Capítulo 2 #2
Lord Westcott había observado durante un mes las atenciones de Ashwick con un interés que iba mucho más allá del orgullo paterno.
Primero había hecho bromas. Luego, preguntas.
Más adelante, comentarios sobre la conveniencia de dejarse admirar por un hombre tan bien situado.
Ah, pero cuando ambos condes hablaron sobre las condiciones del contrato matrimonial —sin preguntarle a ella en absoluto su opinión al respecto— todo se fue al traste.
Ella no tenía dote y eso la había salvado, al parecer, solo momentáneamente.
Aurelia conocía la mirada de su padre. La estaba observando en esos momentos del mismo modo que cuando contemplaba una joya familiar antes de enviarla a empeñar.
—No puedo casarme con Ashwick. Sería demasiado fácil caer en su trampa. Me considero inteligente, pero ni yo misma sería capaz de… —No logró terminar esa reflexión—. Tiene que haber otro candidato, Beatrice.
—No sería lo peor que podría pasarte —le comentó su amiga—.
No digo que me guste, ni que me parezca justo, ni que no desee golpear a tu padre con un objeto contundente hasta que recupere la moral que nunca tuvo.
Si esa última circunstancia sirviese de algo, ya le habría atizado a mi propio padre.
Ashwick es rico, no tiene mal carácter en público y parece… muy interesado en ti.
—Los hombres como Ashwick siempre parecen interesados.
—Algunos maridos son peores.
—Esa frase debería bordarse en las sábanas de media aristocracia. No es ningún consuelo, Beatrice.
—Lo sé. Escúchame: piensa en qué sucedería si acabases comprometida con el vizconde Aldrich.
—Por amor de Dios, amiga mía. ¿Aldrich? ¿No había otro peor?
—El hombre al que se había referido tenía casi cincuenta años, se había casado tres veces y ninguna de sus esposas había logrado dar a luz a un heredero.
Sobra decir que las tres habían fallecido por accidentes comunes, lo que vendría a demostrar lo ciega que podía ser la sociedad o, ya puestos, la justicia cuando no quería ensuciar la respetabilidad de un hombre rico como Creso e influyente pese a tener un título de menor importancia si se lo comparaba con un conde.
—¿Qué harías si fuese Aldrich, Aurelia?
—Muy fácil, querida. Iría ahora mismo a ponerme de rodillas ante Ashwick. —Aurelia se rio con ligereza, pero al ver que su amiga se había quedado muy seria se preocupó—. ¿Qué sucede, Beatrice?
Su amiga negó con la cabeza un par de veces.
—Solo intento decir que quizá podrías manejarlo. Tu madre no tenía tu fuerza. Y decididamente la mía tampoco, y por lo que he oído de Lavinia, la suya estaba lejos de poder hablar en presencia de su padre cuando él estaba presente y no le había concedido la palabra.
—¿Manejar a mi marido?
—No lo digo de una manera que pueda parecer malévola. Es solo… manejarlo.
—Lo dices con mucha dulzura, lo que suele ser la forma más peligrosa de decir las cosas horribles.
Beatrice bajó un poco la voz.
—Aurelia, tal vez podrías mantener su interés de algún modo. No hablo de rebajarte o fingir ser otra, pero si él ya se siente atraído por ti…
—¿Durante cuánto tiempo me querrá un hombre tan apuesto que sabe que puede tener a la mujer que se le antoje?
¿Un hombre que ya mantiene a su amante y que solo Dios sabe cuántos hijos ilegítimos llegará a tener?
— la interrumpió Aurelia, sin dureza, aunque algo dentro de ella se tensó—.
¿Una temporada? ¿Un año? ¿Hasta que una viuda más divertida le ofrezca menos resistencia?
¿Hasta que yo esté encinta, cansada o demasiado acostumbrada a esperarlo?
No, Beatrice. Un hombre como Ashwick no es peligroso porque sea desagradable.
Lo es porque no lo es. Porque podría hacerme creer que soy distinta para él.
—Tu padre no tiene hijos naturales, Aurelia —dijo en un susurro.
—Es lo único que ha sabido hacer bien y te aseguro que lo ha hecho porque no deseaba tener más bocas a las que alimentar.
Beatrice no afirmó nada más de inmediato. La música llenó el silencio entre ambas, una contradanza animada que obligaba a las parejas a sonreír, girar y rozarse las manos con alegría. Al otro lado del salón, una joven debutante se ruborizó cuando su compañero le dijo algo al inclinarse.
—¿Tan malo sería creer que podrías enamorarte de tu esposo y él de ti para siempre? —preguntó Beatrice al fin.
Aurelia miró a su amiga, y por un momento la ternura asomó en sus ojos. Beatrice no era ninguna ingenua, pero sí una soñadora. Todavía conservaba la esperanza, una fe extraordinaria, en que el amor podía ser algo más que una trampa en la que morir.
—No creo en los milagros —respondió.
—No todos los hombres son como tu padre.
—Lo sé, pero prefiero no arriesgarme con uno que se le parece demasiado.
