Capítulo 10 #2
Pasó algo más de media hora hasta que él ingresó en lo que debía ser su templo sagrado.
No le sorprendió la tardanza. Damian podía estar atendiendo asuntos de negocios en otra parte, dando órdenes sobre la casa o quizá ocupándose de la señora Vale.
La última posibilidad hizo que la incomodidad regresara a su pecho con una fuerza que no deseaba reconocer.
No había razón para sentirse herida. La señora Vale había sufrido un desvanecimiento.
Cualquier hombre decente habría hecho lo que Damian hizo.
¡Harrowmere! Él era el Conde Oscuro, no Damian.
Aurelia no comprendía el motivo por el que esa mañana había comenzado a utilizar su nombre y pensar en él como Damian.
La cuestión era que ella ya no sabía si Damian Dargrove era un hombre decente. ¡Harrowmere! Aurelia no sabía si lord Harrowmere sería un hombre decente.
Cuando la puerta se abrió, él entró con rapidez, pero, nada más se percató de su presencia, se detuvo. Él estaba sorprendido.
Los ojos de Aurelia se posaron, por voluntad propia, en sus brazos. Sí que eran poderosos y fuertes. Se tragó un gemido. ¡Cecily y sus tonterías!
El conde cerró la puerta tras de sí y recuperó la compostura.
— Lady Harrowmere —la saludó con la debida formalidad. Si Aurelia hubiese podido leerle la mente, se habría dado cuenta de que Damian había querido escuchar cómo sonaba el título en sus labios y que por eso se había referido así a ella.
La condesa cerró el libro que sostenía entre las manos y lo depositó a un lado. Luego alzó el mentón.
—Lord Harrowmere.
Él la estudió unos segundos.
—Esperaba que esta mañana usted desayunase.
—He desayunado.
—No me refería a eso.
Aurelia entrelazó los dedos con fuerza.
—Entonces tendrá que explicarse mejor.
Damian avanzó hasta el escritorio, dejó unas cartas sobre la madera y se apoyó un momento en el borde. Se veía… ¿qué? ¿Aliviado? ¿Irritado? Ella todavía no sabía leerlo tan bien como a Westcott, pero claro, Aurelia había tenido toda la vida para interpretar los gestos de su padre.
—Espero que comparta las comidas conmigo. Desayuno, almuerzo y cena. Podemos organizarlo de forma razonable, teniendo en cuenta sus compromisos y los míos.
—Cecily estará a mi lado —se apresuró a decir.
Y se dio cuenta de que acababa de utilizar a su hermana como un escudo.
¡Qué absurdo! Aurelia no tenía miedo de quedarse a solas con él.
Notó que sus manos estaban temblando. Se apresuró a estirarlas y se dijo que eso era debido al frío de la estancia y no porque le tuviese miedo.
Sus ojos regresaron para enfocarse en sus brazos.
El contorno de la chaqueta oscura le marcaba los músculos.
Tenía la espalda ancha y se veía fuerte.
—No he dicho que no pudiera estarlo.
—Entonces me parece aceptable. —¿Qué más podría decir? Ella le debía un mínimo de obediencia y solo se rebelaría cuando sus peticiones no fuesen razonables.
—Hay otra cuestión.
—Empiezo a comprender que el matrimonio con usted, milord, consiste en una interminable colección de cuestiones.
La mirada de Damian se endureció un instante, aunque su voz permaneció tranquila.
—Cuando estemos solos, no quiero que me trates con tanta distancia. De hecho, me parece una tontería que nos hablemos con tanta ceremonia; a fin de cuentas, como marido y mujer, se nos debe permitir ser más prácticos. —Él había abandonado la formalidad.
—Ah. Es cierto, se me olvida que es usted un hombre muy práctico.
—Eres mi esposa, Aurelia. Así que me referiré a ti por tu nombre cuando me plazca y seré directo en mi trato hacia ti.
—¿Debo hacer lo mismo yo?
—Exactamente.
—Pues me place llamarlo «milord» o «lord Harrowmere».
Él rodeó el escritorio despacio y luego se sentó en lo que parecía ser su trono. Ella se contuvo de hacer una mueca. Sabía que se acercaba una amenaza o un despliegue de poder masculino.
—Eres una luchadora. Lo he sabido desde la primera vez que hablé contigo, pero no tienes motivos para luchar contra mí. Quiero que, cuando estemos a solas, me llames Damian y me complacerás en algo tan sencillo, Aurelia.
La condesa lo miró por primera vez desde que entró. Su mirada estaba directamente en los ojos de su esposo.
—Dos órdenes en menos de cinco minutos. ¿Está seguro de que no debo luchar contra su tiranía, lord Harrowmere?
—Esa rebeldía no resulta encantadora, Aurelia.
Algo que aprendí con los años fue a elegir las batallas que necesitaba ganar para no desperdiciar mis fuerzas.
Compartir la mesa conmigo, que utilices mi nombre y que tengamos un trato directo es lo único que te he pedido.
¿Estás segura de que te parece tan inaceptable?
Ella decidió bajar un poco sus defensas porque, maldito fuese, él tenía razón.
