Capítulo 10
¿Otro trato más ventajoso?
Aurelia abrió los ojos antes de que la luz alcanzara del todo las cortinas de la habitación de Cecily.
Durante unos instantes permaneció inmóvil, sin saber dónde se encontraba.
El techo no era el de la casa de su padre, ni la cama pertenecía a ninguna estancia que hubiera conocido antes de convertirse en la condesa de Harrowmere.
¡Dios! Estaba casada, recordó. Después advirtió el peso cálido del brazo de su hermana sobre el suyo, la respiración pausada junto a su hombro y el silencio de una casa desconocida.
El día anterior regresó de golpe a su memoria.
La iglesia; el anillo; la mirada de Damian cuando ella le negó el beso; la fiesta nupcial; la señora Vale desvaneciéndose; Damian abandonando la estancia con la hermosa ama de llaves entre los brazos mientras los invitados contemplaban la escena con la fascinación cruel que la desgracia despertaba en sociedad…
Aurelia se incorporó con cuidado para no despertar a Cecily. Le fue imposible.
—¿Has dormido algo? —le preguntó su hermana, todavía adormilada.
—Lo suficiente.
Cecily emitió un sonido que dejaba claro cuánto creía aquella respuesta.
Ninguna de las dos volvió a acostarse. Llevaban demasiados años aprendiendo a aprovechar las mañanas, a levantarse antes de que su padre comenzara a exigir atenciones y llegasen las cartas de siempre que anunciaban deudas.
Una doncella les llevó el desayuno poco después, con té, pan tostado, frutas y huevos preparados con abundancia.
Aurelia observó la bandeja durante un instante, preguntándose si su marido habría dispuesto también aquello con su obsesiva costumbre de prever lo necesario antes de que alguien pudiera pedirlo.
Comieron poco. Cecily intentó hablar de cualquier asunto que no fuese Harrowmere, la señora Vale o la noche de bodas más triste que una mujer pudiera imaginar.
Después se vistieron para salir a pasear.
La menor de las hermanas eligió un vestido azul claro, sencillo pero nuevo, uno de los encargados a la modista de Bond Street.
Aurelia se puso un traje de paseo gris perla, con una capa de lana ligera sobre los hombros y un sombrero de ala corta que ocultaba parte de su rostro sin llegar a parecer que lo hacía como una retirada estratégica.
No quería encerrarse en aquella casa el primer día de su matrimonio.
Mucho menos tras pasar la noche refugiada en la habitación de su hermana.
Con todo listo, salieron de su nueva morada y llegaron pronto a Hyde Park. Allí todo Londres podía mirar sin admitir jamás que examinaba con avidez.
Los carruajes avanzaban despacio por Rotten Row; los jinetes reducían el paso al cruzarse con las damas y las conversaciones bajaban de volumen cuando Aurelia pasaba junto a determinados grupos y recuperaban fuerza en cuanto ella se alejaba lo suficiente para no poder distinguir las palabras.
Aun así, no necesitaba escuchar para saber lo que se comentaba.
Una mujer mayor, protegida bajo un sombrero con plumas lilas, se inclinó hacia su acompañante y murmuró algo que provocó una sonrisa rápida, tapada detrás de un abanico.
Dos jóvenes caballeros dejaron de hablar cuando Aurelia los miró; uno de ellos le hizo una reverencia demasiado teatral, la clase de gesto que no desprendía respeto y sí la satisfacción de poder insinuar algo sin articular palabra alguna.
Cerca del Serpentine, una dama que Aurelia conocía desde hacía años, al verla, cambió de dirección con una prisa que resultó cómica.
La boda del año le había dado a Londres lo que la ciudad tanto deseaba: una novia infeliz y un esposo que no la quería.
El daño reputacional no era pequeño, más cuando él deseaba ser aceptado en la alta sociedad sin que lo despreciasen.
Aurelia lo comprendió mientras paseaba junto a Cecily bajo la mirada de todos los que ya estaban construyendo una historia más entretenida que la verdad.
Lo peor no consistía en que la gente hablara, pues hablarían de todos modos.
Lo más molesto era que algunos parecían convencidos de que ella había aceptado convertirse en condesa y que, menos de veinticuatro horas después, había descubierto que su marido mantenía a una amante bajo el mismo techo.
Había ido a Hyde Park a comprobar una teoría y ya tenía la confirmación. Harrowmere y ella se habían convertido en la comidilla de la ciudad.
Cecily fue la primera en percibir que Aurelia había dejado de pasear.
—No tienes de qué avergonzarte. Tú no has hecho nada malo.
—¿Y desde cuándo eso importa? Esto es un desastre, Cecily.
—Usaremos la Pluma Indiscreta para poner orden. Ese es su cometido y es lo que haremos.
La nueva condesa de Harrowmere suspiró y miró hacia el camino. Una pareja de recién casados pasaba en un carruaje abierto cerca de ellas. La joven esposa se reía al lado de su marido llena de una confianza luminosa. Aurelia apartó la mirada antes de permitirse pensar demasiado en ello.
—Necesito hablar con Damian o esto acabará en una tragedia tan absurda que ni él ni yo lograremos llevar a cabo el propósito de nuestro matrimonio.
