Capítulo 6
Una contradicción en sí misma
El Conde Oscuro se había marchado a casa.
Aurelia regresó al salón con la sensación de haber salido de una estancia y haber entrado en una vida que ya no le pertenecía.
La música seguía sonando, los abanicos se movían con la misma languidez calculada de siempre, incluso las parejas continuaban bailando alegremente; no obstante, nada era igual ya.
Todo había cambiado. Aquella noche se había decidido su futuro del modo más cruel posible y a nadie le importaba; el mundo no se había detenido por ella.
Un lacayo ofrecía copas de limonada; una madre reñía a su hija por no sonreírle al caballero adecuado; dos viudas se inclinaban una hacia la otra con una satisfacción que presagiaba que habían encontrado un nuevo entretenimiento…
Londres no se detenía porque una mujer hubiese sido comprada.
Dios santo… la humillación no le permitía respirar con normalidad, pero Aurelia se obligó a avanzar sin apresurarse.
No debía parecer alterada. Si algo había aprendido en casa de su padre era que el mundo les perdonaba casi todo a los hombres que gritaban, bebían, apostaban o mentían; en cambio, a una mujer le bastaba con respirar de manera equivocada para que se le exigiese una explicación.
Se alisó la falda, levantó la barbilla y buscó con la mirada primero a Cecily, después a Beatrice y, por último, a su padre.
No vio a ninguno de sus familiares.
El lugar que lord Westcott había ocupado antes de la reunión, junto a una columna, estaba vacío, y eso la alarmó más que haberlo encontrado allí, sonriendo y mostrando demasiados dientes.
Su padre se marchaba a menudo de las fiestas sin avisar, atraído por una mesa de juego mejor, una cena privada, una actriz retirada o cualquier entretenimiento que prometiese distraerlo de sus obligaciones.
En otras circunstancias, Aurelia habría recibido su ausencia con alivio.
Aquella noche, después de lo que había escuchado, la desaparición de lord Westcott unida a la de Cecily constituía una clara amenaza.
—Aurelia.
Beatrice acababa de llegar hasta ella y se la veía más pálida de lo habitual. Y no era por el esfuerzo que había hecho, aunque había llegado casi corriendo hasta su posición.
—¿Dónde está Cecily? —preguntó Aurelia alarmada.
Beatrice abrió la boca, y ese pequeño instante de vacilación bastó para que todo el cuerpo de Aurelia se preparase para lo peor.
—Se ha marchado.
—¿Qué significa que se ha marchado?
—Eso mismo. Se ha ido. He intentado detenerla, pero ya sabes cómo se pone cuando decide que todo el mundo la trata como a una criatura inútil. Lavinia se ha ido con ella.
—¿Por qué les has permitido irse?
La pregunta salió más dura de lo que pretendía. Beatrice no se ofendió. Tenía los ojos brillantes y una expresión de culpabilidad que hizo que Aurelia sintiese un pinchazo inmediato de remordimiento, aunque la angustia no le dejó espacio para disculparse.
—No dejé ir a tu hermana, Aurelia. La acompañé hasta el vestíbulo porque pensé que necesitaba aire y después apareció Lavinia.
Cecily estaba convencida de que tu padre te había llevado a una habitación para obligarte a aceptar algo horrible.
Me dijo que tú llevabas años salvándola y que ella también tenía la obligación de salvarte de las garras de lord Westcott y que iba a hacer algo al respecto.
Así lo dijo. Con esas palabras. Intenté hacerla entrar en razón, pero estaba decidida a cumplir con su cometido o algo por el estilo.
Lavinia la convenció para que la dejase acompañarla y me aseguró que la llevaría a casa en su carruaje y que después volvería a por nosotras si hacía falta.
Creí que era lo más prudente, dado que Cecily se negaba a permanecer aquí y tu padre había desaparecido.
Aurelia sintió que el suelo comenzaba a moverse bajo sus pies.
—¿Hace cuánto que se marcharon?
—No demasiado. Tal vez un cuarto de hora.
Ese tiempo podía ser toda una vida en Londres si una muchacha asustada caía en manos de un hombre decidido a utilizarla.
Aurelia se imaginó a Cecily saliendo del baile con Lavinia, sola y decidida a hacer alguna temeridad, pero ¿qué locura se le habría ocurrido esta vez?
Y luego estaba su padre, que podría toparse con ella y…
Cerró los ojos un momento porque no quería pensar en lo que le ocurriría a su hermana si Westcott daba con ella antes de que lo hiciese Aurelia.
—Tenemos que irnos —dijo.
Beatrice asintió de inmediato.
—Mi padre está en la sala de juego. He pasado junto a él antes de buscarte y ni siquiera ha levantado la vista.
Si me marchase con una compañía de saltimbanquis, sospecho que solo repararía en mi ausencia cuando necesitara que alguien le sostuviese el sombrero —apuntó para luego soltar un gran suspiro.
—Entonces aprovechemos la única virtud de nuestros padres: su admirable falta de atención hacia nosotras. Vamos, Beatrice, solo Dios sabe lo que habrá tramado Cecily.
Beatrice no sonrió, pero el comentario le devolvió algo de simpatía a su mirada.
