Capítulo 4 #2
La cuestión dejó la habitación sin aire. Westcott se movió hacia ellos con una alarma que nada tenía que ver con la moral, y sí mucho con el miedo a que un duelo destrozara la utilidad de ambos hombres antes de que él pudiera obtener beneficio de alguno.
—Caballeros, no hay necesidad de convertir esto en…
—Cállese —dijo Damian.
Westcott obedeció.
Ashwick lo miró con una frialdad nueva.
—Ha heredado un título, Harrowmere, pero a veces parece olvidar que hay elegancia que no se adquiere por la suerte del destino. Jamás pertenecerá al mundo que se muere por conquistar.
—Y usted parece olvidar que la crianza no sirve de mucho cuando está tratando de competir con un hombre que tiene más dinero, poder y recursos que usted. No le conviene hacerme enfadar.
—No le tengo miedo.
—Entonces retírese sin compensación y demuéstrelo.
Ashwick apretó la mandíbula porque sabía que lo que él acababa de decir no tenía ni pies ni cabeza. Demostrar su valentía implicaría luchar por lo que se le había prometido. Maldito fuese Harrowmere y sus condenados trucos.
—La dama bien vale la pena el riesgo.
Damian casi sonrió.
Ahí estaba.
El amor, la atracción, el interés, el honor, todas esas palabras tan útiles para decorar lo que en el fondo podía medirse en libras.
Ashwick no amaba a Aurelia. La deseaba, quizá.
Le convenía, sin duda. Había algo de capricho en su interés y un punto de vanidad herida por la resistencia de una dama que no se inclinaba hacia él con la rapidez que otras habían mostrado.
Pero estaba convencido de que no iba a luchar por ella si el precio dejaba de resultarle interesante.
Damian cruzó los brazos sobre el pecho.
—Le pagaré el doble de lo que lord Westcott le debe si cede.
El padre de la joven emitió un sonido que habría resultado gracioso en un hombre menos despreciable.
—¿A cambio de qué exactamente? —inquirió Ashwick—. No le permitiré pasar ni una sola noche con ella antes de que me haya dado un heredero y un repuesto, así que debería replantearse su oferta. Son dos años como mínimo lo que tendrá que esperar.
Damian descruzó los brazos y apretó los puños. Se estaba conteniendo y había sido un milagro lograr hacerlo. No era ningún caballero, pero hasta él sabía que no debía matar a un hombre frente a una dama, aunque ello implicase defender su honor.
—No lo ha entendido en absoluto. Recibirá la recompensa a cambio de que abandone esta habitación, no repita nada de lo que ha ocurrido aquí y olvide cualquier conversación relacionada con lady Aurelia Westcott.
—Eso es insultante.
—Es muy lucrativo para usted. Una diferencia importante. Sabe que no ganará esta vez; yo no soy Westcott.
Ashwick miró hacia la ventana.
—¿ Lady Aurelia?
Ella no se movió. Durante un momento, el silencio se extendió de una manera tan cruel como lo era la conversación misma.
La música seguía sonando a lo lejos, al otro lado de las paredes, y Damian pensó que esa distancia era obscena.
Afuera bailaban, sonreían, bebían limonada y murmuraban sobre abanicos y vestidos; dentro de aquel despacho, tres hombres acababan de poner precio al futuro de una mujer que permanecía tan quieta que su inmovilidad parecía una forma de agotamiento.
— Lady Aurelia —repitió Ashwick, esta vez con menos seguridad—, ¿desea que acepte la oferta de lord Harrowmere y me retire?
Dios santo, cuando Damian escuchó la pregunta estuvo a punto de darle un puntapié.
¿No se daba cuenta de que los tres la habían humillado hasta la médula?
Si él fuese inteligente, se daría media vuelta.
Si esa mujer ya era una arpía sin haberle dado verdaderos motivos para serlo, lo que haría con él después de esa conversación…
¡Los problemas de uno en uno!, se dijo Harrowmere.
Damian primero se la aseguraría y luego…
Bueno, después ya vería cómo reconducía todo ese tórrido episodio.
Aurelia miraba por la ventana. No había nada que ver al otro lado salvo la oscuridad, una línea de árboles recortada contra el cielo y el reflejo difuso de su propio rostro en el cristal.
Lo había escuchado todo. Damian lo sabía por la tensión en sus hombros, el leve temblor de su respiración y la manera en que sus dedos seguían cerrados sobre el marco, pero no quería reconocer lo que estaba sucediendo. Por eso ella se negaba a hablar.
Ashwick seguía esperando una respuesta.
Westcott también.
—La dama ha tomado su decisión. No le quiere a usted y se niega a decírselo para no ofenderlo—le dijo Damian.
Ashwick se apartó de la chimenea. Se veía ofendido y dispuesto a darle una lección a una mujer obstinada.
Damian se tragó una sonrisa porque sabía que su rival iba a retirarse para que ella acabase lamentando su decisión y luego fuese a verlo para suplicarle piedad.
¿De verdad eran todos los hombres tan fáciles de predecir como ese asno?
