Capítulo 1 #2
—No le tengo miedo ni a la muerte —aseveró Damian—. Y me divierte muy poco ver a un hombre necio arriesgarlo todo.
—Su falta de etiqueta es inaceptable. ¿No ha pensado en contratar un tutor? No le abrirán ninguna puerta respetable si no se instruye —dijo Westcott con desdén.
Damian le sostuvo la mirada sin mostrar ninguna emoción.
—Y pronto a usted tampoco lo aceptarán en ningún lugar, respetable o no, porque me seguirá debiendo dinero y ya no habrá más concesiones.
Aquella respuesta consiguió arrancarle un pequeño estremecimiento a Westcott, aunque lo disimuló bebiendo brandy .
—Doble o nada —repitió, con voz más ronca—. Vamos, Harrowmere. Si gana, tendrá lo que se le debe.
—Mis condiciones no le gustarían.
—A nadie le gustan las condiciones de un acreedor.
Damian se permitió una leve inclinación de cabeza. Lo dicho era cierto. Y, sin embargo, algunos hombres llegaban a su mesa de juego convencidos de que un título recibido al nacer bastaba para protegerlos de las consecuencias de sus decisiones. Westcott era uno de ellos. Uno de tantos.
—Está bien, acepto.
La partida continuó.
Westcott jugaba con audacia, lo cual habría resultado admirable de haber existido detrás de esa cualidad algo distinto al pánico.
Damian lo hacía con precisión. No necesitaba suerte.
Había aprendido que la diosa Fortuna favorecía a quien había estudiado cada movimiento antes de enfrentarse a su rival.
Cuando la última carta cayó sobre la mesa, lord Westcott no alcanzaba a comprender que había perdido.
Miraba el juego de Damian, luego el suyo, luego otra vez el de Damian. Sus labios se movían sin emitir sonido alguno. La mancha rojiza desapareció de su cuello y dejó tras de sí la palidez de un hombre muerto.
—No… —dijo al fin.
Damian recogió sus cartas con una calma muy ofensiva.
—Ha perdido, lord Westcott.
—Debe de haber un error.
—El error es que nunca ha sabido retirarse a tiempo —comentó Damian.
Westcott volvió la cabeza hacia los otros hombres. Buscaba en ellos apoyo para acusar a su oponente de ser un tramposo. Damian lo sabía demasiado bien. Los caballeros demostraron ser inteligentes cuando apartaron la vista.
—Necesito hablar con usted a solas —dijo Westcott.
El conde de Harrowmere dejó las cartas sobre la mesa.
—No.
El padre de Aurelia y Cecily parpadeó un par de veces.
—¿Disculpe?
—He dicho que no porque no tenemos nada de qué hablar.
—Por el amor de Dios, Harrowmere, no puede pretender que hable de ciertos asuntos como los que pretendo explicarle delante de media habitación.
Damian miró en torno a la mesa.
—Solo veo testigos, Westcott.
—Precisamente.
—Los testigos resultan útiles cuando un hombre olvida lo que ha prometido.
La respiración de Westcott se volvió pesada. Era indignación o miedo. O tal vez un poco de ambas. Su rival se levantó con tanta brusquedad que la silla se volcó y acabó tirada sobre la cara alfombra Aubusson.
Finch dio un paso desde la puerta. Solo uno. Damian alzó apenas la mano y el muchacho se detuvo.
—Cinco minutos —dijo Westcott—. Me concederá cinco minutos si pretende que cumpla lo acordado sin hacer una escena todavía peor. De otro modo, podemos vernos en los tribunales.
Eso sí era interesante. No por la amenaza, que carecía de sustancia, sino por el plan que empezaba a asomar detrás de la mirada del conde.
Damian había visto esa expresión antes, en oficiales sin munición y propietarios a punto de perder una finca.
Era la expresión de un hombre que había recordado que aún poseía algo susceptible de ser sacrificado.
Damian se puso en pie.
—Caballeros, ha sido un placer —se despidió.
Nadie protestó cuando ambos salieron de la sala y cruzaron en dirección al gabinete contiguo, una estancia más pequeña, con librerías falsas, una chimenea apagada y dos sillones tapizados en verde oscuro. Finch los siguió hasta el umbral.
—Espera fuera —le ordenó Damian a su hombre más eficiente.
—Milord —aceptó el muchacho, y cerró la puerta.
Westcott se volvió hacia él en cuanto se quedaron a solas.
—Le pagaré.
Damian caminó hasta la mesa auxiliar y sirvió dos copas. No le ofreció ninguna.
—Los dos sabemos que no tiene tanto dinero. No lo hará.
—Lo haré.
—¿Con dinero? —cuestionó Damian. Tal vez estuviese esperando heredar alguna fortuna de una tía abuela o algo por el estilo.
El conde abrió la boca, la cerró y después se rio con una suavidad desagradable.
—Es usted un hombre muy seguro para alguien que todavía no ha conseguido que lo inviten a los lugares adecuados. Se rumorea que le disgusta que no lo acepten como a un igual.
Damian no bebió. Sostuvo una de las copas entre los dedos y suspiró.
Westcott se acercó a la chimenea apagada. Necesitaba apoyarse en la repisa y fingió que solo buscaba una postura cómoda.
—Está jugando a un juego muy peligroso, Westcott.
