Capítulo 8 #3
La nueva casa de Aurelia, como su esposo había tenido la audacia de llamarla en la nota que le envió con las indicaciones del almuerzo nupcial, se alzaba en Mayfair con la misma solidez arrogante que ella recordaba demasiado bien.
La fachada, lavada por la luz de la mañana, resultaba menos amenazante que aquella noche, aunque a Aurelia le bastó ver la puerta principal para sentir un frío familiar en la espalda.
De allí la habían expulsado. Y allí había comprendido que el hombre con el que acababa de casarse podía fallarle con la misma facilidad con la que otros mentían.
La fiesta comenzó en una estancia amplia, luminosa, preparada con una elegancia que nada tenía que ver con la casa de Westcott.
Manteles impecables, plata abundante, flores de invernadero y una disposición de mesas pensada para acoger a más invitados de los que Aurelia habría deseado soportar en su primer día como condesa.
Los periódicos podían llamarla la boda del año ; para ella, el verdadero acontecimiento consistía en localizar a Cecily cada pocos minutos y asegurarse de que su padre no se le acercaba demasiado a su hermana.
Lord Westcott estaba presente y se mostraba satisfecho y peligrosamente jovial.
Conversaba, bebía champán y aceptaba las felicitaciones con naturalidad, como si él fuese el artífice de una gran hazaña.
Aurelia lo vigilaba sin girar la cabeza del todo, pendiente de cada movimiento suyo hacia Cecily.
Su hermana procuraba mantenerse cerca de Beatrice y Lavinia, pero incluso así, Aurelia no conseguía relajar los dedos alrededor de la copa que apenas había probado.
—En algún momento tendrá que mirar a su esposo, lady Harrowmere —le susurró él.
La voz de Damian le llegó junto a la oreja y le causó un estremecimiento inadecuado.
Aurelia no se sobresaltó, aunque le molestó que él hubiese logrado acercarse sin que ella lo advirtiera.
Sin embargo, lo más interesante residía en que él sí que se había dado cuenta de que ella rehuía mirarlo.
—¿Es una nueva adenda para el contrato matrimonial, milord?
—Una observación sin más. La creía más valiente, eso es todo —trató de azuzarla.
—Lo tendré en cuenta —dijo, pero no lo miró.
—Deje de apretar así su copa o terminará rompiéndola, milady —le recomendó al ver que ella no le concedería ni un capricho tan simple como dedicarle una mirada.
—Me sorprendería que esta casa no pudiera permitirse otra copa.
—Podría permitirse una docena. Me preocuparía más su mano.
—Qué consideración tan inesperada, aunque debí haberla tenido en cuenta, pues rota no le serviré de mucho, ¿cierto?
—Pruebe a decir eso mientras me mira a los ojos y lo discutiremos.
Ella no se movió y Damian siguió la dirección de su mirada. Cecily estaba al otro lado del salón, escuchando a lady Lavinia con una atención que no ocultaba del todo su cansancio. Lord Westcott permanecía a unos pasos de distancia, hablando con un caballero con la nariz colorada.
—Tengo cosas mejores que hacer que discutir con usted —observó la nueva condesa.
—Su preocupación por su hermana no debería ser una de ellas.
Aurelia volvió el rostro hacia él, pero continuó mirando a un punto fijo a lo lejos.
—¿Otra adenda más que debo tener en cuenta?
—La mantendré lejos de Westcott. A usted y a su hermana. No dude de mi palabra —le dijo, conteniendo su enfado.
—Qué alivio. Por un momento había temido que el matrimonio le hubiese despertado inclinaciones poéticas e hiciese un juramento lleno de amor eterno y suma protección.
La comisura de la boca de Damian se movió como un reflejo mínimo de esa sonrisa que ella detestaba por lo mucho que él parecía complacerse en fastidiarla.
—Si mira detrás de su hermana, verá a un hombre. Ese es Finch y está vigilándola.
—¿A Cecily?
—A ella y a su padre. No correrá ningún peligro.
—Comprenderá que no me sienta especialmente inclinada a confiar la seguridad de mi hermana a uno de sus esbirros.
—Finch es de confianza. Le he encomendado la misión de proteger a su hermana y es lo que hará. Confíe en mí.
Ella soltó una pequeña risa incrédula. Y dejó la copa sobre una mesa cercana.
—Sé bien que no se puede confiar en ningún hombre. Usted no es diferente del resto, lord Harrowmere.
Dio un paso para alejarse, pero Damian la sujetó por la muñeca antes de que pudiera hacerlo.
El contacto fue rápido y firme, aunque sin brusquedad suficiente para llamar la atención de quienes los rodeaban.
Aun así, Aurelia bajó la vista hacia los dedos de él cerrados sobre ella y sintió cómo todo el resentimiento de las tres últimas semanas acudía de golpe.
—Suélteme.
Él no lo hizo, dado que sabía que ella saldría huyendo.
—En mí siempre podrá confiar.
Aurelia levantó el rostro hacia él, pero se concentró en la esmeralda de su alfiler. La frase le pareció un insulto muy personal y ya no resistió el impulso de sacar a relucir lo sucedido cuando le falló:
—Eso es mentira, porque antes de casarnos intenté…
—Milord —se escuchó una voz femenina. La interrupción llegó desde la derecha de ambos.
Aurelia se quedó helada.
La señora Elspeth Vale se hallaba junto a ellos, vestida con la misma elegancia impecable de aquella noche, hermosa y altiva.
Tanto que parecía la dueña de la habitación.
Llevaba las llaves en la cintura y una bandeja pequeña entre las manos, aunque su presencia no parecía obedecer a una simple cuestión doméstica.
Sus ojos verdes pasaron de Damian a la mano que aún retenía la muñeca de Aurelia, y después se posaron en el rostro de la nueva condesa de Harrowmere con lo que resultó un reconocimiento tardío y pleno.
Damian soltó a Aurelia.
—La señora Vale es mi ama de llaves —le anunció él—. Señora Vale, permita que le presente a mi esposa, lady Harrowmere.
—Oh, eso no será necesario, milord —dijo desapasionadamente Aurelia—. Su ama de llaves y yo ya nos conocemos. ¿Se acuerda de mí, señora Vale? Porque yo la recuerdo perfectamente.
Si la venganza se servía en un plato frío, ella estaba disfrutándolo del modo más efusivo posible, porque la satisfacción que le corría por dentro era excepcional.
Pero entonces sucedió algo que Aurelia no hubiese podido prever ni en un millón de años y de nuevo se sintió avergonzada y humillada por su propia culpa.
¿No podría tener un poco de paz ni en el día de su boda?