Aurelia sabía que estaba luchando solo para rebelarse y que bien podría haberle ofrecido un ramo de rosas y se lo hubiese lanzado a la cabeza.
¡Dios de los cielos! Ella estaba enfadadísima con él.
¿Por qué? Si él no le importaba lo más mínimo.
La comprensión de que eso no era así del todo le provocó un sobresalto que trató de controlar.
¡Todo era culpa de Cecily por haberle hablado de felicidad, de lo apuesto que era su esposo y de que estaba celosa!
Pensó que lo mejor sería volver a ser indiferente.
—Está bien, Damian —dijo, sin emoción alguna—. ¿Eso te satisface?
—Dependerá de la intención con que lo digas, pero es un comienzo, supongo.
—Por supuesto, Damian.
—¿Vas a usar mi nombre todo el tiempo para hacer que me canse del tono en el que lo empleas? —razonó.
—¿Por qué, Damian? ¿Te disgustaría que lo hiciese, Damian?
La comisura de la boca de él se movió. No llegó a ser una sonrisa, pero estuvo cerca.
—Pareces una niña pequeña y muy caprichosa. Solo quería advertírtelo.
Ella suspiró y se recordó el motivo por el que había ido a buscarlo. Recuperó la serenidad que había perdido.
—Tenemos que aclarar un asunto importante —dijo con seriedad lady Harrowmere, al tiempo que se sentaba en la silla que había delante del escritorio de él. Ambos estaban cara a cara en lo que se advertía que sería un combate decisivo.
—Lo sé. Finch me explicó lo ocurrido entre tú y la señora Vale.
Aurelia sintió que su espalda se tensaba.
—¿Qué te explicó exactamente?
—Que acudiste a mí la noche en que sellamos nuestro pacto, pediste verme y Elspeth siguió una orden que le había dado hacía años y evitó que nadie me interrumpiera durante una partida de cartas, salvo que existiese un peligro inmediato.
Aurelia alzó una ceja.
—¿Elspeth?
Él se maldijo por el desliz.
—La señora Vale.
—Ahora comprendo esa manía tuya por utilizar los nombres de pila de cuantos te rodean. ¿Cómo se llama la doncella que se ocupa de limpiar los suelos, Damian?
—Lo cierto es que sé que se llama Franny. Conozco a cada una de las personas que están a mi servicio sencillamente porque están a mi cargo. ¿Tú no sabías cómo se llamaba la doncella que se ocupaba de ti en casa de tu padre, Aurelia?
—Hace muchos años que Cecily y yo nos apañamos sin ninguna doncella, pero sí. Conozco los nombres de cada uno de los empleados de mi padre.
—Me alegra saber que aquí te tomarás la misma molestia. —Ella supo que esa era otra orden y no pensaba discutir—. Ahora, sobre Elspeth Vale y aquella noche en la que no pudiste localizarme, debo señalar que…
—No pierdas el tiempo. Ese asunto ya está resuelto y olvidado.
Damian frunció el ceño.
—No, no lo está.
—Para mí sí. Fui a buscarte porque no encontraba a mi hermana por ningún sitio. No estabas disponible y regresé a casa. Cecily apareció poco después. Hoy somos marido y mujer. La historia ha terminado.
—Aurelia…
—¡No importa! —exclamó sin darse cuenta de que había elevado la voz.
La dureza de su tono la sorprendió incluso a ella. Había practicado esas palabras en su cabeza durante tres semanas. «No importa». Era mucho más fácil decirlo que admitir cuánto le había dolido encontrarse sola después de pensar que él cumpliría su palabra.
Damian se quedó callado durante un momento que se alargó lo suficiente para incomodarla.
Sabía que ella era más terca que él, así que no forzó el debate, aunque, en honor a la verdad, ya sabía el motivo por el que la hija de Westcott había estado tan distante las dos veces en las que se encontraron durante las semanas de su supuesto cortejo.
No solo estaba ofendida porque había forzado su mano, sino que también habría estado herida porque tuvo un problema, trató de acudir a él y no lo logró.
Damian ya se maldeciría después por no haber puesto al corriente a la mujer que llevaba la dirección de su casa sobre sus planes de boda aquella noche, pero ¿quién iba a pensar que su inesperada prometida lo buscaría para solicitar su ayuda tan pronto?
—También quiero disculparme por lo ocurrido ayer, Aurelia —dijo al fin—. Mi ausencia durante el almuerzo fue más larga de lo que debía.
La condesa apartó la vista hacia la ventana.
—No tiene la menor importancia.
—Sí la tiene, más cuando debemos tratar de cooperar para que nuestra relación funcione.
Ella volvió a enfocar sus ojos en los de él. No le mostraría ni una sola grieta de vulnerabilidad.
—No importa, Damian. Los dos sabemos que este matrimonio no es más que un teatro. Ya lo dijimos. Tú no esperas más que yo sea tu llave y yo solo deseaba alejar a mi hermana de las garras de mi padre. No hay nada que discutir al respecto.
Las palabras de ella habían logrado un imposible. Estaba alterado. Así que palmeó con fuerza la madera del escritorio. No fue un golpe excesivamente fuerte, pero el sonido seco atravesó la habitación.
Aurelia ni siquiera pestañeó; permaneció impasible.