Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

La hora de los negocios

Damian se había quedado con la boca ligeramente abierta en cuanto ella había terminado de soltar aquella observación tan incendiaria.

Al verlo algo descompuesto, Aurelia sintió una breve alegría, del todo inútil después de haber estado escuchando una conversación que jamás podría olvidar.

Su padre era el demonio y el hombre, que al parecer la acababa de comprar, no sería mucho mejor si se juntaba con Westcott.

En cuanto a Ashwick, ella había estado en lo correcto cuando decidió no ceder ni un solo milímetro ante él.

Ese indeseable la había ofrecido como si fuese un mueble que pudiese prestarle a un amigo.

No debería mostrarse tan indignada, ni tan siquiera asombrada, dado que cuando una mujer se casaba con un hombre, ella pasaba a ser un objeto más de su colección, pero ni su padre se atrevió a tanto con su madre.

No obstante, Westcott había sacrificado a su propia hija sin titubear.

Oh, cielos… ¿y si ni Cecily ni ella estuviesen al corriente y el conde sí hubiese comercializado con los favores de su madre?

Después de haber escuchado a su infame padre hablar en los términos en los que lo había hecho, no podía desechar la idea, dado que la difunta lady Westcott fue una mujer que se asemejaba más a una esclava que a otra cosa.

Sintió cómo el sabor de algo muy amargo le subía por la garganta y se esforzó en no perder la compostura.

Debía mostrarse fuerte y segura ante el hombre que tenía enfrente.

No iba a perder la batalla que se había propuesto ganar.

—¿Le asombra que haya utilizado ese tipo de palabra? ¿O lo que más le preocupa es que conozca su verdadero significado, milord?

—Creo que está alterada, milady , y que debería calmarse.

—Veo que no menciona la humillación ni se burla porque yo hace poco lo amonesté ferozmente por haber utilizado palabras cuestionables frente a mí. ¿Será ahora cuando me diga que no tengo modales ni educación alguna, milord?

—No me molestan sus palabras malsonantes; pronto se dará cuenta de que yo utilizo exabruptos bastante peores, pero sí que le agradecería que, como mi futura condesa, eligiese con mayor acierto el modo de expresarse, al menos en público.

Le tocó a ella el turno de quedarse con la boca abierta durante un par de segundos.

—¿Su futura qué? —Seguro que no lo había escuchado bien.

—No hay ningún puesto como amante, milady; lo que le ofrezco es convertirse en mi esposa —le explicó con serenidad.

Ella frunció el ceño.

—¿Pretende casarse conmigo? —Seguía sin dar crédito a lo que escuchaba.

—Pretendo casarme con usted, sí —respondió él.

La joven lo miró durante unos instantes, esperando despertar de esa pesadilla que parecía no terminar nunca, que la música del salón entrase por debajo de la puerta y deshiciera aquel mal sueño con una contradanza animada, un murmullo inoportuno o la aparición de Beatrice haciendo alguna observación.

Nada de eso iba a ocurrir y Aurelia lo sabía.

Lord Harrowmere permanecía frente a ella con una tranquilidad insultante, como si no fuese un hombre que acabase de comprarla, como si ella fuese una casa, un carruaje o cualquier otro objeto útil para sus propósitos, y la indignación volvió a subirle por el pecho con tanta fuerza que tuvo que apretar los dedos sobre la tela de la falda para no dar un paso hacia él y abofetearlo.

—Entonces debería haber empezado por decir eso antes de discutir mi precio con otro supuesto caballero.

Él recibió la acusación sin apartar la vista.

—Lamento tener que recordárselo, milady , pero su padre y lord Ashwick estaban discutiendo su valor antes de que yo entrase en esta habitación.

—¿Y eso ha evitado que yo tenga un cortejo adecuado, que me haya hecho la pregunta sobre si quería o no casarme con usted?

—se burló ella—. No. Usted, milord, no se ve como un hombre que haría el esfuerzo de conquistar a una mujer.

Y por eso nos siguió hasta aquí con la única idea de elevar la puja.

Cuánta nobleza por su parte. Me siento conmovida hasta los huesos.

—Los seguí, como dice, con la única intención de impedir que la entregaran a Ashwick.

—Evitó decir que la estaba salvando, porque solo un tonto compartiría a su esposa después de que ella cumpliese con el deber de alumbrar a la descendencia para garantizar la línea de sangre de un maldito título.

Un hombre siempre debería proteger lo que estaba bajo su ala, más si se trataba de su propia condesa.

—¿Entonces soy yo la que debo arrodillarme para mostrar gratitud? —preguntó con ironía.

—Preferiría que se mantuviese de pie. Me he dado cuenta de que es usted una dama muy valiente, así que, si hiciese algo como lo que dice, me ofendería.

—¿Disculpe? —Se había perdido algo.

—Espero no verla nunca arrodillada, ya sea para agradecer o suplicar, lady Aurelia, porque si eso ocurriese, sabré que en verdad la han roto por completo.

