Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

El imprevisto inesperado

La mirada de la señora Vale seguía fija en la nueva esposa de su patrón, y el reconocimiento, que primero había sido una simple sacudida de atención, se transformó en algo mucho más profundo.

El color abandonó su rostro en una fracción de segundo.

Los labios, compuestos, perdieron su firmeza; la bandeja que sostenía entre las manos se inclinó unos grados, y una copa estuvo a punto de deslizarse antes de que ella la corrigiera con un movimiento torpe.

La mujer que tres semanas atrás le había cerrado la puerta en la cara comprendía, en medio del almuerzo nupcial y delante de parte de Londres, que había expulsado de la casa de Harrowmere a la dama que en esos instantes llevaba el título de condesa.

El ama de llaves estaba aterrada. No fingidamente contrariada, ni molesta por haber sido descubierta, sino pálida hasta lo imposible, con los ojos agrandados por una clase de miedo que no parecía nacer solo del error cometido.

Y Aurelia se sintió horriblemente mal consigo misma por haber provocado esa reacción.

—Señora Vale, ¿se encuentra usted…? —La pregunta de Damian no pudo llegar a terminar. La expresión del conde se tornó alarmante.

El ama de llaves intentó dar un paso atrás. Su cuerpo se inclinó hacia un lado, la bandeja cayó al suelo con un estrépito de plata y cristal que silenció a los invitados cercanos, y Damian se movió antes de que Aurelia entendiera siquiera lo que estaba ocurriendo.

La sostuvo en sus brazos con una eficacia inmediata y hermosa por lo involuntaria que resultó.

Una mano en la espalda, otra bajo los hombros, el cuerpo de la señora Vale protegido por el masculino antes de que la caída pudiera golpearla contra el suelo.

El salón entero se quedó pendiente de aquella escena con una curiosidad ávida y horrorizada, pero Aurelia apenas registró el murmullo que empezó a extenderse en torno a ellos.

Solo veía a su marido inclinado sobre otra mujer, la severidad de su rostro, la preocupación que le endurecía la boca y la rapidez con la que daba órdenes a quienes lo rodeaban:

—¡Que traigan a un médico! ¡De inmediato! —ladró.

El denominado Finch ya estaba saliendo a toda prisa de la casa para cumplir el mandato.

Una dama mayor exclamó algo sobre las sales aromáticas.

Alguien se agachó para recoger los cristales.

Aurelia permaneció donde estaba, con la muñeca todavía caliente por el contacto de Damian y el corazón dándole un tirón inesperado, desagradable e imposible de aceptar.

No estaba celosa. No podía estarlo. Él se había limitado a proteger a su empleada. No había nada malo en la acción; entonces, ¿a qué se debía el motivo por el que algo en su interior la mordía con fuerza? Y tanto, que le estrujaba el corazón.

¿Celos? Esa palabra resultaba ridícula. Ella no quería a su esposo.

No lo había elegido por deseo ni por afecto, y aquella misma mañana le había negado un beso delante de toda una iglesia.

No podía estar celosa de un ama de llaves que, por muy hermosa que fuese, acababa de desmayarse en mitad de un salón.

Lo que sentía era molestia. Una molestia amarga y muy justificada, porque su marido sí había estado allí para sostener a la señora Vale en cuanto la vio tambalearse.

Para ella, en cambio, había estado ausente cuando lo necesitó.

Harrowmere alzó a la señora Vale en brazos y el hecho provocó otro murmullo.

La mujer tenía la cabeza caída contra su hombro, el rostro lívido y los párpados cerrados.

Él ni siquiera miró a Aurelia antes de salir por la puerta.

Le dio una orden al mayordomo, otra a un criado y abandonó el salón con el ama de llaves en volandas, dejando atrás la celebración del almuerzo nupcial.

Era un hombre que tenía prisa y no pensaba justificar ante nadie la urgencia de sus actos.

Aurelia lo siguió con la mirada hasta que desapareció.

Suspiró. Era una tontería estar pensando en lo que podría sentir cualquier mujer que se encontrase en la tesitura de la señora Vale.

Aun así, Aurelia no podía dejar de preguntarse si él podría llevarla en brazos de ese modo tan…

varonil y seguro. ¡Tonterías! Él podía haberle cedido el cuerpo de su empleada a otro caballero, pero había preferido abandonarla a su suerte durante el festejo de su matrimonio.

Ya podía leerlo en las columnas de mañana, sin necesidad de que interviniese la Pluma Indiscreta .

Era un relato demasiado jugoso para morir antes de la cena.

Cecily apareció a su lado.

—Aurelia, hay que decir algo.

Aquella voz la devolvió a la realidad. La hija mayor de lord Westcott cogió la primera copa que encontró, la hizo tintinear con un cuchillo de plata y todos la contemplaron en silencio.

—Y por eso es por lo que acepté casarme con lord Harrowmere. Estoy segura de que no podría encontrar a otro hombre que se preocupase tanto por quienes están a su alrededor, ya sean sus fieles empleados o su propia familia. Por favor, pasemos al comedor principal y disfrutemos del almuerzo.