Suerte que Damian no era ningún estúpido.
Insensible cuando la situación requería sangre fría, sí. ¿Estúpido? Eso jamás.
—Muy bien, milady . Cuando Harrowmere acabe con usted y venga a verme, recuerde que pudo haberse convertido en mi esposa y no en mi pu…
—Cuidado, Ashwick —lo frenó Damian de inmediato—. Termine esa frase y le aseguro que no dejará esta habitación con vida. Poco me importará que ella me vea asesinarlo. Y le aseguro que no acabaré en la horca. Demasiados amigos en el Ministerio y todo eso. Ya lo sabe.
—No vale la pena seguir perdiendo el tiempo.
Westcott dio un paso hacia él.
—Ashwick, podemos…
El rostro del patán perdió por fin aquella pereza agradable que tantos confundían con encanto.
—No, Westcott. No podemos hacer nada. Lord Harrowmere me ha hecho una oferta generosa, y su hija, por lo visto, no considera necesario que yo la rechace. No lucharé por una mujer a la que no le importa su propio futuro —dijo.
Damian sintió que la frase le golpeaba en un lugar inesperado.
Aurelia, en cambio, siguió contemplando la oscuridad.
—Sabia decisión —le comentó Damian.
—Enviaré a mi secretario a ver al suyo, Harrowmere.
—Hágalo antes del mediodía —le ordenó el Conde Oscuro.
—Qué precisión tan mercantil.
—Me gusta que los negocios sean claros.
—Estoy seguro de que sí. Disfrute del premio.
—Dicho lo cual, Ashwick se inclinó en dirección a Aurelia.
Después, el conde pasó junto a Damian, abrió la puerta y trató de salir sin mirar atrás.
Finch apareció al otro lado del umbral, silencioso y atento.
Damian negó apenas con la cabeza, y el muchacho se retiró lo justo para permitir que Ashwick cruzara el pasillo.
Lord Westcott se recuperó de la trifulca.
—Bien —dijo, frotándose las manos una sola vez antes de recordar que el gesto era vulgar—.
Bien, bien. Esto ha sido desagradable, pero quizá inevitable.
Harrowmere, no fingiré que sus maneras me complacen, pero el resultado puede considerarse aceptable.
Comprenderá además que le exija una compensación extra.
Sé bien que acaba de perdonarme la deuda y que ha asumido la que yo tenía frente a lord Ashwick, pero si la desflora me costará más casarla luego.
Su precio será más bajo porque ya no será pura.
Se la cederé un mes y se ocupará de que no haya…
consecuencias. Le sugiero las fundas francesas; son efectivas para prevenir bastardos, puedo dar fe de ello.
—Westcott, salga de aquí antes de que lo mate.
El padre de Aurelia no se movió.
—Pero hay que establecer los términos…
—Finch, sácalo de aquí o haré algo irremediable. —Ni tan siquiera tuvo que alzar la voz; su muchacho ya estaba sujetando por el brazo a Westcott.
Por primera vez durante la reunión, Aurelia volvió la cabeza y Damian notó su mirada antes de encontrarla. Era directa, oscura y vacía de emoción.
La puerta se cerró y ambos se quedaron solos en el despacho.
Durante unos segundos, la habitación permaneció en un silencio tan sepulcral que la música del salón parecía haber desaparecido.
Damian seguía cerca de una mesa, con una mano apoyada sobre el respaldo de una silla. Aurelia continuaba junto a la ventana.
La dama no había llorado, gritado o suplicado. Era más fuerte de lo que el Conde Oscuro había supuesto. Y se reafirmó en su suposición cuando se giró y se quedó frente a él. Con el mentón en alto y la rabia contenida en su mirada.
Era una mujer que se negaba a romperse. Y él no había sentido tal admiración por ninguna otra jamás.
Estaba perfecta en su papel de Furia griega.
Su corazón comenzó a martillear bajo las costillas.
Incluso le estaba costando respirar. ¡Qué mujer tan formidable!
Dios, ella no había nacido para ser condesa, debía ser como mínimo duquesa.
¿Podría comprarse ese título con dinero?
Decían que el Regente era un derrochador, tal vez pudiese contribuir generosamente a las arcas de la Corona a cambio de convertirse en un duque.
—De acuerdo, lord Harrowmere —habló fríamente—, supongo que merezco saber cuánto ha pagado por mí. Aunque he de decirle que ha tirado el dinero por las cloacas, dado que no me convertiré en la puta de nadie.
Y ella se había atrevido a usar la palabra que sabía que Ashwick no terminó de completar.
Dios santo. Si no iba con cuidado esa mujer lo tendría de rodillas pronto. ¡Qué diablos! Él estaba a punto de arrodillarse ante ella porque ni Cleopatra misma habría sometido de tal modo a César. Al fin comprendía cómo un emperador de semejante talla había acabado a los pies de la reina egipcia.
¿Había algo que lady Aurelia temiese?
¡Qué valor! ¡Qué templanza! ¡Cuánto orgullo!