Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La trampa de la elección

Se estaba engañando a sí mismo. La decisión había sido tomada antes de acudir al baile.

Así que Damian hizo lo que no debería hacer un hombre inteligente que abogase por la autoconservación.

Salió tras Aurelia y su padre. No de inmediato, porque la impaciencia era una debilidad demasiado visible y él jamás había sobrevivido mostrándole al mundo cómo podía herirlo.

Esperó el tiempo suficiente para que la ausencia de Westcott y su hija pudiera confundirse con un asunto familiar sin importancia, aceptó una copa de champán que no se bebió porque detestaba esa bebida y dejó que se le acercase una mujer que lo había estado observando con gran interés.

Intercambió un par de coqueteos con ella y luego se despidió cortésmente.

Después cruzó el salón a un paso más ligero del que le hubiese gustado ir. Finch apareció junto a él en el corredor antes de que Damian tuviera que llamarlo.

—Milord.

—¿Por dónde has entrado esta vez?

—Conozco a una de las criadas y me abrió la puerta del servicio. No tuve que romper ningún cristal.

—Quédate cerca y no interfieras a no ser que te llame.

—¿Problemas con la dama?

Damian no redujo el paso.

—Esa mujer es peor que un grano en el… —No terminó la frase, pero su muchacho ya se estaba riendo.

—¿Y cuál no lo es, milord?

—Es cierto —estuvo de acuerdo—. Me preocupa Westcott.

—¿Quiere que me ocupe de él?

—No hará falta.

Su hombre de confianza asintió.

—¿Finch?

—¿Sí, milord?

—Si alguna vez comentas que ella me ha humillado y yo se lo he permitido… —comentó en una clara alusión a que la mujer lo había dejado plantado mientras bailaban.

—Sus asuntos son suyos, milord —se apresuró a decir el otro—. Aunque admito que la admiré un poco por su atrevimiento. Supongo que es algo bueno que ella no conozca su fama todavía, pues de otro modo no se habría marchado de la forma en la que lo ha hecho.

—Oh, sí. Ella sabe exactamente todo lo que se rumorea de mí.

—¿Y a pesar de ello se atrevió a humi…? —Damian ladeó el rostro y le echó una mirada muy directa que frenó a Finch—. ¿Qué puedo decirle, milord? Debería celebrarlo; a usted no le gusta aburrirse. Será una esposa de lo más interesante.

—Será una maldita complicación. Eso es lo que será esa tonta —farfulló indignado. ¡Hasta Finch se había dado cuenta de que él ya la había elegido como su inminente condesa!

El corredor que conducía a los gabinetes privados estaba peor iluminado que el salón, quizá por discreción, o tal vez porque los anfitriones de aquella fiesta conocían demasiado bien la utilidad de las sombras cuando un caballero necesitaba cerrar una apuesta, besar a quien no debía o negociar algo que jamás habría pronunciado frente a las madres de las debutantes.

Estaba tenso. ¡Y él, que la había acusado de no ser inteligente, estaba persiguiéndola a pesar de que no le convenía en absoluto!

Lady Aurelia Westcott no era su mujer, ni tampoco su prometida.

No era su responsabilidad. Lo había insultado sin avergonzarse.

El asunto debería haber terminado ahí, convertido en un rumor sabroso para los salones y en una irritación privada que él podría resolver más tarde por medios mucho menos públicos.

Y pese a todo, Damian no podía quedarse al margen. ¿El motivo? No lo sabía. Oh, sí. Había orgullo ahí, en su decisión de salir corriendo tras ella para protegerla, pero también algo más. Le preocupaba que terminase atada a alguien como Ashwick.

Damian se detuvo ante la puerta que le estaba señalando Finch. Era la de un despacho.

—¿Estás seguro de que estará aquí?

El hombre de Damian puso la oreja tras la puerta. Al otro lado se oían voces bajas. Una masculina, temblorosa bajo una capa de autoridad; otra más segura y aristocrática que solía confundir la confianza con el propio valor.

—Dos hombres, supongo que no hará falta que le diga quienes son. Su dama no habla, milord, pero sé que está ahí dentro con ellos.

—Viste a Ashwick observarla en el salón mientras se relamía, ¿cierto?

Finch le sonrió.

—Me paga por ser el mejor, milord. ¿Quiere que me ocupe yo de él mientras usted lidia con el padre y con ella?

—No, pero no te alejes.

—¿Tiene miedo? —se atrevió a bromear sabiendo que se ganaría alguna respuesta de lo más cortante.

—No seas ridículo. Soy capaz de enfrentarme a Westcott. Y estoy seguro de que Ashwick saldría corriendo en cuanto levantase un puño. Lo que me preocupa es que ella me acorrale y entonces sí que tendrás que intervenir y sujetarla. Es una fiera.

El otro se quedó con las cejas bien alzadas.

—No sabía que usted supiese hacer bromas, milord.

—Sí, eso he descubierto yo también esta noche. Por lo visto, ahora tengo algo más de paciencia.

Damian abrió la puerta sin llamar.

Lord Westcott se volvió de golpe. Se veía todavía más pálido que en el salón, y la expresión que cruzó su rostro al reconocerlo habría resultado cómica de no ser tan repugnante la situación.

