Capítulo 3
Nada de caballerosidad
Dios de todos los reinos… ¿Cómo no se había dado cuenta de que iba a sonar un vals? Aurelia estaba nerviosa y su irritante compañero danzarín lo parecía más que ella. No era ningún consuelo, por supuesto, pero sí que resultaba reconfortante.
A Damian no le gustaba bailar. Y lo que más detestaba era el condenado vals.
Tenía algo de desafío y de falsa intimidad que no le agradaba.
Entonces, ¿por qué había elegido hacer algo que le disgustaba?
Era simple: él comprendía el valor de cada oportunidad, y la que tenía entre las manos era demasiado conveniente para desperdiciarla.
Necesitaba conocer mejor a esa mujer, aunque, en honor a la verdad, ya había decidido que ella era una arpía debido al intercambio que él acababa de presenciar, pero también consideró que resultaba…
peculiar. Y eso último no sabía si sería bueno o malo.
Lo importante era que lady Aurelia Westcott había aceptado bailar con él. No de buen grado, eso era indiscutible.
¿Y esa sería la mujer con la que viviría?
Damian no quería casarse. Una esposa era una molestia costosa, un vínculo lleno de demandas constantes, parientes indeseables, cenas inútiles y obligaciones que ningún hombre inteligente habría buscado sin necesidad.
Y Aurelia Westcott lo volvería loco. ¡Qué demonios!
Ya lo había vuelto loco en tan solo cinco minutos.
Una esposa requería consideración, acuerdos, visitas, muebles, joyas, proteger su sensibilidad y paciencia con su familia.
Damian no tenía inclinación natural hacia ninguna de esas virtudes cuando no iban unidas a un gran beneficio evidente, pero Westcott, maldito fuese, le había expuesto una solución que le pareció sencilla.
¿Lo era en esos instantes? No. Tras conocer a la supuesta sensata hija de Westcott, dudaba mucho que algo relacionado con esa mujer resultase sencillo.
Después de aquella partida de cartas, había hecho lo que siempre hacía antes de decidir si una pieza del tablero podía servirle: investigar.
Sus hombres habían hecho las averiguaciones con respecto a lady Aurelia.
Se había gastado un buen dinero para obtener la información que necesitaba, así que, para el final del día siguiente, Damian sabía bastante sobre las dos hijas de lord Westcott, aunque no lo suficiente para formarse un juicio definitivo.
Ningún informe, por minucioso que fuera, reemplazaba ver a una persona respirar bajo presión.
Cecily Westcott era hermosa.
Eso no requería espías. La menor de las hermanas tenía una belleza luminosa, clara y evidente.
También era demasiado joven para él. No solo por los años, aunque iba camino de cumplir diecinueve y eso bastaría para que muchos la considerasen perfectamente casadera.
Una mujer tan bella, unida a un hombre como él, sería un espectáculo permanente.
Todas las miradas caerían sobre ella. Todas las lenguas hablarían.
Cada invitación, cada paseo, cada gesto de la muchacha se convertiría en una prueba para quienes deseaban verlo fracasar.
Necesitaba a una mujer de fuerte carácter que no se dejase amedrentar y, para su desgracia, parecía que la había encontrado.
Ya le hubiese gustado a él haberse topado con una pusilánime para haberla descartado de inmediato.
¡Por Belcebú!, la arpía lo había comparado con un maldito chucho apestoso.
—Baila usted mejor de lo que esperaba —dijo ella cuando el primer giro los alejó de Beatrice Loxley y los introdujo en la corriente de parejas.
—Estoy concentrado para evitar sus pisotones, milady .
—Interesante.
—¿Le parezco interesante? —inquirió sin coqueteo alguno, más bien con un asombro genuino.
—Lo que me lo parece es que tenga sentido del humor. Confieso que me temí lo peor cuando comenzó esa cuenta atrás para tratar de forzarme a bailar. Usted no es solo intimidante; le gusta intimidar a la gente.
Ahí Damian supo que se acababan de repartir las cartas de esa partida que tenía entre manos.
—Es cierto.
—¿Comprende que no era un cumplido y que no debería mostrarse tan satisfecho de sí mismo?
—Su advertencia llega tarde. Ya me lo he tomado como un gran elogio.
—¿Es importante para usted que le teman?
—Es el mejor modo de ser respetado.
Ella levantó los ojos hacia él. Damian se dio cuenta de que eran avellana, con destellos cálidos que contrariaban la serenidad de su expresión.
Él había esperado una dama apagada, quizá tímida y resignada a soportar a su padre.
Vestía como si fuese una auténtica solterona y su peinado no era demasiado favorecedor.
Lucía unos pendientes que debían ser falsos, dado que no se sorprendería si Westcott hubiese vendido los zafiros de verdad.
—No debería acostumbrarse a tomar mis palabras por cumplidos, milord.
—¿Tan pocos acostumbra a hacer?
—A los caballeros, sí.
—Me toca recordarle que comparar a un hombre con un perro no es ningún cumplido.
Ella le sonrió.
—Admita que ha sido divertido, milord.
—No lo ha sido en absoluto —rebatió él con severidad.
—Bueno, para usted no, pero Beatrice y yo comentaremos esa hazaña hasta que seamos un par de viejas decrépitas.
