Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Considéreme un hombre práctico al que no le agrada perder el tiempo con tonterías.

O si lo prefiere, acháquele mi falta de modales a mi reciente incorporación en el mundo aristocrático.

¿O es indispensable que averigüe quién demonios ha organizado esta maldita fiesta y arrastre hasta aquí a la anfitriona para que haga las debidas presentaciones, milady ?

Su amiga no parece molesta por mi audacia —la desafió, para luego mirar a Beatrice, quien tuvo el buen juicio de bajar la mirada al suelo.

—Uhm… Su audacia resulta irrelevante ahora mismo.

Si no ha sido capaz de seguir el orden lógico para iniciar una conversación, supongo que tampoco debería sorprenderme que no esté al tanto de que un caballero no debe pronunciar ciertas palabras malsonantes delante de una dama.

Y eso último responde más al sentido común y no tanto a la clase social a la que se pertenezca.

Se llama respeto, así que no sé qué excusa ofrecerá para su salida de tono, milord.

Aurelia esperó a ver su reacción ante sus incendiarias palabras. Le pareció que la comisura del labio derecho se le alzaba brevemente, pero también pudo no haber ocurrido, porque fue durante un breve instante, tan corto que ella podría habérselo imaginado.

Y así estaban los tres. Envueltos en un silencio bastante incómodo.

Él no decía nada. Era como si la estuviese evaluando.

Si él pensaba que ella iba a comportarse como una tonta coqueta…

podría esperar sentado, porque no iba a darle tregua.

Si un pícaro era un pretendiente del todo inadecuado, uno que fuese un peligro del que se decía que no tenía ni alma ni conciencia era todavía peor.

No, por descontado que Aurelia no consideraría a lord Harrowmere como un pretendiente jamás, pero era curioso que hubiese entrado y se hubiera dirigido hacia ellas.

Frunció el ceño y miró a Beatrice. ¿El padre de su amiga estaría valorando entregarla a alguien como el hombre que tenía delante? Se asustó.

—Quiero solicitarle el próximo baile —dijo él.

El ceño de Aurelia se frunció más. ¡No se lo estaba diciendo a Beatrice, sino a ella! ¿Cuál sería el motivo? Evidentemente, no podía preguntarle algo así. Sería terriblemente descortés.

—¿Por qué? —Que no debiese hacerle la pregunta y que quisiera refrenarse eran dos cosas diferentes.

Aurelia decidió darse el capricho de averiguar lo que él quería de ella.

En su fuero interno estuvo satisfecha de no haberle formulado esa última pregunta.

Él tenía suerte porque ella había logrado refrenarse y la descortesía no fue tan profunda como pudo haber resultado.

Le tocó a él fruncir un poco el ceño.

—¿Me está preguntando el motivo por el que le acabo de pedir un baile en una fiesta que está organizada para bailar, milady ?

—Sí —afirmó sin despeinarse.

—¿Por qué? —contraatacó él.

—¿Disculpe? —Ella había perdido el hilo de la conversación.

—Le acabo de preguntar por qué quiere saber el motivo por el que le acabo de pedir un baile, milady .

Creía que había sido evidente lo que pretendía preguntarle, y eso no es solo respeto; es considerarla inteligente y capaz de seguir una conversación.

No se alarme; a partir de ahora seré más claro al hablar.

Trataré de que nuestras conversaciones le resulten más sencillas.

¡Fíjese! —exclamó con satisfacción—. Al final sí que estoy aplicando el respeto que se merece.

Unos pocos minutos con usted y ha comenzado a adiestrarme formidablemente bien.

Ella afiló la mirada. Ahí había un claro insulto.

—¿Sabe quiénes resultan fáciles de adiestrar? Los perros y no me agradan. —No le había dado opción de responder.

—¡Aurelia! —la regañó Beatrice.

Ella miró a su amiga.

—Ha empezado él —se excusó, a sabiendas de que acababa de sonar como una niña pequeña—. Además, me lo ha puesto en bandeja. ¿Adiestrar, Beatrice? Cualquiera habría hecho la misma comparación.

Su amiga, traicionera cuando la ocasión lo exigía, alzó su abanico para ocultar una sonrisa.

—Admito que tienes algo de razón, pero pudiste tener más tacto.

—Y yo admitiré que la irritación me ha nublado el buen juicio.

—Sé un poco más amable.

—¿Amable con alguien que acaba de insinuar que recitará el abecedario letra a letra para que pueda entenderle mejor debido a mi falta de inteligencia?

—Está bien. No ha estado acertado. Se ha mostrado bastante vengativo por haberle recordado las reglas sociales.

—Gracias por darme la razón.

—De todos modos, has sido muy brusca, Aurelia. Deberías disculparte.

—¿Disculparme yo? —preguntó con los ojos completamente abiertos.

—Eso le demostraría que además de inteligente estás muy por encima de él en cuanto a buenos modales, aunque no sé yo si esa comparación con el perro podría perdonarse con facilidad. A los caballeros les molesta que no los adulen, lo sabemos bien.

