Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

La muy bruja lo había tenido todo pensado.

Estaba seguro. No quiso mostrarle su extrema belleza hasta que lo hubo cazado y él ya no pudo deshacerse de una mujer que lo volvería loco si decidía comenzar a coquetear con los hombres que se le pusieran por delante.

En Londres, una cosa era ser una dama casadera, y otra muy diferente ser una esposa.

En el segundo caso, no eran pocos los caballeros que, sabiendo que la dama ya no podría atraparlos, decidían jugar a la seducción con ella.

—No tengo otra opción… Mataré a todos los que intenten arrebatarme a Aurelia. Cielo santo… ¿qué he hecho? No debí haberme casado con ella —habló consigo mismo.

Damian se detuvo junto a la chimenea que tenía ya unas pocas brasas y apretó la mandíbula.

Tal vez el problema residía en él. Llevaba demasiado tiempo sin satisfacer sus necesidades más íntimas y cualquier mujer con ojos brillantes, un orgullo insoportable y una boca capaz de negarle un pequeño beso ante toda la iglesia habría logrado perturbarlo tal y como lo había hecho Aurelia.

No, cualquier mujer no. Esa era la parte más molesta de todo el condenado asunto.

Había estado con suficientes bellezas celebradas, actrices de sonrisa fácil y viudas expertas en hacer promesas con solo un abanico, para saber que ninguna de ellas se le había quedado tan grabada en la memoria como Aurelia.

¡Su esposa no le había dado permiso para besarla!

¡Su propia esposa, esa que tenía la obligación de engendrar a sus hijos para seguir con la línea de sucesión, no le había permitido rozar sus labios a pesar de que Dios así lo exigía!

Por todos los demonios, si ella ni lo miraba a los ojos cuando él le hablaba…

Damian bajó la vista y soltó una maldición tan cruda que hasta el fuego pareció volver a prenderse.

Su cuerpo había decidido declararle la guerra precisamente la noche de su condenada boda.

Dios, ella era exquisita. Una novia capaz de poner de rodillas a cualquier hombre y era suya y solo suya.

La forma en que la muselina plateada se ceñía a sus formas femeninas, ese escote que estaba demasiado bajo y le permitía a cualquiera ver el nacimiento de esos fantásticos pechos…

¡Magnífico! ¡Estupendo! Un hombre que había sobrevivido a las oscuras calles, puertos, oficiales, deudores y aristócratas con ínfulas de verdugo estaba siendo derrotado por el deseo crudo que le despertaba una mujer que seguramente en esos instantes dormía tan tranquila después de haberle negado todo cuanto un marido podía esperar en su noche de bodas.

—¡Maldita sea!

La promesa de no tocarla había sido una estupidez.

Una estupidez noble, quizá. Conveniente en aquel despacho, dadas las circunstancias y por el modo en que ella lo miraba igual que si él fuera una amenaza con botas. Pero seguía siendo una estupidez. No tocarla hasta que ella se lo rogase…

—¡Estúpido! —se insultó a sí mismo.

Menudo alarde de control. Qué declaración tan soberbia le hizo. Qué prueba definitiva de que, en ocasiones, su orgullo era capaz de tenderle una trampa formidable, mucho más eficaz que las de sus enemigos.

Hacía seis meses que no estaba con una mujer. Posiblemente fuesen más.

Se quedó inmóvil al reconocerlo y luego torció el gesto, fastidiado por su propia memoria.

Había tenido demasiado trabajo. Deudas que cobrar, rutas comerciales que afianzar, propiedades del título que rescatar del abandono, reuniones con hombres que lo despreciaban hasta que necesitaban dinero…

No había elegido el celibato, desde luego.

La idea era humillante. Simplemente había dejado pasar el tiempo sin reparar en ello, lo que resultaba casi más humillante.

Un hombre no debería descubrir la extensión de su abstinencia la noche en que su esposa dormía en otra habitación por decisión propia.

¡Quería consumar su maldito matrimonio!

Deseaba mostrarle lo que era el placer a Aurelia. Aleccionarla sobre cómo tenía que besarlo, acariciarlo y…

—¡Maldito infierno!

Esa verdad, tan física e inconveniente, le produjo una furia nueva. La erección que se le marcaba contra la bata de seda le dolía como la muerte misma. Estaba ansioso y frustrado.

Quizá la deseaba porque ella no le concedía ni una migaja de atención, porque lo desafiaba y lo despreciaba. Rechazó la idea en cuanto apareció. ¿Qué clase de estúpido sería si su deseo aumentase por la simple razón de que su esposa no lo deseaba?

Uno muy común, probablemente.

Y él no era un simple tonto.

Caminó hasta la mesa donde había una copa de brandy que no recordaba haberse servido.

La levantó, la olió y volvió a dejarla en su lugar sin beber ni una gota.

Si empezaba a refugiarse en el licor en su noche de bodas porque una mujer se negaba a acostarse con él, jamás se lo perdonaría. Además, el alcohol no resolvería nada.

Miró hacia la puerta que comunicaba su habitación directamente con la alcoba de Aurelia.

Esa que permanecía cerrada desde el otro lado y que le resultaba tan ofensiva.

Había dispuesto habitaciones separadas porque así lo exigía la costumbre de una casa noble y también por el motivo de que una esposa de su rango debía tener su propio dormitorio, su doncella, su guardarropa y todas esas cuestiones que las damas necesitaban.

