Capítulo 5 #3
—Es importante que lo sepa —insistió, con seguridad—, porque si voy a venderme a usted para salvar a mi hermana, al menos quiero conocer hasta dónde ha descendido el hombre al que le debo la vida.
Damian permaneció callado durante unos segundos que a ella se le hicieron insoportables. Después, habló con una frialdad medida, tan contenida que cada palabra parecía haber sido elegida para no destrozarla más de lo inevitable:
—La conversación entre su padre y yo no distó mucho de lo que hoy aquí ha oído, salvo que estuvimos solo nosotros dos cuando se produjo.
Aurelia se armó de valor.
—¿En qué términos exactamente me ofreció?
—No creo que…
—Dígame si comercializó solo conmigo o también con Cecily —lo interrumpió.
El ambiente se tensó. Ella lo veía en la dureza que había en sus hombros.
—¿Está segura de que necesita conocer todos los detalles? —la tanteó.
—Me prometió que, si yo me casaba esta temporada con un buen partido, él no obligaría a Cecily a hacerlo. Así que sí, necesito saber si mi hermana está en peligro.
—Lo está —le aseguró él.
—Diga lo que mi padre le planteó.
—¿No le basta con mi palabra?
—Quiero escucharlo —lo forzó.
—Está bien. Si tanto insiste, se lo diré.
Su padre no tuvo ningún reparo en ofrecerla a usted como mi esposa porque él sabía que eso me abriría muchas puertas.
Yo no acepté la propuesta porque no mercadeo con personas, y como él vio que me negaba a perdonarle la deuda, me dijo que podía tenerla a usted y a su hermana en mi cama y no necesariamente de una en una o eligiendo a una como mi condesa.
El horror había empezado a ser insoportable.
Su padre había ofrecido a Cecily. A su niña dulce, a su hermana de ojos grises, a la muchacha que aún creía que debían existir hombres buenos porque el mundo no podía estar hecho solo de seres como lord Westcott.
Y no contento con ello había propuesto algo impensable.
Su padre no era un hombre infame que mereciese arder en el infierno, pues Dios no había ideado todavía un castigo que fuese suficiente para darle su merecido.
Aurelia llegó a la ventana sin recordar haber cruzado la habitación.
La abrió con torpeza, sintió el aire nocturno golpearle el rostro y se inclinó hacia fuera justo cuando el estómago se le rebeló con violencia.
Vomitó en silencio al principio, luego con un espasmo que le arrancó unas lágrimas rabiosas e inevitables.
Se aferró al marco para no caer, avergonzada por la pérdida de su compostura.
El horror le había ganado la batalla a su dignidad.
Ella no se volvió, pero sabía que él estaba a su espalda. Harrowmere no la tocó.
—Fue cuando hizo las averiguaciones sobre mí cuando se dio cuenta de que Georgiana es una de mis amigas más queridas, junto con Beatrice, por eso también la conocía.
—La información es poder, milady .
—Así que mi amistad con la mujer del hombre al que necesita para sus negocios es lo que le ha hecho olvidar su principio de no… ¿Cómo lo ha llamado? ¿Mercadear con personas?
Una mano se cruzó en su campo de visión. Él le estaba tendiendo un pañuelo limpio.
Aurelia lo aceptó sin mirarlo.
—Lamento haber sido tan franco —dijo él.
—No. —Se limpió la boca con cuidado, cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos cuando el aire frío hubo despejado una nueva náusea—.
No lo lamenta. Usted es un jugador. Uno muy bueno, por lo que estoy comprobando, y sabe que, aunque yo no lo hubiese forzado a contarme los detalles más escabrosos, usted mismo habría encontrado el modo de relatármelos solo para asegurarse de que yo llegase a la conclusión de que su propuesta es la única solución a mi problema.
Así que al menos no me insulte con una mentira piadosa.
—No lo haré entonces. No puedo negar su conjetura.
Soy un hombre que utiliza las ventajas que se le conceden —le confirmó—.
Y tal vez yo no sea la única solución a su enorme —arrastró la palabra— problema; sí la que mayor ventaja le concederá.
Puede que entre la aristocracia no me acepten como a un igual, pero me temen y nadie osará contrariar a mi condesa.
Ya sea su padre, Ashwick o cualquier otro.
Si yo digo que su hermana no sufrirá daño alguno, es porque puedo garantizarlo.
—Siempre y cuando yo acepte sus planes.
Ella cerró la ventana despacio. Al girarse, se dio cuenta de que el Conde Oscuro se había movido al otro lado de la estancia. Estaba serio, inmóvil y con una expresión que no era ni de compasión o triunfo.
—Puede negarse a convertirse en mi esposa.
No la estoy forzando, ya ve. Dígame que me vaya al maldito infierno y saldré por esa puerta, pero los dos sabemos que su padre la hará sacrificarse conmigo o con cualquier otro.
¿Cuánto tardará Ashwick en tratar de buscar una nueva ventaja si yo me retiro de la partida, milady ?
Por muchas sonrisas que él trate de volver a ofrecerle, usted ya ha visto su verdadero carácter, así que, si termina casada con un hombre como ese, no será porque la haya engañado.
