Capítulo 2
Una petición inconveniente
La primera nota de la Pluma Indiscreta había salido publicada hacía un par de días, y lord Westcott llevaba desde entonces comportándose con la delicadeza de un gato libertino al que le hubiesen pisado la cola.
Aurelia no necesitaba que nadie se lo dijera.
Había reconocido la inquietud en él antes incluso de verlo arrojar el periódico sobre la mesa del desayuno con un gesto demasiado brusco incluso para un hombre despreocupado como lo era él.
Su padre era de los que despreciaban los rumores cuando lo señalaban y los disfrutaban con entusiasmo cuando herían a otro.
Bueno, esa era la base de la sociedad, ¿cierto?
En condiciones normales, una columna sobre cuatro jóvenes damas amenazadas por la prisa matrimonial de sus progenitores le habría parecido una diversión deliciosa, siempre que las iniciales no hubiesen apuntado con tanto acierto hacia su propia casa.
No le gustó nada leer lo que había leído. Eso, —pensaba Aurelia en esos mismos instantes mientras observaba el salón de baile de lady Harrington desde un rincón razonablemente discreto—, era lo más parecido a un triunfo que habían tenido su hermana y ella en mucho tiempo.
No significaba haber conseguido una victoria demasiado grande, capaz de pagar al carnicero, de tranquilizar al sastre o de impedir que los acreedores llamasen a la puerta con mayor insistencia cada semana, aunque sí había resultado ser una hazaña que le había estropeado el ánimo a un conde durante dos días ya.
Aurelia estaba eufórica, pero también adolecía de cierto temor.
Lord Westcott se había dado cuenta de que alguien conocía sus planes.
Tal vez no los detalles, pero sí lo esencial.
Alguien sabía que sus hijas habían dejado de ser, para él, dos muchachas bajo su protección y se habían convertido en sendos recursos pendientes de liquidación.
Alguien había insinuado ante Londres que la prisa matrimonial de ciertos padres no residía en la ternura o en el celo por el porvenir de sus hijas, sino en las deudas y los despilfarros; y arruinarse era el pecado que podría condenar a Westcott al ostracismo que tanto temía.
A su padre no le preocupaba el daño que pudiera hacerles a ella y a Cecily.
Eso habría exigido una clase de conciencia de la que lord Westcott carecía.
A él le preocupaba que otros sospechasen que estaba al borde del precipicio, pues si en esos salones, tan amables con un hombre simpático mientras conservara dinero suficiente para sostener la mentira, empezasen a mirarlo con la condescendencia reservada a quienes ya no podían pagar el precio de sus propios vicios…
La diferencia era enorme y Aurelia tenía miedo de haberlo azuzado demasiado.
—Estás mirando a tu padre con mucho interés —murmuró Beatrice Loxley a su lado—. Si continúas así, terminará sospechando que eres inteligente y que por eso conoces parte de sus planes.
Aurelia apartó los ojos de lord Westcott, que conversaba junto a una columna con el conde de Ashwick, y volvió el rostro hacia su amiga.
—Mi padre solo teme que los hombres que pueden prestarle dinero sean tan inteligentes como para denegárselo.
—Entonces estás a salvo.
—Por completo.
Beatrice no sonrió tanto como solía hacerlo. Aquella noche llevaba un vestido de muselina color crema con pequeñas flores bordadas en el borde de la falda, y sus rizos castaños, recogidos con cintas claras, enmarcaban un rostro que se veía más dulce de lo acostumbrado.
—Cecily y Lavinia nos observan —dijo Beatrice.
Aurelia miró hacia el otro extremo del salón. Su hermana y Lavinia estaban cerca de una mesa de refrescos, cada una con un vaso de limonada en la mano. Lavinia era la que estaba hablando mientras que Cecily mantenía una expresión serena que auguraba el desastre.
—No nos observan —dijo Aurelia—. Nos vigilan o tal vez estén comentando algo sobre que somos un par de tiranas.
—Seguro, y deberíamos recordarles que somos las mayores del grupo y que por eso deben hacernos caso. No lo harán, lo sé, así que agradeceré que al menos sean discretas y no nos digan que somos un par de monstruos a la cara.
—Lavinia no ha sido discreta en su vida. Y en cuanto a mi hermana… monstruo no es lo que me suele decir cuando se enfada porque no cuento con ella, pero sé que lo piensa.
—Es cierto: la discreción de ellas brilla por su ausencia. Suerte que nos tienen a ti y a mí para protegerlas.
Aurelia habría querido reírse, aunque un movimiento de su padre volvió a reclamar su atención.
Lord Westcott acababa de inclinarse hacia Ashwick con una familiaridad sospechosa y su interlocutor lo estaba escuchando con una sonrisa perezosa que decía mucho más de lo que aparentaba.
