Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

La emoción de la esperanza

La biblioteca de la planta baja había sido siempre una estancia más decorativa que útil en la casa de lord Westcott.

Su padre no leía, salvo cartas de acreedores cuando ya no le quedaba más remedio, y las pocas obras con lomos dorados que seguían ocupando los estantes llevaban años colocadas con una pulcritud sospechosa, demasiado perfectas para haber sido abiertas por unas manos masculinas interesadas.

Aurelia había terminado allí por una razón sencilla: desde la biblioteca podía oír la puerta principal, los pasos de cualquier criado en el vestíbulo y el sonido de un carruaje que se detuviese frente a la casa antes de que nadie fuese anunciado.

Beatrice se había despedido de ella hacía más de una hora, después de resistirse a dejarla sola.

Había intentado quedarse y esperar con ella.

Aurelia la había obligado a regresar a su casa antes de que lord Loxley recordase que tenía una hija y decidiera usar aquel descuido para culparla de alguna indecencia.

Lavinia tampoco estaba por ninguna parte.

La espera la estaba devorando. No había pensado en el compromiso tanto como habría debido.

La locura de haber aceptado casarse con Damian Dargrove, conde de Harrowmere, había quedado apartada en un rincón de su mente, igual que un mueble enorme cubierto por una sábana que tarde o temprano tendría que levantar.

En cualquier otro momento habría repasado cada palabra dicha en aquel despacho, promesa o gesto con mayor atención, pero Cecily no estaba en casa y eso le preocupaba muchísimo más. El resto era secundario.

Aurelia permanecía sentada en el sillón más cercano a la chimenea. Había dejado de mirar el reloj después de la cuarta vez que las agujas le demostraron que el tiempo podía avanzar sin traer alivio. Lord Westcott tampoco había regresado. Eso último no era extraño, desde luego.

¿Y si su padre hubiese encontrado a Cecily y la hubiese obligado a hacer alguna calamidad?

Aurelia cerró los ojos y apoyó una mano sobre el brazo del sillón.

Había rezado. Ella, que llevaba mucho tiempo sin pedirle nada a Dios porque sospechaba que el cielo tenía el molesto hábito de no contestar a las peticiones de las mujeres desesperadas, había rezado con humildad y esperanza.

Había pedido que Cecily estuviese viva, a salvo y lejos de su padre, y que Lavinia hubiese sabido también llegar a su casa a salvo.

El ruido del aldabón la levantó del sillón antes de que terminara de sonar.

Cruzó la biblioteca, abrió la puerta y salió al vestíbulo en el mismo instante en que un lacayo somnoliento se apresuraba a atender la llamada.

Lo despidió al punto. La lámpara de la entrada estaba baja, el aire olía a cera consumida y el frío de madrugada era muy evidente.

Entonces sucedió el milagro.

Cecily figuraba en el umbral de la puerta.

Su hermana llevaba la capa cerrada hasta el cuello, el peinado deshecho en algunos mechones que se le habían escapado alrededor del rostro y las mejillas las tenía pálidas, aunque sus ojos seguían teniendo esa luz firme que tanto confundía a quienes insistían en verla como una criatura dócil.

No parecía herida y estaba, por fin allí, ante ella.

Aurelia no esperó a que entrara del todo.

La abrazó con tanta fuerza que Cecily emitió un pequeño sonido de sorpresa.

—¡Aurelia…!

La hermana mayor no pudo contestar. La sujetaba contra sí, notando el frío de la capa, el temblor leve de su hermana y la realidad bendita de un cuerpo vivo entre sus brazos.

Algo se rompió dentro de ella con una violencia destructiva.

Había aguantado demasiado sin derramar una sola lágrima.

Soportó la humillación cuando escuchó las palabras de su padre, luego llegó la negociación con Harrowmere y más tarde la decepción de no poder contar con la ayuda de él.

Al ver a Cecily sana, la fuerza que la había mantenido serena todo el tiempo durante aquella infernal noche cedió sin más.

Lloró contra su hombro, sin sollozar al principio, aunque poco después dejó que toda la congoja saliese a flote.

Cecily la abrazaba también.

—Estoy bien —susurró su hermana pequeña—. Estoy bien, te lo juro.

Aurelia se apartó un instante para mirarle el rostro. Le tocó las mejillas, la barbilla, la frente… igual que si necesitara comprobar que no había heridas ocultas bajo la piel.

—¿Dónde has estado? —le preguntó, y el alivio no logró suavizar del todo el temblor de su voz—. ¿En qué estabas pensando, Cecily? ¿Tienes la menor idea de lo que he pasado imaginando que nuestro padre pudiese haberte encontrado? ¿Sabes lo que puede hacer ese hombre cuando se ve acorralado?

—Lo siento —musitó.

Aurelia se quedó inmóvil un instante.

—No vuelvas a hacerme esto jamás. Entra en casa.

Cecily obedeció. Aurelia cogió a su hermana de la mano y la llevó a la biblioteca.

Al llegar, cerró la puerta. La hermana menor miró la estancia y observó las velas gastadas, una taza de té intacta sobre una mesa, la capa de Aurelia mal colocada a un lado y sus guantes abandonados en el sillón.

Al comprender que su hermana se había preocupado tanto por ella, Cecily se sintió mal.