Cogió a Aurelia del brazo con naturalidad, de modo que cualquiera que las viera habría pensado que dos amigas se retiraban debido al cansancio.
Ninguna corrió. Cruzaron el salón con paso medido, atravesaron el vestíbulo y dejaron atrás el calor de las lámparas, los murmullos satisfechos y la música que seguía sonando para una sociedad empeñada en bailar alrededor de sus propias miserias.
El aire de la noche golpeó a Aurelia en cuanto un lacayo abrió la puerta principal. Le habría gustado detenerse a respirar hasta que el temblor de sus manos desapareciera, pero el carruaje de Beatrice ya esperaba al pie de la escalinata y no podían perder ni un minuto.
—A casa de lord Westcott —le ordenó Beatrice al cochero antes de subir—. Y rápido, Perkins. Lo más rápido que puedas sin que volquemos.
—Sí, milady .
Aurelia se sentó frente a ella dentro del vehículo y se obligó a no retorcerse los guantes.
Había jurado no volver a comportarse igual que una niña asustada, pero la noche parecía haber decidido presentarle todos sus miedos a la vez, uno detrás de otro, con una puntualidad malévola.
Primero su padre, después Ashwick, luego Harrowmere, y al final Cecily, saliendo de una fiesta en mitad de la confusión con Lavinia como única defensa.
Amaba a Lavinia. Confiaba en su ingenio, su audacia y su lengua afilada, aun así, Lavinia tenía veintiún años, ningún poder legal y un padre tan inútil como el de todas ellas.
La valentía servía de poco cuando solo el aire podría ser un escudo contra el peligro.
—Estará en casa, ya lo verás —apuntó Beatrice, aunque no sonó convencida—. Lavinia la habrá llevado allí y la habrá obligado a beber té para que se olvide de la locura que se le haya podido ocurrir.
—Cecily no debería haber intentado salvarme. Dios sabe lo que se le habrá ocurrido.
—Te quiere.
—Ese no es un argumento válido para cometer imprudencias.
—Lo sé, en tu hermana suele ser el argumento que más locuras provoca —le dijo con una sonrisa para tratar de animarla.
Aurelia cerró los ojos un instante. El carruaje avanzaba por calles donde el ruido de la fiesta quedaba atrás y Londres mostraba otra clase de rostro, más húmedo, más oscuro, lleno de ruedas sobre adoquines, sombras junto a las esquinas y puertas bien cerradas.
Habría querido creer a Beatrice y apoyarse en la imagen de Cecily entrando en casa, abrazando a Lavinia en la salita y aguardándola con un poco de culpa por haberla asustado, pero las palabras de lord Harrowmere seguían clavadas en su memoria de un modo insoportable.
Su padre no había tenido reparo en ofrecerle a Cecily, así que no debía subestimar a un hombre capaz de semejante infamia.
Cuando llegaron a su casa, el edificio las recibió con muy poca luz y demasiada calma. El aldabón sonó una vez. Después otra. El lacayo tardó en abrir lo suficiente como para que Aurelia sintiera la tentación de tratar de echar la puerta abajo.
— Milady —la saludó el criado, sorprendido al verla—, no esperaba…
—¿Ha llegado lady Cecily?
El muchacho parpadeó un par de veces.
—No, milady .
Aurelia sintió cómo la ansiedad y el horror comenzaban a apoderarse de ella.
—¿Mi padre está en casa?
—Tampoco, milady .
Beatrice se llevó una mano al pecho.
—Tal vez las dos decidieran irse a casa de Lavinia.
Aurelia entró sin contestar. Cruzó el recibidor, subió unos peldaños y volvió a bajarlos antes de llegar a la mitad de la escalera, incapaz de decidir si rebuscar cualquier pista en el dormitorio de su hermana, enviar a alguien a la residencia de los Marlowe o regresar a la calle.
La indecisión la tenía al borde del llanto.
Lo crucial era calmarse y tener un plan, se recordó.
—Mande a un criado a casa de los Marlowe —le ordenó Aurelia al lacayo—.
El motivo de su visita será que mi hermana se olvidó un abanico muy caro allí ayer, se ha dado cuenta de que falta esta noche y está buscándolo con impaciencia, así podrá saber si Cecily está o ha estado allí sin que se arme algún escándalo.
—Le pareció que enviar a un sirviente en mitad de la noche con el pretexto de recuperar algo valioso serviría. Tendría que bastar.
—Sí, milady .
El criado desapareció hacia las dependencias del servicio con una prisa que Aurelia agradeció. Beatrice permanecía junto a la puerta, aún con la capa sobre los hombros.
—Aurelia…
—No puedo esperar.
—El criado irá a casa de Lavinia.
—Y puede regresar dentro de media hora con una respuesta que no nos sirva de nada.
Puede que Cecily no esté allí. Puede que Lavinia haya intentado traerla y que algo las haya retenido.
Puede que mi padre… —No terminó la frase.
Algunas ideas adquirían fuerza con solo ser nombradas, y aquella noche ya había oído suficientes horrores para toda una vida.
Entonces pensó en Harrowmere.
Su prometido.