Capítulo 9 #4
—¿Se niega a casarse contigo a pesar de que lleva en su vientre a tu hijo?
—Mujeres, milord. Nadie las comprende. Pero he pensado que si regreso dentro de unos minutos y le digo a Elspeth que lo he convencido para que la perdone por el malentendido ocurrido con su esposa y nos permita residir en la pequeña casita que hay al otro lado del jardín…
—No tienes ni que pedírmelo, Finch. Estaré encantado de que no me dejes. Ahora más que nunca te necesito. No solo vas a tener que vigilar y proteger a lady Cecily, también a mi esposa.
—Es muy hermosa, milord. Va a sucederle como a mí. Habrá muchos interesados en ella.
Damian lo miró con fastidio.
—¡Maldición, Finch! No me estás tranquilizando y sobra decir que no estoy de humor para tu ingenio.
—Tenía que advertírselo, milord.
—Finch.
—¿Sí, milord?
—Vete antes de que vuelque mi mal genio contigo.
El muchacho ladeó la cabeza hacia el extremo del corredor.
—Por descontado, pero tengo que informarle de la situación antes. Lady Cecily está en su habitación. Lady Harrowmere también. Creo que duermen las dos.
Damian apretó los dientes.
—¿Crees?
—No he entrado a comprobarlo. Me pareció que presentarme en el dormitorio de una dama joven en mitad de la noche podía empeorar mi reputación, y ya voy justo de respetabilidad con lo que le ha sucedido a Elspeth.
—Tu reputación no tiene arreglo ya. Cásate con ella y tal vez mejore un poco. Y las felicitaciones están en orden. Cuídala; es una mujer que no te mereces.
—Lo sé. ¿Qué va a hacer con su condesa, milord?
—No tengo ni la menor idea.
—Siento que las cosas se hayan complicado tanto. Supongo que no estará contenta con usted.
—¿Por qué lo dices?
—¿Con sinceridad?
—¿Alguna vez te has privado de ella, Finch?
—Es cierto. Entonces se lo diré. No creo que esté contenta por cómo se llevó a cabo el arreglo matrimonial que ustedes dos acordaron.
Tampoco creo que le gustase ser despachada de esta casa cuando vino a verlo, y estoy completamente seguro de que haber desaparecido de su fiesta nupcial mientras sostenía a mi mujer entre los brazos…
Yo mismo tuve el impulso de golpearlo a pesar de saber que no había nada indecoroso entre ambos, milord.
Su esposa no estará satisfecha. Escuché a un par de aristócratas alabarlo cuando se marchaban por tener el valor de mantener a su esposa y a su amante en la misma casa.
—Esto es perfecto, Finch. Si tenía alguna posibilidad de limar asperezas con mi condesa…
—Eso no ocurrirá pronto.
—¡No me digas! —ironizó.
—Lo lamento. Elspeth está avergonzada. Pensó que su dama era una de tantas que trataban de embaucarlo. Se me ha ocurrido una idea, por si quisiera escucharla.
—Si crees que con tu consejo podrías irritarme más de lo que estoy, te aconsejo que te lo guardes para ti.
—Pienso que podría volver a negociar con la dama.
—¿Qué?
—Es lo que yo haré en cuanto me presente ante Elspeth. Le ofreceré lo que quiera con tal de que se convierta en mi esposa.
—Aurelia ya es mi esposa. No creo que…
—Sí, ya, pero ella no está durmiendo en su cama, milord, y es su noche de bodas. ¿Por qué no prueba a ofrecerle algo que ella quiera para que le permita… ya sabe?
—¿Qué te hace pensar que deseo acostarme con una mujer que ha dejado claro que me desprecia y a la que poco le ha importado que yo haya atendido a tu Elspeth en medio de la fiesta de bodas, Finch?
—Pues porque soy un hombre y a mí me gustaría hacerle el amor a la mujer que ha aceptado convertirse en mi esposa, milord.
Y con esa sencilla respuesta, su fiel escudero lo dejó sin palabras.
—Ve a asegurarte de que Elspeth está bien y dile que no se preocupe de nada.
Su hombre le sonrió.
—Eso haré. ¿Puedo preguntarle otra cosa, milord?
—Vas a hacerlo, aunque no te dé permiso. ¿Qué más te sucede ahora?
—¿Y si no me quiere tanto como a su primer marido, milord? Me saca solo cinco años, pero siempre dice que soy demasiado joven para ella.
—Vas a darle un hijo. Todas las mujeres desean ser madres, yo creo que, pese a que ella sea un poco mayor que tú, se alegrará de tenerte. Eres un buen partido.
—¿Porque trabajo para usted?
—Así es, Finch. Si te ha permitido que te metas en su cama creyendo que no tienes dinero, eso debe significar que te aprecia mucho. Dile que puedes comprarle la casa que ella quiera y entonces no te abandonará nunca. Una mujer necesita seguridad y tú puedes dársela.
—En algún momento tendré que dejarlo, milord.
—Lo sé, pero no ahora, ¿de acuerdo?
—No ahora. Está bien.
Damian se volvió hacia su dormitorio, pero se detuvo antes de entrar.
La casa estaba demasiado silenciosa. No lejos de allí, su esposa dormía con su hermana en vez de disfrutar para luego descansar en la cama con él, y aquello le molestaba más de lo razonable.
La quería allí. En su casa, sí. Bajo su protección, también.
Pero, sobre todo, al alcance de sus ojos y sus manos.
Damian sabía que tenían una conversación pendiente que no podía aplazarse más, dado que de otro modo la distancia entre ambos se convertiría en otra clase de guerra.
Harrowmere entró de nuevo en su habitación y cerró la puerta con más suavidad de la que su humor merecía.
Se quedó de pie junto a la cama y comprendió que aquella noche no iba a dormir mucho si no usaba su propia mano para aliviarse un poco.
Pues fue mirar el colchón de plumas, pensar en todo lo que deseaba hacer con su mujer y la erección volvió a hacerle daño.
Su matrimonio había empezado con un trato que no debió haber hecho, una esposa ausente y un deseo que no pensaba concederle tregua.
Magnífico.
¡Absolutamente magnífico!
¿Qué más podía salir mal?