorado —se burló ella.

—El amor y el deseo no tienen nada que ver.

—Lo sé. Por si lo has olvidado, ya te dije una vez que eso lo descubrí en mi propia casa.

—Muy bien. ¿Qué quieres que admita? ¿Que fui un imbécil y no se me ocurrió otro modo más rápido para que me aceptases porque necesito tus contactos y sabía que conmigo estarías mejor que con otro?

¿O que lo he sido ahora porque te he ofrecido cualquier cosa por pasar una sola noche contigo, con la mujer con la que estoy casado y a quien le acabo de confesar que la deseo, esa mujer que ha dejado claro cada vez que he intentado un acercamiento que le importo un rábano?

Me tienes aquí desnudando mi deseo y… ¿eso no va a contar para nada?

—Eres un hombre muy inteligente y me prometí que no te subestimaría. Estás usando esa estrategia porque consideras que es la que mejor te conviene para cumplir con tu propósito.

—Aurelia, esto no va de estrategias. Quiero hacerte el amor.

—¿Amor? Oh, Damian, definitivamente, deberías tener mucho cuidado o pronto en las columnas de chismes comenzarán a escribir que echaste a tu amante de tu casa porque te has dado cuenta de que estás locamente enamorado de tu esposa.

Me pregunto qué harías en tal caso. ¿Te esforzarías por demostrar que los rumores sobre el inmenso amor que despierto en ti son ciertos, o, por el contrario, te buscarías a otra mujer para que todo el mundo supiera que nadie puede gobernar al Conde Oscuro?

—Aurelia acababa de pensar qué tal vez algo así podría ser lo próximo que escribiese la Pluma Indiscreta.

Podría hacer de su matrimonio un auténtico espectáculo, más grande que el que su esposo había ofrecido el día anterior ante los invitados de su boda.

—Conde Oscuro… No me gusta que me llames así. Además, estás siendo ridícula.

—¿Tú crees?