Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Aurelia obedeció.

Se sentaron juntas en la cama, una junto a la otra, como cuando eran niñas y la vieja niñera les permitía leer un libro hasta tarde si prometían no contárselo a su madre.

Durante un rato hablaron en voz baja de cosas pequeñas, casi ridículas, porque era lo más fácil de hacer.

Cecily comentó que Beatrice, durante el almuerzo nupcial, parecía a punto de declarar la guerra a todo el salón si alguien hacía una observación indebida.

Aurelia le comentó que Lavinia, con una sola mirada, había logrado que un caballero dejase de hablar cuando estaba a punto de hacer una observación indiscreta sobre la belleza del ama de llaves.

Agradecieron a Dios por las amigas que habían encontrado.

Siempre podrían confiar en ellas. Incluida Georgiana, quien Aurelia esperaba que no tardase demasiado en regresar de su larguísima luna de miel.

No veía a Harrowmere regalándole un tour por Europa con motivo de su boda tal y como había hecho el duque con su mujer.

Después el silencio se instaló entre ellas y ambas suspiraron al mismo tiempo.

—¿Sigues enfadada por lo que ha sucedido con tu esposo? —le preguntó Cecily.

Aurelia no tardó en contestar:

—Por supuesto que no.

—Pero te ves todavía muy irritada. No sé qué hacer para ayudarte.

—No me ocurre nada, de verdad, Cecily.

—¿Te cuento un secreto?

—Siempre puedes confiarme cualquier cosa. Lo sabes, ¿no es así?

—Sí. No podía haber pedido una hermana mejor que tú. Así que te lo diré: yo creo que deberías estar francamente contenta.

—¿Contenta?

—¿Has visto a tu esposo, Aurelia?

—Lo cierto es que no demasiado. —Ella había evitado mirarlo todo cuanto pudo y más.

—Yo no sabía que el Conde Oscuro fuese tan… —Emitió un sonoro suspiro—. Es perfecto. No hay otro modo de decirlo. Ahora entiendo tu cabezonería de querer casarte con él. Pudiste haber confiado en mí y decirme que caíste rendida en cuanto lo viste.

—Por amor de Dios… Ese hombre no es apuesto. Es… Él es… es… Bueno, no encuentro la palabra para definirlo, pero a mí no me agrada en absoluto.

—Ya… —Cecily no se creía nada.

—Hablemos de otra cosa, de cómo viviremos ahora que ya no tenemos que preocuparnos por nuestro padre. Al menos hasta que intente algo.

—No tienes que preocuparte por reconocer que estás celosa ante mí. Yo misma estaría terriblemente celosa si mi esposo se preocupase tanto por otra mujer, aunque no me hubiese enamorado todavía de él.

—¡No estoy celosa! Él ni tan siquiera me agrada. Solo tenemos un acuerdo.

—¿Y no te preocupa tu noche de bodas?

—¿No recuerdas lo que te conté? Tenemos un matrimonio de conveniencia en el que no habrá… No habrá nada de contacto físico.

—¿Por eso no te dio un beso en la iglesia? —preguntó al caer en la cuenta.

—No pienso derribar los muros que tantos años me ha costado alzar.

¿Te imaginas lo que hubiese sido estar enamorada de él y verlo salir del almuerzo nupcial con una mujer tan impresionante en brazos para no regresar después?

—Aurelia negó con la cabeza—. Haré lo que él desea que haga, le abriré cada maldita puerta de la aristocracia y luego le pediré mi libertad.

—¿Cómo que le pedirás tu libertad?

—Debe tener alguna propiedad en el campo en la que me permita refugiarme.

—¿Estás pensando en huir tan pronto?

—Por supuesto que no. Cumpliré mi parte del acuerdo y cada uno irá en la dirección que estime oportuna.

—¿No has aprendido nada de Ashwick?

—¿Qué quieres decir?

—Ay, Aurelia… Hasta yo sé que cuanto más se le niega a un caballero interesado en una dama, más obsesivo se vuelve. Te aseguro que tu esposo no ha dejado de mirarte mientras tú hacías todo lo posible por evitarlo.

—Lo que dices es el tópico más repetitivo de cualquier novela gótica de amor. Eso sin olvidar que él debe seguir atendiendo a estas horas a su ama de llaves con suma diligencia.

—Para decir que no estás celosa…

—¡Detente, Cecily! —le ordenó.

—Yo solo te digo que puede haberte ofrecido un acuerdo… ¿Cómo se llaman los matrimonios sin contacto físico?

—Blancos.

—Eso. Puede haber pensado en un matrimonio blanco, pero sigue siendo un conde y en algún punto querrá que le des un heredero. No estás tan a salvo de él como te imaginas. —Se quedó un momento con el ceño fruncido —. ¿Puedo preguntarte algo, Aurelia, sin que te escandalices?

—Dios santo… ¿qué quieres saber, Cecily?

—¿Te han besado alguna vez?

—No. ¿Y a ti?

—Una vez.

—¿Quién fue? —preguntó con los ojos como platos.

—No tiene importancia.

—¿Tan insatisfactorio te resultó?

