Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

¿Doble o nada? Nada

A lord Westcott le quedaban pocas monedas para la arrogancia que aún se permitía.

Aquel pensamiento no lo inquietó ni una sola vez mientras sostenía las cartas entre los dedos, porque los hombres de su clase rara vez admitían que la ruina pudiera alcanzarlos de verdad hasta que la tenían sentada a la mesa, bebiéndose su brandy y mirándolo por encima del hombro.

En esos instantes, la ruina vestía de paño negro, llevaba siempre un alfiler con una esmeralda verde en el pañuelo de la corbata y respondía al nombre de Damian Dargrove, conde de Harrowmere, aunque no eran pocos los caballeros presentes que aún se resistían a considerarlo parte de la aristocracia a pesar de que él tenía un título.

La sala privada del piso superior de su casa, donde organizaba partidas especiales, estaba cargada de humo y codicia.

El silencio se había vuelto casi misericordioso.

Había seis hombres alrededor de la mesa, dos sirvientes junto al aparador y un muchacho de hombros amplios apostado cerca de la puerta, tan quieto que más de un noble lo habría considerado como parte de la madera si no fuese porque el joven era muy conocido por romper brazos en los callejones de St Giles.

Damian no miraba al muchacho. No necesitaba hacerlo.

Finch sabía cuándo abrir o cerrar una puerta, aunque lo que mejor se le daba era impedir que un caballero respetable saliese de una habitación sin haber saldado lo que debía.

Lord Westcott, por el contrario, lo observaba demasiado.

Miraba sus cartas, contaba el montón de fichas que había ante Harrowmere, se fijaba en la botella de brandy , el reloj de la repisa y, de cuando en cuando, le echaba una ojeada a Damian con desprecio.

A lord Harrowmere no le importaba ese modo tan particular con el que sus congéneres lo observaban.

Lo despreciaban, le temían y les causaba una profunda irritación.

Les molestaba que él contase con una gran fortuna, les indignaba que tuviera un título y les resultaba francamente intolerable que no pidiera disculpas por ninguna de las dos cosas.

Damian dejó una carta sobre la mesa.

—Su turno, Westcott.

La voz, grave y serena de Harrowmere, hizo que el otro conde parpadease un par de veces.

Damian hablaba poco, nunca más alto de lo necesario, y quizá por eso los hombres terminaban inclinándose hacia él pese a no desearlo.

Tenía treinta y cuatro años, el cabello negro cuidadosamente peinado hacia atrás, la espalda ancha bajo un frac oscuro hecho a medida y esos ojos grises que parecían advertir las debilidades de un adversario antes de que su rival encontrase el valor para confesárselas a sí mismo.

No era un hombre impaciente. Aquella era una de sus peores virtudes.

—Lo sé —dijo Westcott, con una sonrisa que intentó parecer divertida y solo logró verse extraña—. No es necesario que me apremie. Los caballeros no juegan mejor por ser empujados.

Damian apoyó dos dedos sobre el borde de su copa.

—Algunos tampoco juegan peor. Soy un claro ejemplo.

Se escuchó una pequeña risa al fondo de la sala.

Fue Finch. Westcott fingió no oírla, aunque una mancha rojiza le subió por el cuello hasta llegar bajo la mandíbula.

Era un hombre todavía apuesto, con el cabello claro pese a que comenzaba a ralear, los ojos azules que habrían podido resultar agradables de no haber estado siempre buscando vicios, y una boca hecha para prometer cosas que jamás pensaba cumplir.

Había sido, sin duda, de esos hombres que en la juventud seducían por lo fácil que les resultaba y seguían haciéndolo cuando ya tenían edad de ocuparse de otros asuntos más importantes.

Damian conocía bien a los de su especie.

Los había visto en Bruselas, en Lisboa, en los salones de Londres y en las tiendas de campaña donde los oficiales de buena familia juraban que pagarían el cargamento de armas cuando ganasen la guerra.

Los caballeros que se creían con derecho a mandar tenían una admirable habilidad para olvidar de dónde salían las armas, las monturas, la pólvora y el cuero que sostenían sus conflictos.

También negaban a los hombres que las habían puesto en sus manos cuando el barro, la sangre y las facturas resultaban demasiado vulgares para recordarlos con gratitud.

Él jamás se olvidaba de nada.

No podía permitírselo.

Antes de ser lord Harrowmere había sido solo el señor Damian Dargrove, descendiente de una mujer común y un padre que fue un tercer hijo que provenía de algún tipo de casta.

Había aprendido pronto que la gentileza alimentaba poco, la educación rara vez se ofrecía gratis y que un muchacho con poco respaldo podía desaparecer en una calle londinense sin que nadie interrumpiera su cena.

Sobrevivió haciendo recados, vendiendo información, prestando su oído para escuchar a hombres que hablaban demasiado cuando bebían y, con los años, Damian se había convertido en alguien capaz de conseguir aquello que otros necesitaban con urgencia, pero preferían no mancharse las manos para lograrlo.

