Capítulo 1 #3
La reacción que subió por su pecho fue rápida y oscura. Deseaba darle una paliza. Se contuvo.
—Me está ofreciendo una esposa que no deseo.
Westcott alzó las manos, ofendido.
—Le estoy ofreciendo una alianza que necesita. Yo sigo teniendo peso en clubes a los que puedo acompañarlo como esposo de una de mis hijas.
—Me está ofreciendo a una de sus hijas porque no puede pagar una deuda.
—Es una entrada a la sociedad por la puerta adecuada. Usted recibe a una dama de nacimiento impecable, mi deuda se resuelve y todos salimos beneficiados.
Damian dio un paso hacia la mesa, cogió la copa que había servido antes y esta vez bebió un par de sorbos. El brandy de esa estancia que él solía utilizar para reuniones importantes era excelente.
—¿Sus hijas aprobarán esta propuesta?
La sonrisa de Westcott flaqueó.
—Mis hijas harán lo que yo les diga que deben hacer.
—No le he preguntado eso.
—Son mujeres. Me obedecerán —afirmó con seguridad.
Damian miró el líquido dorado dentro de la copa.
Pensó en la respetabilidad y en las damas que apartaban los ojos al verlo entrar en cualquier lugar, en los caballeros que aceptaban sus préstamos y después lo llamaban advenedizo o en los hombres que habían nacido con todo y se permitían jugar con las vidas que no les pertenecían.
En su mente se dibujó también, de una forma inesperada, la imagen de una mujer de cabello oscuro vista una vez al otro lado de un salón en el que se coló, de pie junto a una muchacha más joven, seria, serena, con la mirada fija en su padre mientras lord Westcott se reía demasiado cerca de una viuda rubia.
Lady Aurelia Westcott no le llamó la atención especialmente. Sí su hermana, porque era preciosa.
Damian dejó la copa.
—¿Doble o nada? —preguntó.
Westcott frunció el ceño.
—¿Qué?
—Eso ha dicho en la mesa. Doble o nada. Ha perdido. Y en vez de dinero me ofrece su sangre.
—Le ofrezco legitimidad.
—Me ofrece que forme parte de una familia arruinada, y me concede una esposa que me odiará antes de conocerme.
El conde apretó los labios.
—Las esposas se acostumbran a todo. Solo tiene que ganarse su estima como hice yo con mi condesa. Si sabe manejarla bien no le dará problemas.
Aquella sentencia decidió más que la deuda o el insulto.
No podría lidiar con una esposa a la que no conocía, y sabía que, si se casaba con alguna de las hijas de ese maldito, acabaría teniendo que cargar con Westcott —sus deudas y vicios— durante toda la vida.
Prefería una puerta cerrada a vivir en el infierno.
Damian lo miró durante un largo rato.
—No me interesa su oferta.
Westcott tardó en comprender la negativa.
—¿No? ¿Cómo que no?
—No acepto su propuesta —repitió.
—Está cometiendo un error.
—Es posible, pero no se preocupe, tengo la costumbre de sobrevivir a ellos.
—Harrowmere, escúcheme. No encontrará una oportunidad mejor.
Una dama como Cecily podría abrirle puertas que su fortuna jamás le abrirá.
Y Aurelia… —hizo un gesto impaciente—. Aurelia no le exigirá gran cosa.
Es demasiado sensata para dar un espectáculo.
Podría instalar a cualquiera de las dos en su casa, exhibirla cuando conviniera y dejar que ella administrase sus cenas, sus visitas y esa clase de tonterías que las mujeres respetables hacen mejor que nadie. Los duques lo recibirían.
Damian sintió que la calma se le endurecía por dentro.
—Me sorprende que no las haya traído bajo el brazo para hacerlas desfilar para mí.
El conde se puso rojo.
—No adopte conmigo ese tono.
—Yo no he puesto a mis hijas sobre una mesa de juego para cubrir una apuesta.
Westcott dio un paso hacia él.
—Usted quiere lo que yo puedo darle.
—Quería que pagara lo que debe.
—¡No puedo!
La confesión salió de él con violencia. Durante un segundo, el conde de Westcott pareció volverse muy viejo. Después, la astucia ocupó de nuevo su lugar.
—Está bien. Si no desea casarse hay otra cosa que tal vez le interese más. ¿Y si le concedo una noche con Cecily?
Damian se irguió por completo.
—Por todos los infiernos… —musitó.
Westcott lo miraba con desesperación.
—Una noche con las dos a la vez —propuso el padre de las hermanas—. Me costará casarlas, pero puedo colocarlas, aunque no recibiré el dinero que había previsto por ellas después de que las haya usado.
—¿Acaso las tiene ya apalabradas y me ofrece que las desvirgue? —soltó sin poder creerse lo que escuchaba—. Dios se apiade del alma de sus hijas, porque la suya es tan negra que ni la aceptarán en el infierno, Westcott.
Damian caminó hacia la puerta. Era hacer eso o darle un puntapié en su condal trasero. O hacer algo muchísimo peor.
El rostro de Westcott se contrajo, no por la ofensa, sino por una desesperación absoluta al ver cerrarse una salida que había creído segura.
—Piénselo mejor.
Damian abrió la puerta, dispuesto a salir de allí lo antes posible.
Finch levantó la vista desde el pasillo.
—No necesito hacerlo. No comercio con la vida de nadie. Encuentre el modo de pagarme y hágalo pronto si no quiere recibir los servicios del señor Finch —le recomendó.
Y dejó a lord Westcott en el gabinete con un ataque de pánico.