Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Como usted tampoco me conoce bien a mí, le diré que no me acostaré con un hombre al que no elija —dijo entonces—. Ni aunque ese hombre logre convertirme en su esposa ante Dios, ante la ley y ante todos los necios que aplauden esa clase de cadenas.

La mirada de él cambió. No demasiado, pero sí lo suficiente para que Aurelia comprendiera que había tocado un punto delicado.

—¿Significa eso que no está dispuesta a cumplir con sus obligaciones conyugales?

—Significa que no pondré mi cuerpo a disposición de un desconocido al que mi padre le debía una fortuna solo porque un vicario haya murmurado unas palabras sobre mi cabeza.

—La ley me autoriza a encontrar consuelo en mi esposa. Y Dios me lo permite también.

Aurelia ladeó el rostro para mostrarle una ironía amarga.

—No se ve usted como un hombre muy espiritual, milord. Ni tampoco como alguien que se preocupe por la ley.

Por primera vez desde que se quedaron solos, algo verdaderamente oscuro cruzó por la mirada de Damian.

—Dios nunca ha estado presente cuando he necesitado su ayuda. Todo lo que he llegado a conseguir es fruto de mi esfuerzo y perseverancia. Y si he tenido que saltarme la ley lo he hecho.

La sinceridad de aquellas frases hizo que se instaurase un silencio inesperado entre los dos.

Aurelia no quería sentir nada por él, como compasión u orgullo, pero sí había provocado curiosidad por conocer su vida.

Más aún cuando durante un instante logró ver al hombre que existía debajo de aquel Conde Oscuro.

Damian se recompuso antes de que ella pudiera decidir qué hacer con aquel destello.

—Si lo que teme es que reclame mis derechos la noche de bodas, puede ahorrárselo. No consumaré el matrimonio hasta que usted me lo ruegue —sentenció como si fuese un presagio innegable.

Aurelia reprimió las palabras que se moría por decirle ante tal descaro. ¿Rogar ella? Antes el infierno se congelaría.

Se tragó la furia que sentía y se obligó a tranquilizarse. Entonces le ofreció una media sonrisa de suficiencia.

—Qué arrogancia tan extraordinaria, milord.

—No era arrogancia.

—¿No? ¿Acaso pretende convencerme de que ha sido modestia?

—Es una promesa. —Y por el modo en el que lo dijo, ella se enfureció más.

—¿De que no me tocará hasta que se lo suplique o de que acabaré rogándole, milord? —Se negó a callar.

Él la observó con satisfacción. Era osada.

—La promesa de que no la tocaré hasta que usted me lo suplique. Y como sé que debe estar pensando que jamás haría una cosa así, le recomiendo que se tranquilice porque el poder está en sus manos ahora —le aconsejó.

—Sé muy bien lo que vale la promesa de un hombre cuando sus instintos lo devoran, lord Harrowmere. No hay nada que lo detenga.

Damian se tensó de un modo tan inmediato que Aurelia no tuvo tiempo de retroceder.

Él cruzó la distancia que los separaba y la sujetó por los hombros con las dos manos con una intensidad que le arrancó un sobresalto antes de que pudiera dominarlo.

La respiración de él había cambiado. Sus ojos, de un gris casi negro bajo la tenue luz de un candelabro, la miraban con una dureza desconocida.

—Dígame quién la forzó.

Aurelia frunció el ceño.

—¿Qué?

—Dígame quién la tocó contra su voluntad.

La orden fue baja y sonó como una sentencia de muerte.

Era la voz de un hombre capaz de atravesar una ciudad entera para cortarle la garganta a alguien y volver después con los puños ensangrentados sin pedir perdón por impartir justicia.

Durante un segundo absurdo, Aurelia pensó en un dragón custodiando una torre, en una bestia enorme que, tras años de dormir sobre oro y huesos, abría los ojos al oír el menor ruido cerca de lo que consideraba suyo.

La imagen fue tan ridícula que la rechazó de inmediato.

Lord Harrowmere no estaba preocupado por ella.

Debía de haber reaccionado de aquel modo porque ningún hombre deseaba recibir una esposa que ya hubiese sido de otro, pues incluso los protectores más feroces de la virtud femenina la medían en los mismos términos con los que inventariaban la plata de una casa, por su brillo intacto y su utilidad futura.

—Suélteme —le pidió con rotundidad.

Él pareció advertir entonces sus propias manos sobre ella y la obedeció de inmediato, aunque no se alejó más que un paso.

—Respóndame.

Aurelia se frotó un hombro, más para recuperar el dominio de sí misma que por verdadero dolor.

—Nadie me ha forzado nunca.

—No me mienta.

—No lo hago. Lo he visto en mi padre. Él obligaba a mi madre a compartir la cama cuando se le antojaba y ella no lo deseaba.

Sus promesas no significaban nada. Carece de honestidad; fue incapaz de serle fiel, aunque le juraba casi a diario que lo sería.

Westcott nunca ha sabido comportarse como un hombre decente con su esposa y, por lo visto, tampoco con sus hijas, así que permita que ponga en tela de juicio el valor de una promesa o juramento de un hombre.

Damian la comprendió entonces.

