Capítulo 3 #3
Había ido demasiado lejos. Lo supo en cuanto terminó la frase porque Aurelia dejó de parecer irritada y se transformó en otra persona completamente diferente. Ella se acababa de poner una máscara. ¿Una máscara? No. Se había enfundado una armadura completa.
—Tiene razón, lord Harrowmere —le dijo—.
No estoy en posición de agraviar al hombre equivocado.
Por fortuna, sí estoy en posición de retirarme del lado de uno que acaba de demostrar que es todo lo que se dice que es.
Váyase al infierno, estoy segura de que ya conoce el camino y de que allí se siente como en casa.
Damian sintió que su mano se quedaba vacía antes de comprender que ella se había apartado.
Y no de forma torpe o escandalosa. Lady Aurelia Westcott le había soltado la mano, le hizo una breve reverencia en mitad del salón y abandonó el vals con tanta dignidad que varias personas tardaron un segundo entero en advertir que aquello era una descortesía.
Después, el murmullo empezó a escucharse a su alrededor, primero bajo, luego más vivo, extendiéndose de abanico en abanico y de mirada en mirada con una rapidez asombrosa.
Lo había dejado solo. Plantado en medio del salón.
Damian permaneció inmóvil porque algo así no lo había esperado jamás.
La rabia no tardó en subirle por el pecho, caliente, inmediata, mucho más personal de lo que debería haber sido por una dama a la que no conocía de nada salvo por los informes, rumores y una conversación demasiado intensa.
Su primer impulso fue seguirla, cogerla del codo y obligarla a escuchar una disculpa que no estaba seguro de querer ofrecerle.
Tonterías, él jamás se disculpaba con nadie.
Le espetaría algún tipo de amenaza que no le convenía pronunciar.
La segunda opción no era mucho mejor que su impulso.
Pensó en sonreír, inclinarse ante la sala entera y convertir aquella humillación en un juego que ella lamentaría.
No hizo ninguna de las dos cosas.
Damian Dargrove, el Conde Oscuro —tal y como se acababa de enterar de que lo apodaban— era calculador.
Recogió el guante que ella le acababa de lanzar, por así decirlo, inclinó la cabeza ante una viuda que lo miraba desde el borde de la pista con los ojos muy abiertos, salió del centro del salón con una calma impecable y aceptó el murmullo a su alrededor sin sonrojarse.
Comenzó a pensar en la venganza. Buscó con la mirada a Westcott.
El padre de la dama había sido testigo de todo el numerito que ella había ofrecido gratuitamente.
Lo sabía porque el tonto tenía peor aspecto que un pescado podrido y había dejado de sonreír.
Westcott la castigaría por el trato que le había dispensado.
Una pequeña satisfacción, aunque le duró poco cuando observó que Ashwick lo miraba lleno de arrogancia y complacencia.
Si ese estúpido supiera que le acababa de dar un motivo más poderoso para salirse con la suya, se mostraría más preocupado.
Damian decidió colocarse en un lado más discreto del salón para observar la siguiente escena.
Entonces vio que el padre de la dama comenzaba a caminar hacia ella con una rapidez sorprendente para un hombre que solía moverse solo cuando había brandy , naipes o mujeres al final del trayecto.
Le habló en voz baja. Aurelia negó con la cabeza una vez.
Westcott sonrió, pero aquella sonrisa no tenía nada de agradable.
Le ofreció el brazo con una insistencia que desde lejos podía pasar por cortesía paterna y que Damian reconoció de inmediato por lo que era.
Una orden indiscutible. Ella se negó a seguirla y él volvió a decirle algo al oído. Aurelia desvió la mirada y buscó a… ¿A quién buscaba? Damian se centró en su línea de visión y entendió que estaba observando a su hermana. ¿Cómo se llamaba ella? ¿Cecilia? ¡Cecily!
Finalmente, Aurelia aceptó el brazo de su padre. Así que esa era la baza que jugaba Westcott para someter a una mujer que era pura obstinación.
Y fue ahí cuando Damian observó cómo lord Westcott la conducía hacia una puerta lateral, apartada de la música y de las lámparas, hasta desaparecer con ella en el corredor que llevaba a los gabinetes privados de la casa.
Solo entonces permitió que su expresión cambiara. No mucho. Sí lo justo para que Finch, oculto cerca de la entrada, enderezara la espalda. Damian se dio cuenta de ese hecho y negó con la cabeza para que su hombre más salvaje y fiel no moviese un solo dedo.
Lady Aurelia Westcott lo había humillado en público y su padre acababa de llevarla a un despacho para hacerla pagar por ello. No tenía duda alguna.
Y Damian, que no quería una esposa, que no quería complicaciones, mucho menos una familia arruinada colgándole del cuello o una dama orgullosa mirándolo con desprecio desde el otro lado de una mesa durante el resto de su vida, comprendió, con una irritación todavía más profunda y severa que la que Aurelia le causaba, que tenía que tomar la decisión más importante de su existencia.
¡Infierno sangriento! Era crucial tomar una decisión y hacerlo rápido porque había perdido de vista a Ashwick.
¿Cuándo había abandonado el salón ese estúpido? Y lo más importante: ¿dónde demonios se había metido el maldito petimetre?