Entonces los ojos del caballero que conversaba con su padre se cruzaron con los de Aurelia y le sonrió abiertamente.
Ese simple gesto provocó que su piel se erizase.
Henry Trust, conde de Ashwick, llevaba años intentando llamar la atención de Aurelia por algún motivo que ella desconocía.
Tal vez fuese de esos caballeros que no soportaban que una dama no les idolatrase constantemente.
En realidad, Ashwick llamaba la atención de todas las mujeres que consideraba dignas de su tiempo y de algunas que no lo eran, si el aburrimiento lo sorprendía en una velada pobre en entretenimientos.
Era apuesto de un modo ofensivo. Ningún hombre debería ser tan espectacular.
Tenía el cabello castaño claro, los ojos azules y una sonrisa capaz de convencer a una debutante de que la luna había salido solo para iluminarle el perfil.
Era rico, de buena cuna y poseía pocas taras visibles para una sociedad que perdonaba casi cualquier cosa en un hombre con fortuna suficiente.
Ah, sí. Su mayor tara era la de ser un pícaro como su propio padre.
Mantenía a una amante y esa temporada andaba a la caza de una esposa.
—¿Por qué los hombres creen que pueden casarse y luego no respetar sus votos? —preguntó distraídamente.
—Porque ellos rigen la sociedad y de ellos dependen los juicios que se emitan —resolvió con certeza Beatrice.
—Es cierto.
—Sé que te inquieta que Ashwick esté atendiendo a tu padre tan diligentemente.
—Uhm… —murmuró Aurelia.
Ashwick no era el peor de los pretendientes posibles.
No era viejo o repulsivo, tampoco era cruel —al menos en público— y conservaba la fortuna familiar.
Su conversación podía resultar agradable, bailaba bien y sabía inclinar la cabeza y dirigir la conversación con tanta eficiencia que una dama podía llegar a creer que él era la única persona de la habitación que merecía su atención.
A ella misma le habría sucedido si no estuviese al tanto de sus hazañas con las mujeres.
Para Aurelia, ese conde era un peligro demasiado familiar.
No quería saltar de la sartén para acabar hirviendo en una olla.
Había visto esa historia antes. En su propia casa.
Su padre sonreía al regresar tarde; la negativa de su madre a preguntar dónde había pasado la noche su marido…
Un hombre encantador podía jurar fidelidad con los ojos llenos de brillo, mostrarse devoto durante una temporada y luego llegaba la pesadilla.
El amor de él, si alguna vez había sido amor y no simple deseo de conquista, se marchitaba ante el primer entretenimiento nuevo que llevase falda y mostrase un poco de escote.
Pero el amor de una mujer, cuando lo entregaba libremente, era para toda la vida.
Esas habían sido las palabras de su madre.
En algunos instantes de lucidez le había aconsejado a Aurelia elegir sabiamente y no solo con el corazón o los ojos, porque esa era la verdadera condena.
No la infidelidad, las ausencias, las mentiras y la dejadez…
No. El infierno de una mujer enamorada era seguir amando a quien ya había dejado de merecerlo.
Aurelia no pensaba ofrecerle a ningún hombre un arma tan poderosa que podía acabar usando en su propia contra.
—¿Me estás escuchando, Aurelia?
La voz de su amiga la trajo de regreso a la fiesta en la que se encontraban.
—¿Qué decías?
—Que Ashwick está hablando con tu padre —dijo Beatrice en voz baja.
—Sí. Eso ya lo sabía y tú misma lo has dicho hace unos instantes.
—Pero lo preocupante es que tu padre se ve muy satisfecho —observó Beatrice con suavidad.
—Westcott es fácil de complacer. Se pone a saltar cuando se encuentra una moneda en el bolsillo de un chaleco que creía vacío. No conviene darle demasiado mérito.
Beatrice la miró de soslayo.
—¿No estás preocupada en absoluto, Aurelia?
La aludida suspiró.
—Sí que lo estoy, porque sabía que Ashwick era de los pretendientes que creían en las viejas costumbres, esas que dictaban que el deber de una novia era aportar una excelente dote.
—Entonces te preocupa que él haya cambiado de opinión y esté decidido a…
—A pagar por mí. Dilo, Beatrice —la animó—, porque es precisamente lo que temo en este momento y no puedo seguir fingiendo lo contrario.
Pensé que desanimar a un tipo como Ashwick haría que se convenciese con facilidad de que yo no era para él.
Lamentablemente, comienzo a pensar que lo ha debido ver como un reto personal y está dispuesto a darme una lección.
No lo entiendo. En realidad, no lo comprendo.
Si una dama muestra interés en un caballero, está perdida porque él ya sabe que la tiene, en cambio, si ella no lo favorece y le muestra su indiferencia… ¿qué sucede? ¿Él se encapricha más?
—En tu caso eso parece, amiga mía.