—¡Pero si es evidente que le agrada ser tan desagradable! Parecía un pavo real mientras se vanagloriaba de su falta de etiqueta.

Damian suspiró y luego carraspeó.

—Sigo aquí —les advirtió.

—Lo sabemos —habló Aurelia—. ¿Por qué sigue aquí?

—Amiga mía, estás entrando en una especie de bucle con las preguntas —advirtió Beatrice.

—Es que sigue ahí. No se ha marchado y eso resulta extraño después de habernos escuchado hablar y de que yo lo haya comparado con un perro.

—Dile que estabas pensando en un cachorro adorable y te perdonará.

—¿Por qué iba a querer que me perdonase, Beatrice? Lo que quiero es que siga con sus asuntos en otra parte.

—Y lo haré —intervino él— en cuanto me responda, milady —le recordó con los dientes apretados.

—¿Responderle a qué? —Él alzó una ceja y ella supo lo que iba a insinuar—. Si se atreve a decir que no soy una mujer capaz de seguir una conversación, yo…

—¿Bailará conmigo? —terminó él al ver que ella no sabía cómo seguir.

—Eso haré, sí. Y le pisaré los pies tantas veces que se irá de aquí cojo.

—Me arriesgaré. —Damian le ofreció el brazo y ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Me ha concedido un baile, milady . ¿Está segura de que es usted una mujer inteli…?

—Termine esa palabra y le prometo que…

—¿Que bailará conmigo solo para pisarme los pies y que regrese a mi dulce hogar cojo, milady ? —se adelantó él.

—No es tan gracioso como se cree —masculló Aurelia.

—Baila con él, antes de que todo el mundo nos mire, Aurelia.

—Hágale caso a su sabia amiga —se metió Damian en la conversación para ver si avanzaban un poco.

—¿Así que ella sí es inteligente y yo no? Baile con mi amiga entonces —propuso.

—¡Aurelia! —la regañó de nuevo Beatrice.

—¿Qué?

—No estés celosa, pues no me lo ha pedido a mí. Quiere bailar contigo —le recordó con suavidad.

—¿Celosa después de que me ha…?

—Oh, infierno —la frenó él—. Estaré aquí hasta el fin de mis días discutiendo tonterías. Y todo el mundo cree que no asisto a los bailes porque no me invitan debido a mi nacimiento… Son tan infernales como las damas que se creen inteligentes y comparan a los hombres con perros.

—¿No le invitan a los bailes por su nacimiento, milord, a pesar de que es un conde, sí, recién llegado, pero un conde al fin y al cabo? —La pregunta provino de la amiga de Aurelia.

—¡Beatrice! —la amonestó en esa ocasión la hija de Westcott.

—Sentía curiosidad. Si a él, que es un hombre con título y con fortuna, no lo invitan a estos infernales bailes…

—Ya está. La ha corrompido. ¿Satisfecho?

—Estoy lejos de estar satisfecho, lady Aurelia. Me tiene aquí rogando por un infernal —arrastró la palabra— baile.

—Oh, vamos. Usted no es la clase de hombre que rogaría nada a nadie. Es uno que actúa cuando desea algo, puedo apreciarlo.

Entonces él le ofreció una sonrisa ladeada.

—¿Es un reto, milady ? Bien podría cogerla por la muñeca y arrastrarla hasta la pista de baile si no me responde en tres segundos.

—Veo un farol ahí, milord. No sería capaz de tal grosería.

—Uno, dos…

—¡Lord Harrowmere! —saltó indignada Beatrice—. Haga algo como lo que dice y le garantizo que lo expulsarán del baile y entonces sí que jamás le permitirán entrar en uno, con o sin invitación.

Ese recordatorio pareció apaciguarlo. Él interrumpió la cuenta atrás. Tomó una larga bocanada de aire, murmuró algo acerca de que nunca se había imaginado estar en una situación tan ridícula que involucrase a un par de damas exasperantes y decidió comportarse mejor.

— Lady Aurelia, como estamos en una fiesta y la orquesta no tardará demasiado en interpretar una nueva pieza, ¿me haría el honor de concederme el próximo baile?

—Resultó de lo más solícito. Beatrice asintió cuando él buscó su aprobación con los ojos.

Luego se centró en la arpía que lo tenía ahí mendigando como si fuese un puñetero tonto.

Ella le sonrió con gran entusiasmo. Todo falso, por supuesto.

—Es muy amable por su parte, milord, pero temo que no será posible.

—¿Tiene ya pareja? —Ese detalle no se le había ocurrido.

La pregunta fue cortés, pero no tanto. Parecía extrañado. Ella se puso a la defensiva. ¿Acaso pensaba que la hija demasiado mayor y sencilla de un conde no tenía su público?

—He decidido descansar.

—No parece cansada.

—Qué alivio saber que no llevo el agotamiento escrito en la frente.