Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

—Le juro que, si acepta ser mi esposa, la protegeré, lady Aurelia.

A usted y a lady Cecily. Ningún hombre las tocará contra su voluntad mientras yo tenga algo que decir al respecto, y suelo tener bastante que decir cuando alguien me desafía.

Su padre no volverá a ser jamás de nuevo su problema y ni usted ni yo ni su hermana —clarificó porque intuía que eso era lo que ella necesitaba escuchar también— terminaremos viviendo debajo de un puente por la imprudencia de Westcott.

—Ha olvidado añadir que… —comenzó ella a decir.

—Sí, ya lo sé —la interrumpió—. Le juro que tampoco le haré el amor sin que antes me lo haya rogado.

Las promesas eran duras pero perfectas, dictadas por un hombre que conocía mejor las amenazas que los consuelos, y, aun así, Aurelia sintió que podía apoyarse en él sin caer al vacío.

Aquello tendría que bastar. Era una tabla en medio de un naufragio.

—Acepto casarme con usted, lord Harrowmere, y lo hago porque jamás —le tocó el turno a ella de arrastrar la palabra— le amaré.

No cometa el error de pensar que este será alguna vez un matrimonio de verdad, porque nunca olvidaré lo que ha sucedido esta noche.

No me conoce y no me debe nada, pero soy muy consciente de que es inmensamente rico y tiene contactos y poder, así que sé bien que me podría haber ayudado de otro modo.

Eso tampoco se borrará de mi memoria jamás .

Yo solo soy una esposa que acaba de comprar y usted, únicamente el marido que no he elegido.

Él frunció el ceño. No había esperado una declaración así.

—¿Pretende hacerme creer que me habría ayudado a contactar con el duque en caso de no haberla forzado a aceptarme, milady ?

—Demasiado tarde para preguntar, ¿no lo cree? Aunque sí le diré que pudo plantear este asunto desde otro ángulo y no lo ha hecho. No es tan diferente de Ashwick.

—¡No me compare con él! —ladró con los dientes apretados.

—Me quería acorralada y acorralada me ha tenido, milord.

Quería castigarme porque me resistí a tratarlo como piensa que se merece, porque no quería bailar con usted y porque lo ofendí mientras sonaba un vals e incluso antes de que bailásemos.

Sus razones para convertirme en su esposa no distan demasiado de las de él, pero sí le concedo que sé bien que su palabra vale más.

Usted no le permitiría a otro hombre que montase a su mejor caballo porque su semental es solo suyo.

Tampoco le dejaría a otro de sus pares sentarse en la mejor silla de su casa, porque ese es su lugar, por consiguiente, no compartiría a su esposa, porque ella, es decir, yo, no seré más que otra adenda a su vasto patrimonio. ¿Me equivoco?

Damian la entendió a la perfección.

La miraba de un modo extraño, más oscuro que ofendido, y Aurelia tuvo la impresión de que sus palabras habían cumplido su objetivo. Luego se recuperó y adoptó una actitud más neutral.

—Lo que me pertenece es solo mío y únicamente yo tengo derecho a disfrutarlo, porque para eso me lo he ganado con esfuerzo y esa verdad, le guste o no, lady Aurelia, la incluye a usted.

Hay pocos hombres dispuestos a desembolsar la fortuna que tendré que pagar por convertirla en mi esposa, y todavía serán menos quienes puedan permitirse el coste.

Aunque una cosa sí es cierta: jamás podré volver a acusarla de no ser inteligente, porque amarme solo le traería desgracias y mucho sufrimiento.

Haga como yo y sea práctica. No se regodee en el rencor que le causa verse en esta situación; aproveche la mano que le ha repartido la vida y saque el mejor provecho de ello. Será menos desdichada.

Ella le sostenía la mirada, incapaz de disimular todo su odio.

Damian extendió la mano, indiferente a su actitud.

Aurelia la miró igual que habría mirado un contrato antes de firmarlo con sangre.

La mano de él era grande, se veía muy firme y seguía cubierta aún por aquel guante oscuro que había notado durante el baile, y al contemplarla comprendió que no estaba aceptando solo un matrimonio.

Iba a sellar un pacto irrompible con un hombre al que no conocía y que jamás la dejaría libre.

Pensó en Cecily.

En su padre.

En Ashwick.

Podía incluso escuchar la voz de su madre aconsejándole elegir con sabiduría, porque el corazón podía convertirse en una condena cuando una mujer se lo entregaba a un hombre que no merecía custodiarlo.

Tal vez un matrimonio blanco y de conveniencia fuese el milagro que ella había estado esperando.

De hecho, había lanzado aquella primera nota en el periódico con la idea de avergonzar a su padre y de que alguien un poco honesto pudiese llegar a fijarse en ella, aunque solo fuese por compasión.

Un hombre que entendía de tratos y que había pronunciado con vehemencia sus juramentos no se veía tan mal partido… ¿no?

Aurelia suspiró con fuerza y se irguió. Entonces levantó la mano y la puso sobre la de lord Harrowmere.

Él cerró los dedos alrededor de los suyos de un modo natural. Acababan de hacer negocios, ni más ni menos. Un pacto sin testigos. Un inminente matrimonio sin palabras de amor. Todo muy frío y sereno. Aceptable.

Y, sin embargo, mientras el mundo volvía a escucharse al otro lado de la puerta, Aurelia tuvo la certeza de que acababa de entregarle su futuro al único hombre de Londres capaz de salvarla y arruinarla al mismo tiempo.

¿Por qué tenía esa sensación tan extraña?