Así que se imaginará que no me tomaría a bien que me rogase por liberarla de la situación en la que se encuentra, pues ya debería estar dándose cuenta de que con Ashwick habría estado todavía peor de lo que estará conmigo.

Dicho esto, señalaré que tampoco espero gratitud por su parte.

Una muestra en tal dirección la consideraría una debilidad también.

Aurelia sintió un calor rabioso en las mejillas, no porque la hubiera halagado —si era que aquella observación pudiese considerarse como algo semejante—, sino porque había algo insultantemente atento en la manera en que la miraba.

Harrowmere no la observaba igual que Ashwick, con esa posesión perezosa que convertía en una promesa de placer; tampoco la miraba igual que su padre, calculando cuánto podría obtener por ella antes de que su valor disminuyese.

Damian Dargrove, el Conde Oscuro, la contemplaba con una clase distinta de interés, más frío, más peligroso, y quizá por eso resultaba mucho más inapropiado y alarmante.

—Le prometo que no me pondré de rodillas mientras pueda evitarlo. Rogar solo sirve para denigrarse y humillarse todavía más. ¿Agradecer? No tengo demasiado por lo que dar gracias.

—Bien, demuestre que es inteligente, pues. Le estoy ofreciendo una salida.

—Qué expresión tan curiosa para un encierro.

—Usted es una mujer que no se amedrenta con facilidad —dijo más para sí que para ella.

Aurelia alzó la barbilla.

—Porque no lo hago.

—Lo he visto esta noche, milady . Ahora escúcheme antes de decidir que me odia más que hace cinco minutos.

—Esa empresa exigiría un esfuerzo considerable, milord.

—Me considero digno cuando la recompensa merece la pena.

Ella soltó una risa sin alegría.

—¿Yo soy la recompensa o lo es usted?

—Usted es la llave.

Aquello la dejó en silencio. Una respuesta demasiado honesta. Ni ángel de su hogar, ni compañera, ni condesa, ni esposa. Solo una llave. Aurelia casi agradeció aquella brutalidad, pues los dulces poemas, en manos de los hombres, solían servir para ocultar la podredumbre.

—Explíquese —lo animó, porque él no sería un hombre que hiciese nada sin tener un plan. En realidad, ella sentía curiosidad por saber el motivo por el que se había implicado en todo aquello. Harrowmere podía comprarse cualquier otra novia. ¿Por qué la quería a ella y había desafiado a Ashwick?

Damian apretó la mano sobre el respaldo de la silla que tenía delante, pero no se sentó ni le indicó a la dama que lo hiciera.

Comprendía que ella no aceptaría ninguna muestra de consideración después de lo ocurrido; además, él no tenía ni idea de lo que era la ternura y el asunto requería una negociación fría.

—Si acepta casarse conmigo, pondré por escrito que lord Westcott no podrá contraer nuevas obligaciones en su nombre ni en el de su hermana sin mi aprobación.

Su padre perderá cualquier incentivo inmediato para seguir ofreciéndola al mejor postor, y si intenta hacerlo con lady Cecily, se encontrará conmigo antes de poder cerrar ningún acuerdo.

—¿Y cómo sabe que él se plegará a sus deseos, milord?

Él alzó una ceja.

—¿De verdad tengo que explicárselo?

Aurelia recordó lo importante.

—No, pero no utilice a Cecily para convencerme.

—Es la única persona por la que sé que estaría dispuesta a escucharme. No me culpe por jugar bien mis cartas, milady .

Aquella verdad la obligó a respirar despacio. Lo detestó por haber visto con tanta claridad su punto más débil, y se detestó un poco a sí misma por darle la razón en silencio. Cecily era lo único que podría hacer que su orgullo se partiese sin que ella intentara salvarlo.

—Continúe —dijo.

—Tendrá mi título, mi casa y mi protección.

No soy violento con quienes están a mi amparo.

Dispondrá de una asignación propia, nada de limosnas entregadas por capricho, y ningún acreedor de su padre volverá a acercarse a usted para cobrar lo que no le corresponde pagar.

Podrá conservar sus amistades, recibir a quien desee y administrar mi hogar con la libertad que cualquier condesa debería tener.

—Eso me lo podría dar cualquiera, lord Harrowmere —le recordó.

—¿Y quién de todos los que tiene en mente la acaba de rescatar de ser vendida a un libertino que ha confesado que no ve inconveniente en permitir que otro hombre la posea si eso le reporta riqueza, milady ?

La reflexión desnuda en forma de pregunta la hirió más de lo que debería. Harrowmere se limitaba a colocar la dolorosa verdad sobre la mesa y a esperar que ella tuviese el valor suficiente para seguir de pie.

—¿Me está diciendo que nunca acabará ofreciéndome para cubrir alguna deuda como método de pago?

—La pregunta resulta ofensiva, pero puesto que todavía no me conoce lo suficiente se la responderé: jamás.

Ella asintió porque su vehemencia no dejaba lugar a duda.