Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La idea apareció con tal brusquedad que a punto estuvo de emitir una risa amarga.

Había aceptado casarse con él hacía menos de una hora porque aquel hombre le había jurado que protegería a Cecily y se había apoyado en su palabra con una confianza desesperada, más propia de una loca que de una mujer sensata.

Pues bien, la primera ocasión para comprobar la solidez de aquel juramento había llegado antes de que el anillo existiera y de que el contrato se redactara.

—Tengo que buscar ayuda y para eso he de ir a casa de lord Harrowmere.

Beatrice abrió mucho los ojos.

—¿Del Conde Oscuro?

—El mismo.

—¿Por qué?

—Es una larga historia y ahora mismo no andamos sobradas de tiempo, así que te contaré lo fundamental: voy a casarme con él, Beatrice.

Me ha jurado que nos protegería a Cecily y a mí, y quiero saber si sus juramentos sirven para algo fuera de un despacho cerrado.

No se me ocurre un momento más propicio para poner a prueba sus palabras.

Su amiga se quedó con la boca abierta. Y, como la hija de Loxley era consciente de que no había tiempo para llevar a cabo un interrogatorio más exhaustivo, dejó las preguntas para otro momento, aunque al fin había entendido ese interés tan repentido de Harrowmere por su mejor amiga.

—Iré contigo.

—No deberías.

—Desde luego que sí. Si vas sola a casa de un soltero en plena noche, pasado mañana la Pluma Indiscreta tendrá que escribir una columna entera para defenderte de la propia Pluma Indiscreta .

Aurelia la miró un instante y le sonrió.

—Gracias.

—No me las des todavía. Es posible que acabemos llamando a la puerta del Conde Oscuro, en plena noche, para pedirle que encuentre a tu hermana después de que haya tenido tiempo de arrepentirse de casarse contigo. Si esto no nos condena socialmente, nada lo hará.

Ambas pusieron rumbo al hogar de su prometido.

Por suerte, el cochero de su padre ya había regresado a casa —eso significaba que Westcott estaría ocupado durante varios días— y el conductor sabía bien la dirección de la casa de Harrowmere porque, al parecer, lo había llevado allí con asiduidad porque era el lugar donde se jugaban partidas importantes de cartas.

Durante el trayecto, Aurelia aprovechó para contarle todo lo que había acontecido con Ashwick y Harrowmere esa noche y su amiga le infundió ánimos.

¿Qué más podría hacer la amable Beatrice?

Entre confesiones y lamentos llegaron a su destino.

La residencia de lord Harrowmere apareció al final de una calle ancha y muy bien iluminada, con una fachada de piedra clara que exhibía un gran lujo.

No tenía la gracia de ciertas casas aristocráticas más antiguas, pero sí una solidez inquebrantable.

Aurelia comprendió enseguida por qué la sociedad lo odiaba tanto.

La casa parecía un reflejo mismo de su dueño, pues había sido construida para lucir espectacular y no parecía dispuesta a disculparse por ocupar su espacio y llamar la atención.

Un lacayo con librea oscura abrió la puerta después del segundo golpe.

Era joven, y por la expresión que Aurelia vio en su rostro, consideró que él había sido entrenado para no mostrar sorpresa, aunque ver a dos damas en la escalinata a esas horas puso a prueba su disciplina y se le escapó un pequeño destello de incredulidad.

—Necesito ver a lord Harrowmere —le informó Aurelia.

El lacayo no hacía más que mirar de una a otra. Y al final habló:

—Milord no recibe visitas esta noche.

—Dígale que lady Aurelia Westcott desea hablar con él. Es urgente.

—No puedo…

—La que no puede irse de aquí sin ver a su patrón soy yo. Más le vale ir a por él de inmediato —lo cortó con una altivez aristocrática que obligaría a cualquiera a plegarse a sus deseos. Al menos, haber nacido en la alta sociedad le había permitido aprender a dar órdenes con gran maestría.

—Aguarden aquí, por favor.

El lacayo se retiró unos pasos, sin cerrar la puerta del todo tras ellas.

En el interior les llegó un murmullo lejano, masculino, acompañado por una risa baja y el sonido inequívoco de cristales.

No tenía el aspecto de ser una velada respetable.

Olía a humo; seguro que habría licor caro de por medio y él estaría disfrutando de una clase de intimidad masculina que las mujeres decentes debían fingir ignorar porque los hombres la consideraban parte natural de su libertad.

Aurelia sintió que el estómago volvía a cerrársele.

Entonces llegó hasta ellas una voz femenina que sonaba desde algún lugar cercano al vestíbulo con una claridad venenosa:

—¿Por qué no se dan por vencidas? Si él no las invita, no entiendo por qué tantas insisten en meterse en su cama por la fuerza.

Beatrice se quedó inmóvil junto a ella.

Aurelia oyó cada palabra, y también percibió el roce de unos pasos decididos y el frufrú de una falda de seda.

Cuando la mujer apareció frente a ellas, Aurelia comprendió que no se trataba de una criada ordinaria.