La guerra contra Napoleón había hecho ricos a muchos imbéciles y había enterrado a demasiados inocentes.

Damian no se consideraba ninguna de las dos cosas.

Vendió armas, pólvora, repuestos, carros, cajas de munición y todo aquello que le habían pedido.

Trabajó para contratistas, oficiales, intermediarios y hombres de la Corona que lo llamaban señor Dargrove en privado y evitaban reconocerlo en público.

Cuando los ejércitos necesitaban abastecimiento, él encontraba barcos y si las rutas se cerraban, buscaba otra salida.

Y sí, cuando las deudas se quedaban sin pagar, hacía todo lo necesario para cobrarlas, como por ejemplo, enviar a alguno de sus hombres como medio de presión.

Después llegó el título. Se había convertido de la noche a la mañana en un maldito conde.

Lord Harrowmere.

Un pariente muy lejano, tan estirado en vida que habría preferido tragarse una espina antes que invitarlo a cenar, murió sin heredero directo.

Un abogado comenzó a buscar la línea de sangre y llegó hasta Damian.

Así que él, un simple mortal, se había convertido en un aristócrata.

El título llegó con una propiedad campestre endeudada que acababa de rehabilitar y un asiento entre hombres que llevaban siglos persuadidos de que la sangre se volvía más noble cuanto menos se mezclaba con el trabajo.

La ironía no le pasaba desapercibida. Él, que había ganado más dinero del que muchos pares sabrían administrar en tres vidas, se encontraba de pronto entre la condenada realeza.

Era un jodido conde, sí, pero en los círculos más refinados aún lo observaban con el recelo reservado a los perros desconocidos o a los acreedores persistentes.

No había nacido entre ellos y nunca lo aceptarían.

No había crecido en sus colegios, ni había compartido sus travesuras infantiles, y por descontado que no tenía un padre o una madre enterrada en la nave de una iglesia familiar.

Tampoco podía escudarse en un sinfín de retratos de sus antepasados que mirasen a sus invitados con aburrimiento desde una galería.

Poseía algo mucho más eficaz. Tenía dinero, pagarés y hombres que le eran leales porque les pagaba bien, los protegía mejor y jamás los llamaba escoria por haber nacido donde Londres prefería no mirar.

Y a la mierda con los aristócratas que lo veían como si él no valiese nada, porque la sociedad respetaba a un noble arruinado más que a un hombre rico que había cometido la indecencia de ascender por sus propios medios.

Hipócritas todos ellos.

—Doblo —anunció Westcott de pronto.

Uno de los caballeros soltó el aire entre los dientes. Otro se removió en la silla. La luz de las velas convirtió el rostro del conde de Westcott en una máscara de desafío demasiado brillante.

Damian no bajó la vista hacia la mesa.

—Ha perdido ya más de lo que tiene.

—Eso es la observación de un comerciante, Harrowmere.

El título sonó en su boca con una falta de respeto absoluta. Damian levantó la mirada, despacio, y la sonrisa de Westcott perdió algo de firmeza.

—Y la suya, la apuesta de un necio —respondió Damian.

El silencio que siguió fue tenso. Uno de los sirvientes junto al aparador contenía el aliento mientras sostenía una botella de licor. Finch, junto a la puerta, no cambió de postura, pero los nudillos de su mano derecha crujieron una sola vez.

Westcott se rio.

—Qué directo se ha vuelto, milord. Cualquiera diría que el título no le ha enseñado modales.

—El título me ha enseñado que muchos hombres los usan para disimular la falta de honor. Yo jamás osaría esconderme tras mi herencia.

La mirada de Westcott se endureció. Durante un instante, Damian pensó que el conde causaría una escena.

No le habría disgustado. A veces era conveniente que un deudor recordase en público quién podía permitirse el escándalo y quién no.

Pero Westcott era cobarde de una manera más práctica. Tenía instinto de supervivencia.

—Doble o nada —insistió el conde—. Si gano, quedamos en paz. Si pierdo…

—Si pierde —lo interrumpió Damian—, la deuda dejará de ser una cifra embarazosa y pasará a convertirse en un asunto muy urgente.

El conde apretó la mandíbula.

—Mis asuntos no le conciernen. Además, sé que aceptará mi apuesta.

—¿Por qué? —preguntó con interés.

Westcott se inclinó sobre la mesa y lo observó lleno de condescendencia.

—Porque le divierte verme arriesgarlo todo. ¿O tiene miedo de que pueda ganarle? —lo desafió.

Damian observó sus cartas. Luego se centró en su rival. Veía la mano temblorosa de ese pícaro desalmado, el sudor junto a su sien, el anillo que aún llevaba el escudo Westcott pese a que casi todo lo demás alrededor de aquel hombre había sido hipotecado, se había perdido o malvendido…

Se tragó una sonrisa. Nunca jugaba a las cartas si no sabía que iba a ganar. Conocía bien a los hombres. Eso le había salvado más de una vez la vida.