Capítulo 2 #4
Algo casi imperceptible rozó la boca de él. No llegó a ser una sonrisa, aunque quizá esa clase de hombre considerase que mover un músculo ya era un exceso de expresividad.
—No, en la frente no, pero sus ojos dicen otra cosa, y estoy convencido de que el motivo reside en otro asunto y no en esta extraña conversación.
—Milord, si me permite ser franca…
—¿Más todavía? —inquirió él. Entonces, Beatrice emitió un sonido sospechoso que disfrazó con un carraspeo y él se enmendó—: Se lo agradecería, milady . —Al parecer, estaban jugando al decoro.
—Preferiría no bailar.
Harrowmere bajó la mirada hacia la pequeña tarjeta de baile que colgaba de su muñeca.
Aurelia sintió el impulso absurdo de cubrirla con la mano, pero no lo hizo.
El gesto habría sido revelador. La tarjeta estaba casi vacía, no porque nadie le hubiese solicitado un baile, sino porque ella había aprendido a esquivar compromisos con gran habilidad y no le gustaba bailar.
Solo lo hacía con quienes consideraba caballeros confiables y había muy pocos.
Y, por supuesto, que jamás bailaba con pícaros.
Ni tampoco con nuevos condes oscuros que se veían peligrosísimos. Añadiría esa categoría a su lista.
—¿Se refiere a que no quiere bailar conmigo o en general? —observó él.
—Piense lo que desee.
—Siempre lo hago.
Aurelia parpadeó un par de veces porque no había esperado aquello.
—Me alegra oírlo.
—No he dicho que vaya a aceptar su negativa. Jamás me doy por vencido cuando me propongo algo.
Ella suspiró e intercambió una mirada cómplice con su amiga. Beatrice entendía que Aurelia estaba pensando en Ashwick y que de nuevo había cometido el mismo error con Harrowmere.
—Milord —dijo ella, con una dulzura que habría podido helar la limonada—, no soy aficionada a que ignoren mis deseos.
—Tampoco yo.
—Entonces tenemos algo en común.
—Más de lo que usted cree, quizá.
No le gustó aquella frase. No por su significado, que, por otro lado, no podía entender, sino por el modo en que la dijo, con una seguridad brutal.
—Lord Harrowmere —intervino Beatrice, recuperando por fin la voz—, mi amiga ha expresado su deseo de descansar. Conozco bien a Aurelia, le aseguro que no es fácil inducirla a hacer aquello que no desea.
—Mi padre mismo te daría la razón, amiga mía —expuso en un ataque de orgullo desmedido.
—Lo sé —le dijo la otra al tiempo que le sonreía.
Damian miró hacia otro lugar del salón. La música de la siguiente pieza no tardaría en comenzar.
Varias parejas se acercaban ya al centro de la pista de baile.
Cerca de una columna, lord Westcott había dejado de hablar con Ashwick.
Los dos miraban hacia donde estaba el trío.
El padre de Aurelia no parecía satisfecho. Ashwick tampoco.
Él volvió los ojos hacia ella.
—Le estoy ofreciendo una salida más elegante que permanecer aquí mientras su padre la observa desde el otro lado del salón. Solo Dios sabe lo que estará pensando hacer con usted mientras habla con Ashwick.
Aurelia se quedó paralizada. Al igual que Beatrice.
Él lo sabía. De acuerdo. Ella no era del todo consciente de lo que Harrowmere sabría o no, pero le había dejado claro que algo sí que debía intuir sobre su delicada situación. ¿Cuánto intuiría él?
—Aurelia, creo que deberías… —comenzó a decir Beatrice.
—Sí, lo sé. —Tomó una larga bocanada de aire y luego continuó—: Será un placer bailar con usted, milord.
Harrowmere extendió la mano enguantada y ella se fijó en un detalle que había pasado por alto. Guantes oscuros, por supuesto que sí; no podían ser blancos.
—Ahora sí que comienza a actuar como una mujer inteligente, lady Aurelia.
La dama levantó la barbilla y puso los dedos sobre la mano de Harrowmere. Los guantes de Aurelia eran blancos y el contraste evidenciaba una gran verdad: ella no sería rival para un hombre como el que se había empecinado en bailar con ella.
—Una pieza —dijo—. Ni una más.
Él cerró la mano sobre la femenina y Aurelia sintió el calor de aquel gesto directamente sobre su piel.
—No soy un hombre dado a pedir más de lo que se me concede —dijo él.
—Qué virtud tan inesperada.
—No se acostumbre. Tengo muy pocas.
Ella lo miró, sorprendida a su pesar.
Y esta vez Harrowmere sí sonrió, no mucho; lo hizo de lado y solo lo suficiente para que su rostro severo adquiriese una sombra de peligro más peligroso. ¿De verdad podía haber un peligro peligroso?
¡Dios del cielo! Se sentía tonta por su culpa.
La condujo hacia el centro del salón mientras la música comenzaba, y Aurelia, consciente de la mirada de su padre, de la atención de Ashwick, del murmullo que se abría a su paso y de la presencia oscura del hombre que caminaba a su lado, comenzaba a comprender que se estaba metiendo, sin haberlo querido, en la boca del lobo. Un lobo oscuro y muy peligroso.
Cuando Harrowmere se colocó frente a ella e inclinó la cabeza con impecable cortesía, Aurelia se obligó a respirar con calma. Entonces la dama tuvo la desagradable certeza de que acababa de aceptar el baile menos conveniente de su vida.