Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 8 #2
42%

Capítulo 8 #2

El paseo fue peor que el té. Hyde Park estaba lleno de carruajes, jinetes, miradas y damas empeñadas en sonreír en su dirección para poder observarlos mejor.

Damian caminó junto a ella con la distancia correcta y la tensión incorrecta.

Hablaron de las amonestaciones, de la ceremonia, de la conveniencia de mostrarse serenos ante una sociedad que ya había decidido convertirlos en un espectáculo.

De acuerdo. En realidad, fue él quien dirigía la conversación porque ella se limitaba a asentir y sonreír, eso sí, no podía mirarlo, porque cada vez que lo había intentado, recordaba la voz altiva de la señora Vale.

Ella se mostró fría desde el principio y Damian, a mitad del paseo, dejó de tratar de ser educado y se volvió despiadado. Cada frase dicha por él era como un cuchillo que buscaba arrancarle una respuesta que Aurelia se negaba a ofrecerle.

Tan desagradable fue aquello que, antes de dejarla de nuevo en casa, el Conde Oscuro le prometió que no volvería a molestarla hasta el día de la boda.

Aquel aviso sí fue pronunciado con una cortesía extrema; seguramente él habría esperado que ella protestara o que al menos comprendiera la ofensa que le había dispensado en aquellos dos encuentros.

Nada de eso. Aurelia se limitó a inclinar la cabeza y le deseó una mañana agradable.

Él la miró durante un segundo que pareció eterno, y no disimuló una expresión que pudo haber sido furia o decepción —a ella no le importó lo más mínimo— y luego se marchó sin mirar atrás.

Cumplió su palabra.

Aurelia no recibió ninguna visita más.

De lord Harrowmere solo le llegaron instrucciones prácticas.

Primero, le escribió el nombre de una modista de Bond Street que trabajaba solo con las más afortunadas de las damas y era famosa por su excelente gusto, junto con la indicación de que tanto Cecily como ella debían adquirir cuanto necesitasen sin reparar en el coste.

Ellas no fueron a visitarla y él debió ser informado sobre este hecho, porque poco después llegó otra misiva en la que le ordenaba ocuparse de todos los recados relacionados con su vestido de novia, el ajuar y demás necesidades y le recordaba que los gastos quedarían cubiertos por su cuenta.

Aurelia, todavía herida por aquella noche en que su prometido no había servido para nada, decidió obedecer con una docilidad que le provocase un gran agujero en su economía.

Visitó a la modista con Cecily y encargó vestidos de mañana, de paseo, de visita, de cena y varias piezas de gala de noche que habrían hecho palidecer a lord Westcott si aún tuviera una conciencia capaz de medir el valor de algo que no pudiera apostarse.

Luego siguieron de compras. Guantes, chales, zapatos, cintas, sombreros, ropa interior, medias finas, abanicos, pañuelos, un abrigo ligero para Cecily y otro para ella; todo aquello que habían estirado durante dos temporadas, disimulando costuras, remendando encajes y haciendo pasar la austeridad por buen gusto, fue sustituido con una minuciosidad vengativa.

Aurelia esperaba que Damian apareciera para reprenderla por el gasto, o tal vez para recordarle que la libertad no debía confundirse con el despilfarro.

No lo hizo.

Ni una nota de reproche.

Ni una visita.

Ni una pregunta.

A medida que los paquetes llegaban a casa y las criadas subían cajas al dormitorio, Aurelia empezó a imaginarlo demasiado ocupado para revisar las cuentas de su futura esposa.

Quizá tenía mujeres llamando a su puerta con la esperanza de meterse en su cama por la fuerza, tal y como había dicho la señora Vale con tanta soltura, porque sería extremadamente generoso con ellas.

Tal vez, su preciosa ama de llaves había comprobado en sus propias carnes la generosidad de su patrón.

Aurelia cerró los ojos ante el espejo. Luego los abrió y se puso en pie.

Las tres la miraron con una emoción que ella no quería arrojarles a la cara.

La novia que les devolvía la mirada tenía la espalda recta, el rostro sereno y unos ojos demasiado conscientes de cuanto dejaba atrás.

Cecily se acercó primero y le cogió la mano.

Aurelia cerró los dedos sobre los de su hermana, más fuerte de lo conveniente para no llorar antes de llegar a la iglesia.

Si lloraba, todos creerían que lo hacía por emoción.

Y ella no pensaba convertirse en una mártir.

Sería fuerte. No quería casarse con un hombre al que no conocía, que ya le había fallado una vez, pero era muy consciente de que las alternativas a aceptar su sentencia eran demasiado intolerables.

Haría lo prometido. Cumpliría su parte del trato y, cuando Harrowmere consiguiera la colaboración del duque de Ravensholt, ella tal vez lograse ser libre. Con ese pensamiento tan lleno de esperanza todo comenzó.