La puerta comunicante, sin embargo, tenía una función muy clara.

Existía para que un marido pudiera acudir a su esposa cuando ambos lo desearan o cuando la habitualidad hiciese su función.

Aurelia ni siquiera había entrado en su alcoba.

Elspeth se había desmayado en mitad del almuerzo, él había tenido que ocuparse del médico y, cuando quiso reclamar a su esposa, ella ya se había encerrado con Cecily.

¡Encerrada en una habitación lejos de él!

La reflexión le sacó otra colorida maldición.

Las mujeres de Londres se le echaban encima con una perseverancia agotadora, algunas utilizaban cartas perfumadas, otras llegaban con excusas que apestaban a mentiras, y muchas usaban la audacia para que él claudicase.

Su propia esposa, en cambio, había dejado claro desde el primer instante que no deseaba nada de él y no fue ningún farol.

Ni un beso en la iglesia.

Ni una conversación.

Ni siquiera una discusión apropiada para la noche de bodas debido a todo lo que había sucedido. Por amor de Dios, se había ausentado del almuerzo nupcial; eso tendría que haberle causado desasosiego a su condesa, pero él le era tan indiferente que no pensaba ni pedirle explicaciones.

Damian se acercó a la puerta que tanto le hubiese gustado traspasar para encontrarse con una esposa un poco asustada pero deseosa de aprender los misterios del placer.

Apoyó la oreja sobre la madera y trató de ver si se escuchaba algo.

Nada. La alcoba de Aurelia seguía vacía.

Tras unos segundos, se apartó con brusquedad.

No iba a convertirse en un necio mendigando la atención de su mujer.

En ese momento llamaron a la puerta principal de su habitación y Damian se sobresaltó. Comenzaron a aporrear la madera con mayor insistencia.

—Ya abro, ya abro —dijo.

Finch estaba apoyado contra la pared lateral, con los brazos cruzados y una expresión llena de pedantería. Le dieron ganas de darle un puñetazo.

—Milord, ¿disfrutando de su noche de bodas? —se atrevió a bromear.

—¿Quieres arriesgarte ahora mismo a ser el blanco de mi ira, Finch?

—Siento que haya ocurrido lo de Elspeth.

—Sí, bueno. Al parecer, mi esposa y ella… —negó con la cabeza—. No sé bien lo que presencié, pero parecían conocerse.

Finch se rascó la cabeza.

—De eso precisamente he venido a hablarle.

—¿Qué sabes?

—No va a gustarle y, si se atreve a ladrarle a Elspeth, no podré quedarme de brazos cruzados.

—¡Vamos, Finch! Espero que cuando vayas a cobrar las deudas no hagas amenazas tan simplonas. Dime qué ha ocurrido entre Elspeth y mi condesa.

—En primer lugar, me ha hecho prometer que le pediría perdón en su nombre, aunque ha sido clara y me ha dicho que debo decirle que la culpa es suya, dado que no la avisó de que pensaba casarse.

—No te andes por las ramas —le dijo con impaciencia.

—La muchacha llegó una noche a buscarle a usted porque tenía un problema familiar y… Bueno, Elspeth hizo lo que tenía orden de hacer.

—Se libró de ella sin molestarme —adivinó Damian.

—Eso fue lo que ocurrió.

—¡Maldito infierno!

—Lo siento. Y ella lo siente todavía más. Está muy alterada por lo ocurrido.

—¿Cuándo vino Aurelia a mi casa a buscarme? —quiso averiguar.

—La misma noche que se la arrebató a Ashwick.

—¡Maldito infierno sangriento lleno de ratas asquerosas! —soltó con rabia.

—Sí, me temo que la cosa es seria, pero debe recordar que no es culpa de Elspeth.

—No hace falta que la defiendas tanto, Finch. No pienso volcar mi ira sobre ella.

—Todavía hay más.

—¿Más? Mi maldito matrimonio no ha empezado y ya no puede ir a peor. ¿Qué otra cosa sucede ahora?

—Elspeth está embarazada.

Damian se quedó inmóvil y con la boca abierta.

—¿Cómo ha podido pasar eso?, me pregunto.

Finch se rascó la cabeza al tiempo que suspiraba.

—Verá, cuando una mujer le arroja el guante a un hombre, este sabe que no puede quedarse de brazos cruzados. Supongo que soy el rey de la insistencia y sé cómo jugar mis cartas.

—Sabía que algo estaba pasando entre vosotros dos a pesar de que tú no dejabas de negarlo. Nunca fallo cuando tengo un pálpito. Un simple desmayo, ¿eh?

—El doctor se lo dijo cuando usted salió de la habitación porque… en fin, como es usted el patrón y ella es una mujer tan hermosa…

—¿Pensó que yo era el padre? —preguntó asombrado.

—Ambos sabemos que no lo es. Además, debo decirle, aun a riesgo de que alce el puño en mi contra, que no puede volver a sujetar en brazos a mi mujer.

—¿Y qué querías que hiciese? ¿Que la dejase caer al suelo? ¿Y cómo que tu mujer? ¿Vas a casarte con ella?

—No me ha aceptado todavía, pero va a tener que hacerlo. Ningún hijo mío se convertirá en bastardo si tengo algo que decir.