¿En cuanto a mí? —Él encogió los hombros—.
Soy el peor de los diablos, y usted ya advirtió durante nuestro baile que me gusta intimidar.
La intimidación, he descubierto, es el único medio que he encontrado para que me respeten.
No necesito sonreír u ocultarme bajo una máscara como Ashwick o su padre porque no temo decir lo que quiero o cómo lo quiero.
El mundo es un tablero de juego, lady Aurelia, y yo no soy ningún peón; soy el puñetero rey.
—Sí que lo parece —susurró más para ella que para él—. ¿Debo entender entonces que me dejaría libre si yo no aceptase su acuerdo?
—Creo en los acuerdos, no en las imposiciones. Se lo mencioné hace poco. Practicidad lo llamo. Es la base que rige todo mi mundo. Tiene un trato sobre la mesa y de usted depende aceptarlo o no. Yo buscaré a otra dama que encaje en mis planes, pero usted seguirá teniendo un enorme problema.
—Lo dice de un modo práctico, como insiste en señalar, pero a la vez siento que me está forzando a aceptar —le señaló.
—No me gusta perder ninguna oportunidad.
Rendirme con usted y salir de aquí sin lo que he venido a conseguir significará volver a empezar.
¿Quiere que le sonría? ¿Que me ponga de rodillas y le diga que con solo un baile me ha cautivado hasta tal punto que me moriré si no se casa conmigo?
No soy esa clase de hombre y dudo mucho que usted valorase tanta tontería, pues, de otro modo, Ashwick la hubiese embaucado desde que estuvo con él en aquel pícnic en el que dejó claras sus inclinaciones hacia usted.
—Tiene buenos espías por lo que veo. —Aurelia sabía exactamente a qué se estaba refiriendo él. Era obvio que la había investigado bien.
—Así es. Ahora decídase. Se casa conmigo y no solo se salva usted, su hermana viene incluida en el trato. ¿Acepta o no?
—En el momento en que me dijo que podría salvar a mi hermana de las garras de mi padre, usted ya sabía que yo ya había tomado la decisión de aceptarle, lord Harrowmere. El ultimátum está fuera de lugar.
— Touché . Lo que no sabía era si usted era consciente de que ya había tomado la decisión correcta.
—Se lo preguntaré una vez más y será la última. ¿Puede salvar a Cecily de verdad? Quiero que ella elija, que tenga el futuro que desee, aunque ello implique no tener que casarse nunca.
La tensión del rostro de Damian cambió apenas, aunque ella tuvo la sensación de que toda la habitación se había inclinado hacia él. Ese hombre no solo era poderoso, tenía un aura muy especial. Además de poder y causar temor. Una combinación impresionante.
—Puedo hacerlo.
—No me dé una respuesta fácil.
—Puedo hacerlo —repitió—. Saldaré las deudas que convierten a Westcott en un peligro inmediato, compraré su obediencia cuando sea necesario y se la impondré cuando el dinero no baste.
Lady Cecily podrá vivir con nosotros desde el momento en que nos casemos, si usted así lo desea.
Si su padre se opone, encontrará motivos muy convincentes para cambiar de opinión.
—Evitó decirle que Westcott no tendría nunca más poder de decisión.
—¿La protegerá?
—Sí.
—¿Aunque ella no le sirva de nada?
La mirada de él se endureció.
—Me está ofendiendo. ¿Lo quiere grabado en piedra?
—¿Y si mi padre acaba arruinándolo a usted? Sabe que, al convertirse en mi esposo, todo lo que él haga será también responsabilidad suya. Mi padre solo entiende de juego y despilfarro. No quiero sacrificarme hoy para acabar arruinada años más tarde por la misma razón que me ha traído hoy aquí.
—De su padre me ocuparé yo. No tendrá que volver a molestarse por él.
—¿Está seguro? —le preguntó mientras se mordía el labio inferior.
—Cuando nos casemos, le aconsejo que no dude jamás de mis palabras. Es algo que no toleraré. No me gusta repetir las cosas dos veces tampoco y con usted lo estoy haciendo más de dos —la avisó.
—Pero yo no lo conozco —le tuvo que recordar.
—Lo hará en cuanto nos casemos.
—En cuanto nos hayamos casado, si veo algo que no me agrada, ya no podré hacer nada al respecto.
—Como diría su amiga lady Beatrice, está entrando en bucle, milady .
Aurelia lo observó con atención. No estaba segura de poder confiar en un hombre que hablaba y actuaba solo de modo práctico y que veía en ella una llave para entrar en los salones que lo rechazaban, pero sí entendía algo de lord Harrowmere.
El Conde Oscuro era un hombre de negocios.
Sus juramentos no eran simples adornos para tranquilizar a quienes quería convencer para que se plegasen a sus deseos, sino compromisos que lo obligaban porque su poder dependía precisamente de que otros creyeran en su palabra.
Si Damian Dargrove empeñaba su honor, nada lo movería a romper sus promesas.
Aurelia rezó para que su suposición fuese una realidad.
—Necesito oír su juramento con claridad —lo conminó ella.
Damian tomó una larga bocanada de aire. Ella supo que él estaba a muy poco de perder su paciencia.