Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—No me ha dado la impresión de que sea la clase de hombre que le pondría una mano encima a alguien a quien debiera proteger.

—Eso no me basta.

—A mí tampoco, pero es lo que tenemos.

Cecily se apartó y caminó hacia la mesa donde Aurelia había dejado la taza de té intacta. Miró el líquido y suspiró.

—Yo habría querido evitarte este mal, Aurelia.

—Nadie podía salvarme de las garras de padre. Ahora, por favor, dime dónde has estado esta noche.

Cecily negó despacio.

—No importa.

—Importa si has estado en peligro. Por favor, cuéntamelo —insistió.

—Fui a buscar ayuda. Pensé que quizá alguien podría impedir que padre cerrara un acuerdo con Ashwick, pero en realidad…

—Negó un par de veces con la cabeza—. No importa.

Eso es parte del pasado. Y tú ya has dicho que vas a casarte con el Conde Oscuro.

¡Dios santo! ¡Estás prometida! ¡Prometida al Conde Oscuro!

—Cecily, no trates de desviar la conversación.

—No quiero hablar de eso. Además, tenemos mucho en lo que pensar. ¿Cuándo será la boda? ¿Qué vestido utilizarás? ¿Cuántos invitados habrá?

—Sigo esperando que me cuentes…

—Tú has decidido casarte con Harrowmere sin contar con mi opinión. No me pidas explicaciones —la avisó.

—Eso que dices es inaceptable.

—Lo sé —admitió Cecily—. Pero es la única respuesta que puedo darte esta noche. Estoy en casa, he regresado perfectamente bien, ¿qué más quieres que te diga? Salí a buscar ayuda y tú vas a casarte. Nada más importa por el momento.

Aurelia la observó con más atención. Sabía que no sacaría nada de Cecily.

Cuando ella decidía que la conversación estaba agotada, no había nada que hacer.

En otro momento, la habría presionado hasta arrancarle lo sucedido.

En esos instantes, la veía pálida, agotada y demasiado decidida a guardar silencio.

Y Aurelia también ocultaba algo. Si ella misma no estaba dispuesta a compartir su propia vergüenza, ¿con qué derecho podía exigirle a Cecily que hablase sin tapujos?

—Está bien —dijo al fin la hermana mayor.

La menor de las Westcott levantó la mirada.

—¿No vas a insistir?

—Claro que voy a insistir. Mañana. O pasado. Probablemente durante toda la vida, si te empeñas en parecer misteriosa. Ya sabes que tengo talento para la perseverancia, pero es tarde, estamos cansadas y por la mañana todo se verá con otra luz.

—Gracias.

—No vuelvas a darme un susto como este. Te lo advierto, Cecily, te encerraré bajo llave y no te dejaré salir jamás.

Ambas volvieron a abrazarse.

—Lo siento —dijo—. Siento haberte asustado.

—No vuelvas a desaparecer de ese modo.

—No lo haré.

—Júramelo.

—Te juro que no volveré a marcharme sin intentar avisarte.

—Eso no es lo que te he pedido.

—Es lo que puedo jurar. Tú has elegido tu vida, no me culpes por hacer yo lo mismo.

Aurelia la miró con preocupación otra vez, pero su hermana ya había empezado a moverse hacia la puerta.

—Cecily —la llamó.

La aludida se volvió.

—¿Sí?

—Sea lo que sea lo que hayas hecho esta noche… ¿Debo preocuparme?

Cecily sonrió. Una sonrisa pequeña.

—No.

Y salió.

Aurelia permaneció en la biblioteca un instante más.

El alivio de tener a su hermana en casa era evidente, pero le daba en la nariz que algo había ocurrido.

Cecily había regresado distinta, más misteriosa que nunca.

Había hablado de pedir ayuda. ¿El auxilio de quién?

Ellas no tenían secretos; ¿por qué, entonces, no le había explicado lo sucedido?

Se pasó una mano por la frente. Aurelia ya tenía suficientes problemas por el momento.

Como su hermana estaba en casa, ya se preocuparía de lo sucedido más adelante, cuando ella estuviese dispuesta a hablar la escucharía.

Mientras, en la planta superior, Cecily cerraba la puerta de su dormitorio para después apoyarse contra la madera.

Respiró despacio, igual que si cada inhalación tuviera que cruzar un campo sembrado de consecuencias.

Había salido del baile convencida de que podía salvar a Aurelia.

Había hecho lo único que se le ocurrió, lo único que quizá una muchacha sin dinero ni autoridad podía ofrecer cuando la desesperación la empujaba contra el borde de un precipicio.

Y, pese a todo, Aurelia iba a casarse con el Conde Oscuro.

Su sacrificio no había servido de nada.

Aurelia daría su vida por ella sin vacilar, de eso Cecily nunca había dudado. Lo terrible era que aquella noche ella había decidido empezar a pagarle con la misma moneda, y el precio acordado no fue pequeño.

Se negó a pensar que había cometido una gran y temible equivocación al haber actuado sin pensar.

Cecily apagó la vela que había junto a la puerta y avanzó hacia la ventana. Apoyó la frente contra el vidrio frío. Tenía miedo, sí. Muchísimo. No obstante, tal y como había dicho su hermana, ya no había marcha atrás, así que seguiría adelante y asumiría el peso de sus acciones.

Ya vería hacia dónde la llevaría su propia imprudencia.

Y, cuando llegara el momento, rezaría para que Aurelia no la juzgase por haber intentado salvarla pese a no haberlo conseguido.