—¿Pensará en mí hasta el último suspiro de su vida, milady ?
—Ya le gustaría a usted. Me refiero a que cuando estemos mortalmente aburridas, recordaremos el modo en el que nos atrevimos a ofender al caballero más peligroso de la sociedad de Londres.
—¿Así es como me ven todos? ¿Peligroso? —se volvió a vanagloriar.
—No es interesante ni tiene sentido del humor, resulta un caballero de lo más extraño. Otro en sus botas ya se habría alejado de mí airado.
—No ha parado de decir que soy peligroso, intimidante, pero no la veo tampoco a usted salir corriendo.
—¿Yo? Por supuesto que no. Si hubiese tenido un padre como el mío, se habría armado de valor desde la cuna. —Y, como él comenzó a mirarla con atención, Aurelia se dio cuenta de que había hablado de más.
—Responderé a su sinceridad con la mía propia. Si se hubiese enfrentado a un ejército de personas irritantes desde que tuvo uso de razón, habría aprendido a tolerar las impertinencias con gran maestría, milady .
—¿Así es como me ve? ¿Irritante?
—¿Tanto le importa la opinión que tengan de usted, lady Aurelia?
—Lo cierto es que no.
—Ah. Entonces solo quiere saber la mía.
—Yo no… —comenzó a decir.
—Sí que resulta usted irritante, y en exceso —la interrumpió—, pero la perdono porque sé que es un comportamiento defensivo. No el mejor, aunque efectivo en según qué casos.
—¿Un modo de defensa, dice?
—Sí, pero no es el más efectivo —insistió.
—¿Y cuál es el más efectivo según su experiencia? No, no, no —comenzó a negar a toda prisa—. Permita que sea yo la que lo adivine… ¿intimidar a los demás?
—Ahora sí que la considero inteligente. Además de molesta. Debería sentirse alabada, milady , hay pocas personas que me causen interés.
—Ya… —masculló porque no sabía qué otra cosa añadir.
Damian la hizo girar con precisión, sin permitir que el movimiento alterara la distancia tan correcta que existía entre ambos.
Ella lo siguió sin falta, aunque sus ojos se afinaron un poco.
¿Él quería irritación? Irritada fue la mirada que le echó por ser tan autoritario mientras la dirigía en el baile.
La lanzaba de aquí para allá, y lo hacía como si fuese del todo natural, como si lo hubiese hecho durante toda su vida. Eso no le gustó a Aurelia.
—La cortesía suele ser más generosa cuando se miente, ¿lo ha pensado alguna vez, milady ? —cuestionó él.
—En ese caso, debería agradecer mi esfuerzo.
Harrowmere sonrió de lado otra vez.
—Lo haré cuando lo perciba. Creo que usted no es una dama que se esfuerce en mostrarse impecable a no ser que el sacrificio conlleve una gran recompensa. ¿Me equivoco?
Ella volvió la vista un segundo hacia la hilera de damas sentadas, aunque Damian sospechó que buscaba otra cosa. A su padre, quizá. O a Ashwick, que había permanecido cerca de la columna con una sonrisa menos alegre desde que ella aceptó bailar el vals con él.
—¿Le gusta Ashwick? —La pregunta fue tan directa e inesperada que Aurelia perdió el paso y Damian tuvo que sujetarla fuertemente por la cintura.
No le gustó tampoco lo que él acababa de provocarle con ese roce tan íntimo.
—¿Cómo se atreve a hacer semejante pregunta? ¿No tiene un mínimo de consideración?
—Prefiero ir al grano, ya se lo dije antes, no me agrada perder el tiempo. Responda la cuestión y hágalo con sinceridad.
—¿Me acaba de dar una orden?
—Si lo prefiere, interprételo como una invitación cortés.
—¡Cortés! Usted no sabría el significado de esa palabra ni aunque la leyese veinte veces en un papel.
—No se desvíe de la cuestión. Ashwick, ¿le gusta él?
—No es un asunto que le incumba.
—Me incumbe más de lo que se imagina, milady .
—¿Por qué? —preguntó con audacia.
—¿Volvemos a entrar en bucle como tan sabiamente indicó su amiga, lady Aurelia? —rebatió él.
—¿No le parece que en estos días el clima está siendo muy descortés, milord? —cambió el rumbo de la conversación.
—No me lo dirá. Muy bien. Me pregunto qué le ha hecho aceptar bailar conmigo —advirtió Damian.
—Usted insistió —le recordó la dama.
—Muchas personas insisten. Eso no significa que usted les conceda lo que desean. No me parece la clase de mujer que ceda. De hecho, su amiga hizo esa observación y yo la creí al instante.
—¿Habla desde la experiencia, lord Harrowmere? —se burló de él.
—Hablo desde la observación.
—Debe de observar mucho.
—Es una costumbre útil.
—Sobre todo para quienes viven de conocer las debilidades de los demás y las explotan sin pestañear.
La frase fue dicha con suavidad. Casi con elegancia.
Aun así, contenía suficiente desprecio para que otro hombre hubiese apretado la mano en su cintura para darle un claro aviso de que estaba jugando con fuego.
Damian no lo hizo. La siguió sosteniendo entre sus brazos con la misma corrección, aunque algo oscuro debió reflejarse en su mirada porque ella se había estremecido.