—Lo lamento.

Aquellas dos palabras, dichas por él, resultaron extrañas.

No eran suaves ni bellas. Le salieron rígidas, casi torpes, igual que si la disculpa fuese un arma que no estaba acostumbrado a empuñar y que, por primera vez, no supiera dónde colocar.

Aun así, Aurelia sintió que algo dentro de ella vacilaba.

No podía permitirse recular.

—No necesito su lástima ni la quiero.

—No le ofrezco mi lástima.

—Entonces no sé qué cree estar ofreciéndome.

—Protección —dijo él—. Lo único que puedo darle.

Aurelia miró hacia la puerta por la que habían desaparecido su padre y Ashwick.

Quizá Cecily estaría buscándola. Quizá Lavinia ya habría advertido que algo iba mal y Beatrice estaría intentando impedir que la menor de las Westcott se convirtiese en su paladina.

La idea de Cecily enfrentándose a su padre, de su hermana pequeña convertida en la siguiente moneda de cambio, le apretó el pecho hasta hacerle daño.

—¿Por qué me ha elegido a mí? —preguntó—. Y no me diga que por salvarme de Ashwick, porque los hombres como usted no entran en un despacho a resolver las desgracias que no les reportan ningún beneficio.

Damian no respondió de inmediato. La estudió durante un largo instante, quizá estuviese valorando contarle una mentira o una versión más presentable de sus motivos.

Aurelia podía ver funcionar los engranajes de su mente fría.

Sabía que Harrowmere era un hombre que estaba acostumbrado a no mostrar sus cartas hasta que el rival ya había apostado todo lo que él quería quedarse.

—Necesito una esposa de nacimiento impecable —aseguró al fin—. Una mujer que sepa desenvolverse en los salones donde mi fortuna no logra entrar. Necesito su linaje por la confianza que ciertos aristócratas jamás le concederían a un hombre al que consideran de baja estofa.

—Le ha quedado muy poético el modo en el que acaba de recitar que me necesita solo por mi sangre, milord.

—He considerado ser brutalmente sincero porque pensé que lo agradecería.

—Lo sé, pero creo que también me necesita por mis amistades. Y ha olvidado mencionarlo.

—Así es.

Aurelia asintió.

—Es por Georgiana Selwyn, la actual duquesa de Ravensholt. —No fue una pregunta. Y algo en los ojos de Harrowmere confirmó la sospecha antes de que él hablara.

—Sí —afirmó escuetamente.

Aurelia sintió que una pieza terminaba de encajar con un sonido seco.

Georgiana Selwyn había sido una de esas muchachas comunes que llamó poderosamente la atención del hombre más improbable.

Se había casado no hacía demasiado con Alexander Pembroke, duque de Ravensholt, en un enlace que primero había provocado un mes de susurros y luego se había convertido en ejemplo insoportable de felicidad conyugal.

Georgiana estaba enamorada de su esposo y, para asombro de Londres, el duque parecía igualmente rendido a ella.

Aquella dicha, tan escandalosa por lo sincera, había convertido a la nueva duquesa en una figura de enorme influencia entre las damas jóvenes y entre las matronas.

Y daba la casualidad de que Georgiana había sido la quinta en el grupo que conformaban Aurelia, Cecily, Beatrice y Lavinia.

El Conde Oscuro había hecho bien sus deberes y debía saber que Georgiana era íntima amiga de ella. Y, por consiguiente, él necesitaba algo de su marido.

—Quiere llegar al duque a través de mí.

—Quiero que él no me cierre la puerta antes de que pueda decidir si le conviene escuchar lo que tengo que decir, sí.

—Entonces me he vuelto a equivocar. Usted no quiere una esposa, solo una carta de presentación.

—Es más de lo que su padre pretendía permitirle ser esta noche.

La crueldad de aquella respuesta le atravesó el orgullo.

—No finja que existe una diferencia moral. Mi padre me vende porque puede hacerlo, Ashwick me quiere porque no puede tenerme y usted me utiliza para un fin. Lo único que cambia es la calidad del contrato.

—Es una buena observación, milady , pero debo advertirle que la diferencia está en que conmigo puede negociar sus propias reglas, porque creo que un acuerdo ventajoso entre ambas partes es mejor que la imposición.

—Todo son negocios con usted, ¿verdad, milord?

—También.

Ella soltó una risa temblorosa, pero la contuvo al instante porque no deseaba concederle ni una sola ventaja.

Harrowmere tenía razón. Eso era lo terrible.

No era mejor que los otros por querer sacar provecho de la situación, aunque al menos no había intentado disfrazarlo de romanticismo.

Aquel hombre podía ser brutal, peligroso y arrogante; no obstante, no se escondía detrás de palabras dulces como había tratado de hacer Ashwick para llamar su atención.

—Dígame una cosa más, milord. Ya que estamos honrando la verdad con tanta devoción, póngame al corriente de lo qué le ofreció exactamente mi padre antes de esta noche, dado que sé que no está aquí por casualidad.

Él apartó la mirada con un movimiento breve, pero luego volvió a centrarse en sus ojos.

—No necesita oír eso.

—Lo necesito.

— Lady Aurelia…