—Soy capaz de cuidarme sola, Aurelia. No quiero que sufras nunca más por mí —le pidió.

—Eres mi hermana pequeña, no puedes pedirme ese imposible. ¿Qué creías que haría mientras estabas desaparecida? ¿Dormir plácidamente? No soy como nuestro padre, siempre me preocuparé por ti.

—No desaparecí.

—Te marchaste sin decirme adónde ibas.

—Debes comprenderme: no podía quedarme de brazos cruzados. Yo también tengo ideas; planes, por decirlo de alguna manera.

Aurelia soltó una pequeña risa temblorosa. Era incapaz de decidir si debía zarandearla o volver a abrazarla hasta que ambas se quedaran sin aire.

—Por una vez en tu vida, Cecily, habría agradecido que te conformaras con estar sentada en una silla pareciendo encantadora y sensata.

—Sabes muy bien que no soy tan encantadora ni tan sensata.

—Lo de encantadora puedo discutirlo. Lo de sensata acaba de sufrir un daño irreparable.

Cecily se quitó la capa y la dejó sobre el respaldo de una silla.

Parecía cansada. Más que cansada, pensó Aurelia.

Había algo en su postura que la inquietaba.

Era como si aquella noche hubiese dejado una sombra sobre Cecily, una marca invisible que Aurelia no sabía identificar del todo.

¿Qué sería? Definitivamente, su hermana no parecía ella misma. Estaba… ¿cambiada?

—Vi a padre llevarte fuera del salón —dijo Cecily—. Después vi que Ashwick os seguía. No soy una niña. Comprendí lo que iba a suceder enseguida.

Aurelia se estremeció al escuchar ese título. Detestaba a Ashwick, aunque no podía dejar de preguntarse si ese hombre la habría ayudado esa noche si ella hubiese acabado siendo su prometida. Apartó ese pensamiento. No confiaría en nadie más que en sí misma.

—No deberías haber desaparecido. ¿Dónde fuiste?

—¿Y qué debía hacer? ¿Esperar a que regresaras comprometida con ese hombre al que no quieres?

—Beatrice me dijo que te fuiste con Lavinia.

—Me ayudó a salir.

—¿Dónde está ella?

—En su casa, supongo. Nos separamos después.

Aurelia frunció el ceño.

—¿Después de qué?

Cecily evitó su mirada. La menor caminó hacia la ventana más próxima y se interesó por las sombras que se dibujaban en la calle.

—Fui a buscar ayuda, Aurelia.

—¿Qué clase de ayuda?

—La que creí que podía encontrar.

—Cecily, dime qué has hecho esta noche —trató de sonsacarle lo que necesitaba saber.

—No tienes que casarte con Ashwick —dijo ella de pronto, al tiempo que se volvía hacia su hermana—. Eso es lo importante. No tienes que hacerlo. Debes confiar en mí.

Aurelia se llevó una mano a la frente.

—¿Qué has hecho, Cecily? —insistió.

—Tratar de solucionar nuestros problemas.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No vas a casarte con Ashwick y eso es lo importante —insistió.

—Hay cosas que no sabes. Lo que sí debes saber es que he estado terriblemente preocupada por ti y tú has regresado a casa y no me ofreces las explicaciones que sabes que debes darme de inmediato —la sermoneó.

La hermana menor apretó los labios. Durante un instante parecía la muchacha de diecinueve años que era, demasiado joven para tener que sentarse a negociar con el mundo y excesivamente orgullosa como para admitir que quizá le temblaban las rodillas.

Aurelia sintió que el corazón se le encogía.

Había querido protegerla de todo mal porque esa era la función de las hermanas mayores.

¿Por qué sentía que le había fallado de algún modo?

—¿Qué más quieres saber? Ya te he dicho lo importante. No te casarás con…

—No voy a casarme con Ashwick porque, aunque tuviste razón al intuir lo que padre se proponía, todo cambió drásticamente. Ashwick está, espero, definitivamente fuera de mi vida —la interrumpió Aurelia.

Cecily cerró los ojos con alivio.

—Gracias a Dios.

—Me he comprometido con lord Harrowmere.

El alivio desapareció de golpe.

—¿Con quién?

—Harrowmere —repitió el título de él.

Cecily la miró durante unos segundos, y Aurelia percibió el momento exacto en que su hermana recordó el baile que había compartido con él. Se quedó con la boca ligeramente abierta.

—El Conde Oscuro —murmuró.

—Ese mismo.

—Aurelia, no.

—Sí.

—Ese hombre tiene una reputación terrible.

—Lo sé.

—La gente dice que él…

—También he oído esos rumores. No los repitas, no traerán nada bueno ahora mismo.

—Pero es un hombre sin moral; hizo su fortuna en la guerra y dicen que poco le preocupaba que…

—Estoy al corriente de cada palabra que circula o ha circulado sobre él. Por favor, Cecily —le suplicó que no la inquietase más.

La hermana pequeña se llevó una mano al pecho, como si el vestido le apretara de pronto.

—No permitiré que te cases con él, Aurelia, y es mi última palabra.

Cecily hablaba con una fe que le partía el alma.

—No hay marcha atrás.

—Tiene que haberla.

—Le he dado mi palabra.