Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

La realidad de un acuerdo

NOTICIAS DE SOCIEDAD

Esta columna puede confirmar que lady A. W ., cuya situación personal ha despertado cierta inquietud entre quienes conocen las circunstancias de su familia, contraerá matrimonio en breve con lord H ., más conocido como el Conde Oscuro .

La noticia ha sorprendido a quienes habían advertido las atenciones particularmente insistentes de otro caballero de elevado rango hacia la joven dama.

Dicho caballero, lord A ., célebre por su fortuna, su indiscutible atractivo y una ligereza que puede ser confundida con encanto, parecía considerar que la admiración manifestada bastaría para obtener cuanto desease.

Al parecer, lady A. W . ha demostrado que no todas las damas se dejan convencer por una sonrisa bien ensayada.

Tampoco habrá pasado inadvertido para los lectores más perspicaces que el padre de la novia, demasiado aficionado a las mesas de juego, ha visto el enlace con muy buenos ojos.

Lord H . posee una fortuna formidable, un título que algunos continúan considerando que no merece y una reputación capaz de hacer que más de una madre esconda a sus hijas.

Sin embargo, nadie que haya visto cómo Londres se aparta a su paso podrá negar que el Conde Oscuro es un hombre al que resulta más sensato tener de aliado que de enemigo.

La ceremonia, prevista para celebrarse en St George’s, en Hanover Square, reunirá sin duda a la mayor parte de la sociedad londinense.

Habrá quienes acudan por afecto, otros lo harán por curiosidad y no pocos para averiguar si la futura condesa de H.

acepta el matrimonio o sale corriendo. Las apuestas han comenzado a circular y el padre de la muchacha ya está sacando tajada.

¿Quién iba a pensar que una dama tan poco especial como lady A.

W. atraería sobre sí misma la atención de dos caballeros, que, según se rumorea, lucharon encarnizadamente por conseguir su mano, para gran beneficio de su progenitor?

La Pluma Indiscreta.

Y el día de la boda llegó. Lady Aurelia Westcott se encontraba sentada frente al tocador de su dormitorio.

No se reconocía en la imagen que le devolvía el espejo.

El vestido era de un gris plateado tan pálido que, bajo la luz de la mañana, parecía guardar el brillo frío de una perla.

La modista había dispuesto una capa de red bordada con hilos de plata sobre una falda de seda marfil, y el talle alto realzaba la línea esbelta de su figura sin volverla frágil.

Unas pequeñas perlas sostenían el velo de gasa ligera, mientras el borde de las mangas recogía un encaje fino que relucía al menor movimiento.

Era una novia, pero Aurelia sabía que no estaba enamorada.

Era irónico. Toda su vida había estado despreciando el amor, sintiendo que era una debilidad innecesaria, pero, llegada la hora de la verdad, le habría gustado al menos tener un poco de esperanza, saber que se casaba con un hombre con quien podría encontrar la felicidad.

La culpa era de Cecily. Tanto insistió aquella noche que ella acabó anhelando lo que tan apasionadamente su hermana defendió.

Amor.

¡Qué palabra tan pobre y maldita en su familia!

¿Cómo se debió sentir Georgiana cuando se casó con el duque de Ravensholt?

Su amiga se veía radiante, tal como ella se veía en el espejo, pero en los ojos de Georgiana hubo mucho más.

Esa chispa que evidenciaba amor y que hizo que Aurelia se compadeciese de ella por haber sido tan incauta.

Ah, pero los meses habían pasado y las cartas que les llegaban de Georgiana, mientras recorría Europa con su amado duque, seguían conteniendo ese sentimiento sincero que todas presenciaron.

El amor no importaba. Aurelia estaba preparada para aceptar, en una ceremonia pública, un matrimonio que había empezado como cualquier otro asunto importante de lord Harrowmere: con un acuerdo del que ninguno de los dos pensaba retirarse.

Lo había intentado. Durante las tres semanas pasadas, la hija mayor de Westcott había tratado de escapar de su destino.

Cierto que no puso demasiado empeño; solo se limitó a dejar que la decepción hablase por ella cada vez que se topó con Damian.

Ese era su nombre de pila, uno que ella no pensaba utilizar ni en privado.

A su espalda, Cecily, Beatrice y Lavinia se movían, cuchicheaban y sonreían.

Una de ellas le estaba colocando una horquilla, mientras otra revisaba que el velo le cayese con gracia sobre los hombros.

Su hermana estaba retirando del lecho un par de cintas que habían sido descartadas.

Trataban de actuar como si no fuese una novia comprada, una dama que se había vendido porque no tuvo más remedio.

Aurelia estaba dispuesta a entrar en una iglesia abarrotada y convertirse en la condesa de Harrowmere sin que la voz le temblase en el momento de pronunciar su parte de los votos.