—No. En realidad, lo encontré bastante… —suspiró—. Fue inesperado y no me resultó asqueroso, tal y como suponía que ocurriría. ¿Crees que madre te hubiese dado una charla sobre lo que debías esperar en tu noche de bodas?

—Eso no importa porque no va a suceder nada durante mi noche de bodas. ¿No estás cansada, Cecily?

—¿Te refieres a todo lo que nos sucede porque Westcott es nuestro padre o al ajetreo que ha supuesto el día de hoy?

—A todo en general, pero te confieso que estoy agotada por la boda. Me gustaría cerrar los ojos y no despertarme hasta mañana.

—Hagámoslo.

Cecily apoyó la cabeza sobre su hombro.

La respiración de su hermana se convirtió en una risa breve.

Aurelia cerró los ojos. La pesadez del día empezó a caerle encima con una lentitud invencible.

La iglesia, el anillo, la casa, la señora Vale desmayándose, Harrowmere saliendo con ella en brazos…

todo se mezcló en una bruma agotadora. No sabía nada de su esposo.

Nada importante. Conocía el alcance de su fortuna, su reputación, su capacidad para intimidar y el modo en que sostenía a una mujer cuando ella se desplomaba.

También sabía que él deseaba su obediencia, su sangre y sus conexiones.

En cambio, ignoraba qué le causaba preocupación, qué podía herirlo de verdad, cuánto valdría su palabra cuando ella no estuviese delante para exigirle que la cumpliera.

Se había casado con un desconocido y su noche de bodas comenzaba con ella escondida en la habitación de su hermana. Aquello debía de rozar alguna clase de locura.

Cecily se quedó dormida primero, vencida por el cansancio con la mejilla apoyada en su hombro.

Aurelia permaneció despierta unos minutos más, escuchando la respiración regular de la muchacha y el sonido lejano de la casa.

Pensó que tal vez debería levantarse, buscar la alcoba destinada a la condesa y acostarse en aquella solitaria cama.

Aun así, lo que más le atormentaba era la idea de que su marido siguiese junto al lecho de su ama de llaves, muerto de preocupación.

La culpa de haber alterado tanto a la señora Vale era solo de Aurelia.

Entonces, como si su hermana supiera hacia dónde se estaban yendo sus pensamientos, le apretó la mano sobre la suya a pesar de que estaba dormida.

Aurelia dejó de pensar.

Apoyó la cabeza contra el respaldo, cerró los ojos y se durmió junto a la única persona por la que había aceptado aquel matrimonio.

***

Esa noche, su gran noche de bodas, Damian llevaba casi una hora caminando de un lado al otro de su dormitorio.

El almuerzo nupcial había terminado de un modo lamentable.

La señora Vale había recuperado el conocimiento antes de que el médico llegara y el propio doctor, después de tomarle el pulso, hacerle preguntas y recomendarle reposo, había declarado que se trataba de un simple desvanecimiento.

Damian le pagó al hombre y le ordenó a Elspeth que descansara.

Después buscó a su esposa.

No la encontró. Alguien le informó de que lady Harrowmere había subido con lady Cecily a la habitación de la hermana menor y no había vuelto a bajar.

Los invitados se marcharon con más material para cotillear del que habían traído, Westcott se retiró demasiado satisfecho para el gusto de Damian y la casa terminó por sumirse en una calma tensa, la que quedaba después de una batalla donde nadie sabía aún quién había ganado.

Y el Conde Oscuro seguía en su dormitorio, en bata, con el pelo algo revuelto de tanto pasarse la mano por él y una irritación que no encontraba un blanco adecuado.

Su esposa lo había engañado.

Aurelia Westcott… No, ella era ya Aurelia Dargrove, condesa de Harrowmere, y su mujer lo había engañado de la forma más absurda, inesperada y molesta posible.

Durante semanas había aceptado, sin pararse a pensarlo demasiado, que la descripción física de su prometida era la de una dama sencilla, poco agraciada al lado de su hermana menor y demasiado seria para despertar pasiones peligrosas.

Se había dicho que aquella elección era práctica.

Una esposa de buen nacimiento, conexiones útiles, carácter suficiente para no romperse bajo la presión social y una apariencia que no convertiría cada cena en un asedio de hombres codiciosos.

Y entonces ella había aparecido en St George’s vestida como un maldito ángel plateado.

El vestido era hermoso. Ella, todavía más.

La mujer que se presentó en la iglesia distaba mucho de ser la misma que lo había desafiado en aquel baile y posteriormente en el despacho frente a Ashwick.

¡Ashwick! El desgraciado sí que habría visto lo que muchos como Damian habían pasado por alto.

Su esposa era demasiado vistosa cuando dejaba a un lado los peinados simples y los vestidos pasados de moda.

¡Condenación! Tendría que vigilarla bien para que no lo convirtiese en un cornudo, dado que en cuanto ella fuese consciente de su poder, podría…

¡Mierda! Lo que menos necesitaba en esos momentos era ponerse celoso de cualquiera que la mirase más de la cuenta. ¡Y encima él había pagado una pequeña fortuna por unos vestidos con los que ella se vería espectacular!