—Me limito a decirle la verdad. Todo Londres lo sabe.
Tiene usted fortuna, propiedades, un título que le cayó del cielo y, aun así, las puertas se resisten a abrírsele.
Los hombres aceptan su dinero, sus préstamos y sus…
servicios, pero no lo quieren sentado junto a sus esposas o bailando con sus hijas.
—Ah, ¿sí? —preguntó desapasionadamente.
—Usted les recuerda que un hombre puede comprar lo que ellos heredaron y eso es un insulto imperdonable.
—Qué discurso tan generoso por parte de alguien que acaba de perder hasta el oxígeno de sus pulmones.
Westcott sonrió, esta vez con más firmeza, porque el veneno siempre le sentaba mejor que la vergüenza.
Damian dejó la copa intacta sobre la mesa.
—Yo pertenezco a ese mundo en el que sé que usted desea entrar, Harrowmere.
—Usted me debe dinero; mis asuntos no le conciernen.
—Puede comprar caballos, casas, información y todo lo que se le antoje, pero no puede adquirir un origen como el mío. No nació en la cuna adecuada. Asiste al teatro y nadie le dirige la palabra. Yo mismo lo he visto.
—¿Le queda dinero todavía para alquilar un palco? —le preguntó con media sonrisa Damian.
—Tengo algo que usted debería tener. Su bajeza quedará oculta si acepta lo que le propongo.
Damian se acercó a él sin alterar el paso. Westcott no retrocedió, aunque sus dedos se aferraron a la repisa con menos elegancia.
—Tenga cuidado —dijo Damian—. Es difícil negociar mientras se insulta al hombre que posee su deuda.
—No lo insulto. Le ofrezco una salida.
—Qué inesperada muestra de caridad —ironizó.
Westcott ignoró el tono.
—Usted quiere respetabilidad.
—¿Eso quiero?
—La desea con todas sus fuerzas. Si no, no se vestiría de ese modo. Tampoco se habría comprado una casa en Mayfair. Quiere entrar en sociedad, ser aceptado —insistió—. Quiere que dejen de tratarlo como si no valiese nada.
Damian sintió una leve contracción en la mandíbula.
No porque el conde hubiese acertado del todo, sino porque había rozado una parte de la verdad.
Él no deseaba la aceptación de aquellos hombres por afecto ni por simple vanidad; era una cuestión de poder social que le conferiría una moneda más con la que negociar.
El dinero compraba obediencia; la respetabilidad, sin embargo, hacía que las personas se entregaran voluntariamente antes de comprender el precio que él les exigiría.
—Continúe —dijo.
El brillo de triunfo que cruzó los ojos de Westcott resultó casi obsceno.
—Tengo dos hijas.
Damian se quedó completamente inmóvil.
No fue una quietud llamativa. Nada en él revelaba sorpresa, aunque sí que la había sentido de golpe.
—Lo sé.
—Dos muchachas de nacimiento impecable, bien educadas y muy respetadas.
Su madre fue una dama de virtud intachable, lo cual todavía cuenta en todos los salones destacados.
Llevan años moviéndose en sociedad sin el menor escándalo.
Nadie podría poner objeciones a su conducta.
Una de ellas es lo que necesita para que lo guíe. Tendrá una condesa más que aceptable.
Damian lo observó con una atención mucho más fría.
—¿Aceptable?
—¿Qué es lo que no ha entendido, Harrowmere?
—He entendido lo que ha querido decir.
Westcott se removió, quizá porque por primera vez advirtió que aquella conversación no estaba tomando el camino que había imaginado.
—Mi hija menor, Cecily, es hermosa. Muy hermosa.
Dulce, de buen carácter y bastante joven para que pueda formarla a su gusto.
Si lo que quiere es deslumbrar, ella le servirá.
La belleza siempre suaviza los escrúpulos de la alta sociedad, y una muchacha bonita colgada de su brazo hará que muchas damas reconsideren la opinión que tienen sobre usted, aunque solo sea por curiosidad.
—¿Pretende que compre a su hija, Westcott? No necesito ninguna beldad.
—Deje que le hable de mi otra hija. Aurelia, la mayor, no es tan agraciada.
No me malinterprete, no es desagradable a la vista, desde luego, pero carece de ese brillo que vuelve idiotas a los hombres.
Tiene veinticuatro años y demasiado sentido común, lo cual no siempre embellece a una dama.
Sin embargo, es sensata. Prudente. Ordenada.
No le dará problemas, no gastará sin medida, tampoco cometerá locuras o esperará que le escriba versos.
Si desea respetabilidad sin complicaciones, ella es más conveniente.
Tiene grandes amistades entre las damas, incluyendo una duquesa.
Y si no se ha casado es solo porque no ha habido ningún caballero que fuese capaz de encantarla lo suficiente.
No tiene ninguna tara, excluyendo la belleza de su hermana, eso sí.
Cada palabra iba quedando en la estancia con una fealdad increíble.
Damian había oído a hombres tratando de vender sus tierras con más ternura.
Había presenciado subastas de cargamentos dañados en puertos de guerra donde los compradores hablaban con mayor respeto de la madera podrida.
Durante unos segundos, no veía ante sí a un conde arruinado, sino a un padre ofreciendo a sus hijas con la misma sonrisa con que habría ofrecido una caja de plata marcada por las iniciales familiares.