Aurelia estaba junto a la ventana, de espaldas a la habitación, con una mano apoyada en el marco y la vista perdida en la oscuridad del jardín.

La luz del candelabro rozaba su perfil y dejaba al descubierto la tensión de su mandíbula, aunque el resto de su postura era tan sereno que otra persona habría podido creerla indiferente.

Ella estaba preocupada en exceso. No se volvió para mirarlo, aunque sospechaba que ella sabía quién acababa de hacer acto de presencia.

Un hombre permanecía cerca de la chimenea apagada, medio oculto por la penumbra. Se trataba del maldito Henry Trust, conde de Ashwick, tal y como Damian había sospechado y Finch había afirmado. El tonto alzó la copa que sostenía con dos dedos y miró a Damian con mayor arrogancia.

Lo conocía bien. Rico, sin deudas y una larga colección de amantes tras de sí que lloraban su pérdida cuando decidía abandonarlas.

Se había enterado, gracias a sus hombres, de que ese petimetre había tratado de cortejar a Aurelia, pero que la dama era reticente; por eso Ashwick había usado el punto débil de Westcott para tratar de conseguir lo que deseaba: las apuestas.

Damian sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo en aquel despacho.

No esperó a ser saludado. Tampoco le concedió a Westcott la oportunidad de echarlo, aunque el conde abrió la boca con toda la indignación que podía mostrar un ladrón al que habían interrumpido antes de que pudiese esconder la plata.

Damian cerró la puerta a su espalda.

—¿Cuánto le debe a él? —le preguntó al padre de la dama directamente.

Westcott se quedó inmóvil.

Ashwick arqueó una ceja.

Aurelia siguió sin volverse.

—Harrowmere —dijo lord Westcott, y su voz intentó recuperar una dignidad que se le escapaba por los bordes—, esas no son las formas de un hombre bien educado.

—No soy ningún caballero y me gusta la practicidad.

Westcott hinchó el pecho. Estaba tratando de reunir valor para enfrentarlo. Otro estúpido redomado más.

—Está usted interrumpiendo una conversación privada.

—Le he hecho una pregunta, Westcott.

—No pienso responderla.

Damian dio un paso amenazante hacia él. Lo suficiente para que el padre de Aurelia recordase que, aunque en los salones lo considerasen advenedizo, había hombres en Londres que obedecían una inclinación de su cabeza con mucha más eficacia que un lacayo a una campanilla.

—¿Le debe a él más que a mí?

El silencio de Westcott fue una respuesta clara. Le debía más dinero a Damian.

Ashwick dejó la copa sobre la repisa con lentitud.

—Harrowmere, no veo qué puede incumbirle en una conversación entre lord Westcott, su hija y yo.

Damian no apartó la mirada de Westcott.

— Lady Aurelia se casará conmigo —decretó.

Esta vez la joven sí se movió. No giró del todo la cabeza, pero la mano que tenía apoyada en el marco de la ventana se cerró hasta marcar la tensión de los nudillos bajo el guante.

Aquella pequeña reacción fue más elocuente que cualquier grito.

Damian se enfureció. ¿No podía ver ella el enorme esfuerzo que él estaba haciendo para salvarla de acabar con alguien como Ashwick?

Pues era imposible que estuviese al tanto de lo que se comentaba sobre él y no de lo que era en realidad ese patán engreído.

Sería conveniente que quedase claro que el patán engreído era Ashwick, no Damian… Por si había alguna duda.

Westcott parpadeó una vez. Luego otra. Después, algo parecido al alivio le cruzó la cara con tanta rapidez que la ira de Damian, que ya estaba encendida, encontró un nuevo combustible.

—Bueno —dijo el padre de Aurelia, recuperándose con una velocidad indecente—. Es una propuesta inesperada, pero desde luego…

—No es una propuesta —lo interrumpió Damian—. Es una realidad.

Ashwick soltó una risa baja.

—Me temo que llega tarde, Harrowmere.

Damian volvió al fin la cabeza hacia él.

—No lo creo.

—Lord Westcott y yo ya teníamos un acuerdo.

—Los acuerdos se deshacen con facilidad cuando yo así lo decido.

—Se lo diré de modo más comprensible: no tengo intención de retirarme porque usted haya decidido irrumpir y declararse dueño de… la situación.

Damian estaba observando a Ashwick con una calma que rara vez presagiaba nada bueno.

—No he declarado ser dueño de la situación, tal y como usted lo ha llamado —dijo Damian—. Solo soy el acreedor principal en este conflicto y tengo prioridad.

Westcott hizo un sonido ahogado.

—Por Dios, Harrowmere. No puede hablar en esos términos.

—¿Y eso lo dice alguien que no se avergüenza de ofrecerle la misma mujer a dos hombres a quienes debe dinero? —añadió Damian sin mirarlo.

Aurelia cerró los ojos un instante.

Fue tan breve que el patán quizá no llegó a verlo. Damian sí. Tenía que ser mortalmente sincero si pretendía ganar la batalla y salvarla de las garras de un ser despreciable, aunque a sus ojos ella lo viese de igual o peor modo que a Ashwick.

—Cuide sus palabras, Harrowmere —le advirtió su rival.

—¿Por qué? ¿Tiene usted intención de desafiarme por ellas? Puede hacerlo; somos del mismo rango. Hágalo, se lo ruego —se atrevió a sugerir.