Aurelia avanzó para abrir el paso y todos la siguieron. Sus inseparables amigas se colocaron de inmediato a su lado. Esperaba haber minimizado el impacto de lo ocurrido. En realidad, se sentía bastante humillada, aunque tenía que admitir que el hecho de preocuparse por su ama de llaves lo honraba.

El resto de la fiesta transcurrió entre los susurros de quienes censuraban el comportamiento de lord Harrowmere y los de quienes aplaudían la entereza de la nueva condesa.

Para cuando se sirvió la tarta sin que el novio hubiese regresado, ya se rumoreaba sobre la poca consideración que demostraba el caballero al tener residiendo en la misma casa a su amante y a su esposa.

¡Fantástico!

Ahí Aurelia decidió que había cumplido con su parte del trato. Se despidió de Lavinia y Beatrice, quienes le dieron un abrazo antes de marcharse, para después acercarse a Cecily.

—Voy a acompañarte a tu habitación —le dijo Aurelia a su hermana.

—¿Y el resto de los invitados?

—Estoy segura de que disfrutarán más si me retiro ahora. Mañana seré la sensación de todo Londres. Necesito salir de aquí, Cecily.

—Entonces que se vayan todos al infierno —le susurró en confidencia.

Aurelia salió del comedor, después de alegar un terrible dolor de cabeza que no convenció a nadie.

Subió con su hermana al piso superior de la casa de Harrowmere y se topó con una doncella que de inmediato las guio hasta los aposentos que buscaban.

Las dejó en la puerta y ellas la despidieron de inmediato. Se quedaron solas en el pasillo.

Esa iba a ser su nueva vida. Triste, amarga y llena de humillación. Tenía ganas de echarse a llorar.

—No lo pienses, Aurelia.

—¿El qué?

—No cometas la equivocación de dar por supuesto que lo que hemos escuchado en el comedor es verdad.

Él solo estaba actuando decentemente. Siempre nos hemos quejado de que a nuestro padre no le importaba nadie, así que no nos dejemos llevar por las primeras impresiones.

Ningún hombre le haría tal deshonor a su nueva esposa. Ella no puede ser su…

—¿Amante? —la ayudó Aurelia cuando su hermana se quedó en silencio.

—Hay una explicación en todo esto. Ten un poco de paciencia.

—Hay bondad en ti, Cecily, pero podrías estar equivocada en esto. Él tal vez me esté castigando porque no he sido la prometida que esperaba y sospecha que tampoco haré gran cosa para convertirme en una esposa perfecta. No me sorprendería que lo que se rumoreaba fuese cierto.

—No pienses en eso. Ni Westcott fue tan patán como para meter en casa a nadie mientras vivía nuestra madre, ni tampoco tras su muerte.

—¿Y si me he equivocado, Cecily? Debería haber tratado de escapar. El día de hoy ha sido una auténtica pesadilla y no creo que eso vaya a cambiar a corto plazo.

—Lamento decírtelo, Aurelia, pero si quieres que tu vida te pertenezca, vas a tener que poner de tu parte.

—Sabes que no moveré un dedo por él si se confirma que esa mujer es su… —No pudo volver a decir la palabra en alto.

—Haremos una cosa, hermana. No lo condenaremos hasta tener más pruebas.

—Veamos cómo es tu habitación —propuso Aurelia, porque no quería seguir hablando sobre ese asunto.

La alcoba asignada a Cecily estaba preparada con una consideración que, en otro momento, la habría obligado a reconocer la gran atención que había puesto Damian.

Tenía una cama amplia, cortinas claras, la chimenea encendida pese a que no hacía un frío excesivo y contaba además con un suntuoso escritorio junto a la ventana.

Sobre una silla descansaban unas mantas dobladas, y una bandeja con una tetera humeante y un servicio de té las aguardaba sobre una mesa baja.

El lujo y la atención de cada detalle resultaban admirables.

—Lo ha dispuesto todo para ti —murmuró Aurelia, incapaz de sentirse halagada.

Cecily la miró de soslayo.

—¿Eso es bueno o malo?

—Todavía no lo sé.

—Un hombre que se esfuerza así para complacer a la hermana de su esposa no está castigándola, Aurelia. Podría haberme dado una habitación muchísimo más modesta. Esta es la alcoba de un palacio.

Cecily se quitó los guantes y los dejó sobre la mesa.

La jornada también había dejado señales de fatiga en ella.

El vestido que llevaba para la boda, de muselina clara con un ribete azul, la hacía parecer más joven de lo que era.

Demasiado frágil para el miedo que a veces le atravesaba los ojos desde aquella noche en que desapareció del baile.

Aurelia volvió a sentir el impulso de preguntarle dónde había estado, qué ayuda había buscado y qué llevaba guardado detrás de aquella templanza que le ofrecía a cada paso.

No lo hizo. Había demasiados secretos en esa casa para tratar de averiguar otro más.

—¿Quieres que mande traer algo más? —preguntó.

—Quiero que te quedes conmigo y hablemos. Sé que no estás bien y quiero que encuentres consuelo en tu adorable y sabia hermana pequeña.