Llegaron a St George’s, Hanover Square, donde tantas familias de Mayfair llevaban a cabo los bautizos, funerales y matrimonios.

La iglesia estaba abarrotada mucho antes de que la novia llegase.

Nadie quería perderse la boda del año para saber si ella se casaría o no, aunque muchos habrían jurado ante el altar que habían acudido por consideración a los novios.

Aurelia entró del brazo de lord Westcott.

Su padre llevaba un frac nuevo y adecuado que el Conde Oscuro se habría encargado de que él estrenase.

Ella no le dirigió la palabra a su progenitor.

Tampoco le concedió la satisfacción de notar el temblor que intentaba subirle desde las rodillas.

Caminó hacia el altar con la vista fija al frente, consciente del roce de la muselina alrededor de sus piernas, del rumor que la precedía y de que Cecily estaba sentada en el primer banco junto a Beatrice y Lavinia.

Damian Dargrove la esperaba al lado del clérigo.

Vestía de negro, por supuesto. Llevaba un frac oscuro y un chaleco color crema muy sobrio; la camisa era de una blancura impecable y el alfiler con una esmeralda le sujetaba el pañuelo de la corbata.

Su rostro no mostraba nada. Ni triunfo o impaciencia, y por descontado que no había rastro de ternura.

Cuando Aurelia llegó hasta su lado, Damian inclinó la cabeza con una corrección perfecta, y ella tuvo la impresión de que todas las miradas de la iglesia se estrechaban alrededor de ese pequeño gesto.

La ceremonia del sacramento matrimonial comenzó.

Aurelia respondió cuando debía, se arrodilló cuando el rito lo exigió y escuchó las palabras del clérigo con atención.

Amar, honrar y obedecer. Cada término llegaba hasta ella con una ironía despiadada.

Amar no entraba en el acuerdo. Honrar dependería de la habilidad de Harrowmere para no comportarse igual que los hombres que habían hecho de la palabra honor una cortina de humo.

Obedecer era una exigencia que la Iglesia pronunciaba con demasiada facilidad.

Cuando llegó el momento de unir las manos, Damian sostuvo la suya con firmeza.

La misma presión exacta de la noche del pacto.

Ni posesiva delante del mundo, y tampoco fría.

Solo correcta. Aurelia sintió la mirada de él sobre su perfil, pero no levantó los ojos del suelo. Seguía sin poder mirarlo a los ojos.

Ella recitó sus votos.

Él dijo los suyos.

El anillo, sencillo y de oro, se deslizó sobre su dedo con facilidad, pero la presión que comenzó a percibir en su cuello fue tremenda. Ella había cambiado de dueño. Le pertenecía a Harrowmere igual que sus caballos y muebles.

Qué poco alentador…

Después, el clérigo pronunció las palabras finales y el murmullo de la iglesia pareció hincharse con gran expectativa.

El beso.

Aurelia notó que Damian se inclinaba hacia ella. Su voz le llegó muy baja, destinada solo a sus oídos, grave y medida entre el rumor de los bancos para decirle:

—Deme permiso para besarla.

Ella giró apenas el rostro hacia él, sorprendida. No había previsto ese giro, pero ¿qué se podía esperar de un hombre que regía su mundo sobre la base de acuerdos? ¿Acaso no había jurado que no la tocaría de modo inapropiado a no ser que ella se lo rogase?

Era un beso que Dios les exigía para sellar la unión; sería una nimiedad y, sin embargo, no podía olvidarse de la señora Vale y la partida de cartas.

Negó con la cabeza de un modo tan leve que nadie más pudo advertirlo.

Algo cambió en los ojos de Damian. No fue sorpresa. Fue una irritación rápida, sofocada antes de adquirir forma. Él no insistió. Se limitó a cogerle la mano que ya tenía unida a la suya, la elevó con una calma impecable y depositó un beso sobre el anillo que acababa de colocarle.

El gesto fue lo bastante íntimo para satisfacer al público y lo suficientemente distante para no romper la promesa.

La iglesia respondió con un murmullo emocionado.

Algunas damas sonrieron convencidas de haber presenciado una delicadeza extraordinaria.

Una viuda cercana se llevó el pañuelo a los labios.

Lavinia, desde el primer banco, entornó los ojos con sospecha, porque conocía demasiado bien a Aurelia como para creer en milagros decorativos.

Cecily permaneció inmóvil. Beatrice bajó la mirada, quizá para ocultar una expresión que combinaba alivio y una preocupación más profunda.

Damian le soltó la mano a Aurelia solo cuando el rito hubo terminado.

Ya eran marido y mujer y, por lo tanto, el acuerdo se merecía una celebración. Los invitados más allegados se trasladaron al hogar de lord Harrowmere.