—Piensa en que podrías terminar atada a alguien como Aldrich y ahí sí que todo estaría perdido.
—Por amor de Dios, Beatrice, ¿qué te sucede hoy con Aldrich?
La otra negó con la cabeza de nuevo.
—Olvida lo que he dicho.
Aurelia volvió la vista hacia lord Westcott y Ashwick. Su padre se reía en esos instantes y mostraba demasiados dientes. Ashwick lo escuchaba con suma atención. Entonces el pretendiente de Aurelia volvió a mirarla y, al ver que ella lo observaba, le sonrió de nuevo y esta vez le guiñó un ojo.
Ella no hizo ni un solo gesto, pero detestó tal muestra de inmediato. Decididamente ese hombre era muchísimo más peligroso que su padre. Un pícaro nato.
—Tal vez existan hombres buenos —dijo—. Fieles.
Respetables. Capaces de no destruir lo que una mujer les entrega.
Si me caso, intentaré encontrar a uno de ellos y, como sé lo difícil que será, me contentaré con hacerlo con alguien que sea decente.
No aceptaré a un disoluto. Mi padre me convocó a su despacho después de leer el periódico. No le gustó ver la nota.
—¿Sospechó algo?
—No, pero me ha dicho que podía elegir hasta el final de la temporada antes de que lo hiciese él. Así que tengo tiempo, no me daré por vencida.
—Eso suena sensato. Deberías encontrar a un hombre que sea sensato.
—Los hombres sensatos rara vez resultan fáciles de encontrar entre los que acuden a los bailes buscando esposa.
—Quizá porque los sensatos se quedan en casa leyendo —bromeó—. Mejor busca a uno aburrido.
—Entonces tendremos que allanar las bibliotecas.
Beatrice soltó una risa baja, que se interrumpió cuando el movimiento de varias damas cerca de ellas dejó visible una figura al otro lado de la sala.
Aurelia lo vio antes de comprender por qué se había producido aquel cambio en el ambiente.
Damian Dargrove, conde de Harrowmere, no necesitaba abrirse paso.
La gente se apartaba antes de que él llegara y nadie lo hacía con el entusiasmo que se le concedía a un favorito de la sociedad, dado que el motivo era todo lo contrario.
Le temían y lo repudiaban, pero él se mantenía impasible.
No era la clase de hombre al que se ignoraba, aunque muchos lo intentasen.
Vestía de negro, salvo por la blancura impecable de la camisa de lino almidonada y el brillo sobrio de una esmeralda que sujetaba el pañuelo de la corbata.
Era alto, de hombros anchos, demasiado sombrío para un salón donde los caballeros competían en sonrisas, perfumes y frases ingeniosas.
Su cabello negro, espeso y bien peinado, acentuaba la severidad de un rostro anguloso, de pómulos marcados y boca firme.
Pero eran sus ojos los que convertían su presencia en peligro.
Los tenía gris oscuro y siempre miraba con intensidad a su interlocutor.
Poco importaba que fuese un hombre o una dama. Él jamás sonreía o se reía.
Aurelia había oído hablar de él, por supuesto. Todo Londres lo había hecho.
Harrowmere, el conde que había llegado para sacudir los cimientos de la buena sociedad.
El acreedor de media ciudad, un hombre cuyos negocios empezaban donde terminaba la respetabilidad y cuyos esbirros impartían justicia por su propia cuenta.
Era rico. Más rico que muchos de los hombres que lo despreciaban. Y, aun así, no era aceptado.
A Aurelia no se le escapaba la ironía de toda esa situación. Un hombre que tenía todo lo que se necesitaba para ser admirado no era bienvenido entre la alta sociedad, pero uno como su padre, que había perdido hasta la honradez y lo ocultaba, sí lo era solo por cuándo y dónde nació.
—Cielo santo —murmuró Beatrice—. Viene hacia aquí.
Damian Dargrove avanzaba, en efecto, hacia ellas. Y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, lady Aurelia sintió curiosidad y cierta expectación.
Entonces se detuvo ante ellas. No. Estaba frente a Aurelia y ella sintió un movimiento de inquietud bajo las costillas, pero lo sofocó antes de que alcanzara su rostro.
No iba a parecer impresionada por un hombre solo porque media sala hubiese decidido contener el aliento a su paso.
Si algo había aprendido en casa de su padre era que los hombres peligrosos se alimentaban con frecuencia de las reacciones que provocaban.
Harrowmere ladeó el rostro y se fijó en su amiga. Entonces inclinó la cabeza con una corrección impecable para saludarla:
— Lady Beatrice.
La aludida le devolvió la cortesía, algo sorprendida de que conociera su identidad.
—Milord.
Después, los ojos de él se posaron en ella.
— Lady Aurelia.
La dama inclinó la cabeza.
—Milord —lo saludó, pero luego frunció el ceño fingidamente—. Discúlpeme, pero no creo recordar que nos hayan presentado antes, y es una norma bastante clara la que establece que un caballero no debe dirigirse a una dama sin que ambos hayan sido debidamente presentados con antelación.