Era hermosa de un modo inquietante. Tendría unos treinta años, quizá alguno más, el cabello castaño oscuro recogido con una pulcritud impecable, la piel clara, los ojos verdes y una figura elegante bajo un vestido de tono burdeos que ninguna muchacha del servicio habría llevado sin permiso.

Sus llaves colgaban de la cintura, prueba suficiente de su cargo, y aun así había en ella algo más cercano a una dama poco paciente que a una simple ama de llaves.

—Soy la señora Elspeth Vale, ama de llaves de lord Harrowmere.

Me temo que han elegido una noche poco conveniente para presentarse en la puerta de mi patrón.

—Mientras les hablaba, les prestaba poca atención.

Seguro que las consideraba a ellas, que eran dos hijas de nobles, una molestia de la que deseaba deshacerse de inmediato.

Aurelia decidió no darle importancia a las palabras que había escuchado sobre mujeres y camas. Beatrice hizo lo mismo.

—Necesito ver a lord Harrowmere —le indicó Aurelia.

—Milord está ocupado —respondió sin mirarlas.

Ella tuvo ganas de decirle que hacerles el vacío no las haría marcharse, pero se reprimió.

—Eso ya me lo había dicho su lacayo.

—Entonces el muchacho ha cumplido bien con su cometido. Les deseo buenas noches.

La mujer se colocó delante de ellas y comenzó a azuzarlas para que salieran de la casa. Ambas fueron retrocediendo debido a lo inesperado que les resultó el gesto.

—No me ha entendido, señora Vale. Debe anunciarme.

Los ojos verdes de la mujer se enfriaron.

—La he entendido perfectamente, muchacha. Esta casa recibe a quien lord Harrowmere ordena y no están en la lista de invitados.

—Soy su prometida, a mí sí me recibirá —le dijo Aurelia desafiante.

La señora Vale le mostró una sonrisa suave, casi compasiva.

—Esa excusa sí que resulta asombrosa. Debo decir que el ingenio de las chicas de su clase está en alza.

—¡Voy a casarme con él! —exclamó con mayor seguridad.

—Naturalmente que sí. Pero hoy lord Harrowmere no está de humor ni para… entretenerse con su prometida. Está ocupado ya con otro asunto.

—Es la verdad, no le cuento ninguna mentira —trató de hacerla comprender.

—Por supuesto que no miente —expresó llena de condescendencia la otra—. Regrese mañana por la mañana y él tal vez pueda darle el revolcón que usted está buscando esta noche.

Aurelia sintió una humillación tan viva que durante un segundo dejó de pensar en Cecily.

Aquella mujer no la creía porque, para ella, Aurelia no era distinta de cualquier otra que hubiera llegado hasta esa puerta buscando un favor, una cama o un futuro.

Y ahí quedó confirmado que el hombre con el que acababa de comprometerse no era más que otro libertino como su padre, con la excepción de que él no siempre perdía apostando.

¡Mentiroso! Tuvo ganas de entrar corriendo y gritarle a la cara que le había prometido que la protegería y que a la primera ocasión ya le había fallado.

Dios de los cielos, se iba a convertir en su madre porque había accedido a casarse con él.

Harrowmere sería otro marido al que una esposa tendría que esperar despierta, preguntándose junto a qué mujer habría decidido entretenerse.

Apretó la mandíbula. Cecily. Estaba allí por Cecily. La vida privada de Harrowmere podía arder entera y ella no acudiría con un cubo de agua mientras su hermana siguiera desaparecida.

—Aurelia, es mejor que nos marchemos de aquí —consideró Beatrice cuando ya la hermosa mujer las había logrado llevar hasta el umbral de la puerta principal.

La aludida afirmó secamente con la cabeza. Luego centró la mirada en la supuesta ama de llaves —si eso era lo que la denominada señora Vale era— y le dijo:

—Escúcheme con atención. No he venido a importunar a su señor en busca de entretenimiento. Mi hermana se ha perdido y lord Harrowmere me ha dado su palabra de que la protegería.

—Qué historia tan conmovedora. Su imaginación no tiene límites —se burló descaradamente de ella.

Beatrice se cuadró.

—Señora Vale, le convendría moderar el tono.

El ama de llaves volvió los ojos hacia ella con calma.

—Me conviene obedecer las instrucciones de mi patrón.

Y lord Harrowmere está en una partida importante de cartas.

No debe ser molestado por ninguna de las damas que llegan a su puerta con tonterías urgentes, promesas de matrimonio y crisis familiares en mitad de la noche. He escuchado toda clase de tretas.

—¿Una partida de cartas? —repitió Aurelia.

Algo dentro de ella se rompió un poco más.

La primera vez que necesitaba al Conde Oscuro y él estaba ocupado con naipes y Dios sabría qué más.

La primera ocasión en que su juramento debía convertirse en una acción sólida y una mujer preciosa le explicaba, con una frialdad inquietante, que su prometido no debía ser molestado.

El trato al que había llegado con él había sido espantoso. ¡Peor todavía! ¡Había sido inútil!

—Anúncieme —probó por última vez—. Dígale que lady Aurelia Westcott está aquí y que exige verlo.