Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

No era la primera vez que una dama le recordaba lo que pensaba de su origen o de la manera en que había ganado su dinero.

Lady Aurelia, al menos, tenía la decencia de herir de frente.

Valiente y tonta en exceso. Otro menos interesado en la oferta de su padre habría actuado de un modo poco civilizado. Se calmó y suavizó la mirada.

—Ah. Mi reputación me precede. Me siento halagado porque me haya estado investigando, milady . Para futuras ocasiones, le recomiendo que me pregunte directamente lo que desee conocer de mí; estaré encantado de ilustrarla.

—No pretendía ofenderlo —trató de disculparse, dado que sabía que había ido demasiado lejos.

—No mienta; la prefiero irritante a mentirosa.

Damian vio una chispa de furia en sus ojos. Aurelia alzó el mentón y el conde supo que iba a cargar contra él con toda su artillería.

—Los informes sobre usted circulan con bastante libertad. Es imposible no escucharlos.

—¿Y usted los cree?

—¿No debería?

—Depende.

—No sé qué espera de mí —dijo ella.

—De momento, solo sinceridad.

—La verdad rara vez resulta agradable en un salón de baile; puede resultar irritante —lo desafió de nuevo.

—Usted no tiene miedo a decir lo que piensa. Eso no me desagrada y la estoy invitando a que sea sincera conmigo.

—Entonces, sí. Le diré que pienso que algunas de las cosas que se dicen acerca del Conde Oscuro son ciertas. Creo que hizo fortuna durante la guerra, que vendió armas y lo hizo al mejor postor; y aseguran que no le importaba del bando que fuese…

—¿Tan poco patriota se me considera?

—… y que ahora —siguió ella sin detenerse a responder la cuestión— cobra deudas con métodos poco aptos para ser discutidos delante de una dama. Además, se dice que se rodea de hombres que no serían recibidos ni en el umbral de la mayoría de las casas donde usted desea entrar.

—¿Y no se comenta que organizo partidas clandestinas de cartas con apuestas irreverentes en mi propia casa por el placer de desplumar a los más incautos?

No fue lo que dijo. Fue el modo en el que lo dijo lo que hizo que Aurelia perdiese de nuevo el paso. Él la volvió a sostener para evitar que ella se tropezase y cayese al suelo. El contacto fue todavía más íntimo que el primero.

—No. Eso no lo había escuchado —reconoció.

La música siguió envolviéndolos. Damian la guio en otro giro maravilloso y ella se dejó llevar, pero su postura se había vuelto más rígida desde la última observación. Harrowmere se dio cuenta de que no era estúpida y sabía lo que había detrás de la insinuación.

—Ha omitido que heredé un título de manera inconveniente para el resto de mis pares —dijo.

—Estaba segura de que eso lo aportaría usted.

—Qué considerada.

—No pretendo ofenderlo —insistió. Interesante del todo. Ella se mostraba por fin más cauta. Irradiaba humildad. Tal vez no fuese tan valiente después de todo. Eso le convenía a él, dado que una esposa con algo de carácter, pero manejable, al fin y al cabo, le ahorraría muchos dolores de cabeza.

—Lo que ha pretendido, desde que me tuvo delante antes de acceder a bailar conmigo, ha sido recordar la enorme distancia social que existe entre nosotros.

Es usted casi tan despiadada como yo. —Aurelia no añadió nada.

Y esa ausencia de respuesta lo enfureció más que una falsa negación—.

¿Nada que decir al respecto, milady ? —la azuzó.

—Estoy muy lejos de ser lo que dice que soy.

—En mi mundo no sería más que un cordero. ¿En sociedad? Lo es. Sabe cómo poner a cualquiera en su lugar sin alzar la voz. Una sola mirada y es capaz de soltar más exabruptos de los que yo conozco sin hablar. Dese un poco de crédito, mujer, es una rival formidable.

No residía en ella la vulgaridad de Westcott ni la vanidad fácil de Ashwick o cualquier otra dama.

Eso era lo verdaderamente molesto. Si Aurelia lo despreciaba, no lo hacía por simple placer.

Lo hacía porque lo temía, aunque no había ocultado su valentía al plantarle cara.

O tal vez solo censuraba todo lo que él representaba.

En cualquier caso, estaba seguro de que la joven se habría pasado la vida aprendiendo que los hombres con poder usaban a las mujeres para resolver sus propios asuntos.

Con un padre así, la suposición no iría desencaminada.

Ella misma se lo había confesado de algún modo durante la conversación.

Además, Damian podía reconocer con facilidad una defensa estratégica, más cuando la tenía entre sus brazos.

Esa cuestión no impedía que él también hubiese sentido el aguijón de la ofensa. Y eso que él tenía la piel muy curtida.

—Permítame devolverle la cortesía, milady —le dijo.

—¿La cortesía?

—Decirle una verdad.

Ella alzó un poco la barbilla.

—No estoy segura de haberle solicitado ninguna verdad.

—Tampoco yo solicité que me tratase como si fuese un perro y es lo que ha estado haciendo, aunque solo porque yo se lo he consentido —le devolvió el golpe.

Un destello de alarma pasó por los ojos de Aurelia.

—Yo no pretendía… —empezó ella a disculparse.

Damian no le permitió continuar. Se inclinó hacia su oreja y le susurró:

—Es usted una estirada de lo más clasista y no debería darse tantos aires frente a mí. Porque podría dejarla caer y su vida sería un infierno. No es una mujer que cautive con solo mirarla y sus modales dejan mucho que desear.

El color desapareció del rostro de la hija de Westcott con tal rapidez que Damian sintió, junto a la satisfacción inmediata, una punzada de algo extraño. No. No era culpa. No se avergonzaría por haberla ofendido.

—¿Disculpe? —preguntó ella, y su voz había perdido toda muestra de altivez.

—No está en posición de agraviarme, lady Aurelia.

No cuando tiene un padre que pierde más dinero del que puede pagar y al que le quedan pocos bienes de valor; concretamente solo dos con los que en verdad puede comerciar, y más cuando hay un conde aguardando junto a una columna que la mira como si ya fuese de su propiedad.

Las consecuencias de tratar al hombre equivocado con desprecio podrían ser catastróficas para usted.

Su futuro está en venta y querrá que lo compre alguien mejor que Ashwick.