Las amonestaciones habían sido leídas durante tres domingos consecutivos, según exigía la forma ordinaria para celebrar un matrimonio, y en cada una de esas mañanas Aurelia había sentido la misma curiosa sensación de ir perdiendo un pedazo de sí misma ante testigos que ni siquiera comprendían lo que presenciaban.

Los nombres de Damian Dargrove y Aurelia Westcott, pronunciados juntos desde un púlpito, habían despertado un murmullo que resonó por Mayfair, St James’s e incluso en los clubes donde los hombres apostaban sobre toda clase de situaciones, incluida su propia boda.

La Pluma Indiscreta había sacado a la luz la noticia del matrimonio antes que la competencia, por así decirlo. Aurelia decidió que, si los susurros sobre sus circunstancias iban a sonar, lo más adecuado sería manejarlos ella misma.

Las cuatro escribieron la nota. Y lo habían conseguido: la boda entre la hija mayor del conde de Westcott y el temido lord Harrowmere era, sin necesidad de adornos, el acontecimiento más comentado de la temporada.

Los periódicos la habían llamado «la boda del año» con una satisfacción que resultaba insultante, pues nadie parecía preguntarse qué clase de año era aquel en el que una mujer podía convertirse en noticia por haber sido negociada con más eficacia que una finca endeudada.

Durante aquellas tres semanas, Damian Dargrove había hecho acto de presencia en casa de las hermanas Westcott una sola vez para tomar el té, y seguramente lo hizo debido a la nota de la Pluma Indiscreta .

Fue cinco días después de que sellaran el acuerdo en el despacho, y Aurelia había comprendido, en cuanto lo vio cruzar el umbral de la salita con su habitual serenidad oscura, que él no tenía la menor idea de lo sucedido en su propia casa la noche en que ella acudió a pedirle ayuda.

Eso, lejos de aliviarla, la enfureció de una manera más persistente.

Harrowmere podía coleccionar deudas, vigilar a los hombres, organizar partidas clandestinas de cartas en su propia casa, pero no sabía que la mujer a la que iba a convertir en su condesa había sido expulsada de su residencia por el ama de llaves mientras él se entregaba al juego y, seguramente, a los brazos de la mujer que le cerró la puerta en las narices sin pestañear.

Aquella visita para tomar el té había sido una obligación insoportable para ambos. Damian se sentó frente a ella, aceptó el té sin azúcar e hizo algunas preguntas sobre los preparativos del enlace que terminaron por irritarla casi tanto como su presencia. Aurelia se limitó a hablar lo justo.

Ni una frase que pudiera confundirse con calidez.

Ni una muestra de gratitud o la menor concesión a la idea de que aquel matrimonio pudiese parecer normal por el simple hecho de que un conde tomase un té con su futura esposa, bajo la mirada atenta de una hermana menor muy entrometida que lo analizaba más que la propia Aurelia.

Él tardó menos de lo que ella esperaba en advertir su indiferencia.

Estaba enfadado porque su prometida no lo trataba como él pensaba que debería hacerlo.

Primero se volvió más audaz en sus reflexiones y, como ella no reaccionaba tal y como él deseaba ni Cecily le echaba una mano para suavizar la tensión, Damian comenzó a estudiarla con una frialdad que parecía buscar la costura rota por la que abrirse camino para causarle alguna reacción.

Aurelia estaba acostumbrada a lidiar con Westcott, así que era capaz de permanecer impasible ante las más descabelladas observaciones, por lo que él no podía ganar esa batalla.

Al final, cuando la tensión comenzó a escalar de un modo alarmante, Cecily abandonó la salita para atender un asunto urgente del todo falso y Harrowmere le lanzó una observación mordaz sobre la escasa amabilidad que ella le dispensaba al hombre que iba a convertirse en su marido.

Aurelia, que tenía en la mente la imagen de aquella puerta cerrándose en Mayfair, se limitó a mirarlo con una cortesía tan helada que provocó que el Conde Oscuro se marchase enfurecido.

Hubo un sonoro portazo y todo. Seguro que aquella ama de llaves había aprendido de su patrón a ofrecerlos de igual modo.

No obstante, Aurelia se sorprendió por sus reacciones, pues había estado segura de que los hombres de su clase, o al menos los que se habían construido a sí mismos a base de recibir duros reveses, no desperdiciaban la ira en gestos tan pobres, y más cuando tenían que ver con una mujer insolente.

Días después llegó una nota. Lord Harrowmere pasaría a buscarla a media mañana para pasear por Hyde Park y, de la forma más educada posible, le advertía que no admitiría una negativa por respuesta; sin embargo, era una orden directa que dejaba claro que él impondría su voluntad siempre que así lo considerase oportuno.

Aurelia no osó desafiarlo y aceptó porque rechazarlo habría alimentado rumores que ya estaban gordos de tanto comer de su desgracia, y porque lady Aurelia, futura condesa de Harrowmere, debía aprender a mostrarse en público junto al hombre con el que iba a casarse.