Cecily se volvió hacia ella mientras mantenía el ceño fruncido. Aurelia no había usado antes el nombre de pila de su marido. Escucharla le resultó extraño, por la intimidad que implicaba.
—¿Piensas pedirle explicaciones?
—Tengo que hacer que comprenda que sus acciones merman sus intereses. Nos ha convertido en una burla.
—¿Y qué podía hacer, Aurelia? Era el caballero que estaba más cerca del ama de llaves. Su deber era socorrerla.
—Eso ya lo sé, pero ¿socorrerla implicaba mantenerla en sus brazos durante el máximo tiempo posible? ¿No estar presente durante la fiesta debido a la gran preocupación que ella le inspiraba? ¿Por qué le inspiraba tal preocupación? ¿Se había olvidado él de que acababa de casarse?
—Aurelia, esas son muchas preguntas para una mujer que solo tenía un trato frío y concreto con su marido.
—¿Acaso no has visto cómo me ha mirado todo el mundo? Se casó conmigo por una sola razón y si nos convierte en la diana de las murmuraciones, todavía nos apartarán más.
—¿Por qué no admites que te gustaría intentar tener un matrimonio convencional con él?
—¿Te has vuelto loca?
—En absoluto. Estás casada y todavía no ha ocurrido nada irremediable.
Si yo me hubiese casado con un hombre para salvarnos, de verdad trataría, no solo de salvar a mi hermana, sino también salvarme a mí misma.
Habla con Damian. —Usó su nombre de pila para ver la reacción de Aurelia y esta no se hizo de esperar.
—¡No puedes referirte a él de ese modo! Es Harrowmere o el Conde Oscuro, Cecily —la regañó.
—Tú lo has llamado por su nombre no hace más de cinco minutos, hermana —le recordó.
—Eso no es verdad.
—Aurelia…
—Olvídate de los detalles sin importancia —la cortó la condesa—. Estoy casada con Harrowmere desde ayer, Cecily, y empiezo a sospechar que enfrentarme a él será una ocupación muy frecuente en mi futuro.
—Es una suerte que no te hundas ante los infortunios. Una cosa está clara, Aurelia. Tu Damian no va a aburrirse; pronto sabrá lo que se siente cuando trata con una arpía que está dispuesta a salirse con la suya.
—Oh, Cecily, eres una hermana horrible.
—Y tú una mentirosa por no admitir que debes intentar darle una oportunidad a tu matrimonio.
—No me convertiré en nuestra madre. No me quedaré en esa casa si él mantiene a una amante allí. Es más, no permaneceré a su lado si hace algo impropio mientras pretende que yo le abra el camino en sociedad.
—¿Y a dónde iremos, Aurelia?
—No lo sé. Lo único de lo que soy consciente es que mi nuevo esposo no volverá a avergonzarme.
Cecily se ladeó y divisó tras los árboles una figura conocida.
—¿Hermana?
—¿Sí?
—Creo que uno de los hombres de tu esposo nos está siguiendo.
—¿Qué?
—He visto algo en aquella dirección —señaló con los dedos hacia el norte—. Me ha parecido que era ese muchacho tan alto y delgado.
—No digas tonterías. ¿Por qué nos habría hecho seguir Damian si…
? —Se detuvo cuando Cecily alzó una ceja y cruzó los brazos sobre su pecho—.
Harrowmere, quise decir Harrowmere —se enmendó de inmediato—.
¿Por qué tendría que vigilarnos mi esposo?
No es como si creyese que yo fuese a desmayarme para que otro caballero fuerte y viril me sostuviese.
—Solo te digo lo que he visto.
—De acuerdo. Si Finch, creo recordar que se llama el hombre que crees haber visto, nos está custodiando, debe ser solo porque él sabe que tiene que protegerte de nuestro padre.
—Es lógico. ¿Cómo lograría Harrowmere convencer a Westcott para que aceptase dejarme ir a vivir contigo?
—¿De verdad no sabes cómo lo habrá logrado?
—Le pagó —dijo Cecily cuando lo entendió.
—Para el Conde Oscuro no solo el dinero es poder; conocer las debilidades de sus rivales le resulta beneficioso también.
—Pues verás cuando se entere de que tú no tienes ni una sola debilidad… Aunque pareces celosa cada vez que recuerdas que tu esposo elevó en sus poderosos y fuertes brazos a una mujer que no eras tú.
—¡Cállate, Cecily! —le ladró.
Su hermana menor soltó una risa franca, luego le pasó el brazo por el suyo y ambas caminaron un rato más por el parque.
Al regresar a su nueva casa, lady Harrowmere pidió que la condujeran al despacho del conde.
La estancia se hallaba vacía, pero entró de todos modos.
Era amplia, masculina y estaba demasiado ordenada para pertenecer a un hombre que, según los rumores, se pasaba las noches jugando a las cartas y sacudiéndose a las mujeres de encima.
Grandes estanterías cubrían una pared; otra estaba ocupada por mapas, documentos y una vitrina cerrada donde descansaban objetos que Aurelia no se detuvo a examinar.
El escritorio, de madera oscura, parecía haber sobrevivido a una guerra.
Sobre él se acumulaban papeles, cartas selladas, una pluma, un pisapapeles de bronce y varias carpetas sujetas con cintas.
Aurelia eligió un libro para entretenerse y se sentó en una butaca cercana a la ventana para esperarlo.